
En nuestra cultura el inocente intercambio de ropas es más habitual entre las adolescentes, que de esta forma afirman no sólo su amistad sino también su identidad, igual que lo hacen usando el mismo argot y expresando las mismas ideas. La costumbre puede persistir en la vida adulta, y también ocurre entre amantes y entre esposos, aunque en este último caso el préstamo es por lo común unidireccional. Compartir la ropa es siempre una firme expresión de gustos, opiniones e incluso personalidades compartidas. La próxima vez que esté usted en una gran fiesta, en una reunión o en un acto público, eche un vistazo al local y pregúntese si hay alguien presente cuyas ropas le gustaría a usted llevar en esa ocasión. La ropa sea el hecho de que cualquier lengua que sea capaz de transmitir, puede mentir en el lenguaje de la moda igual que podemos hacer en lo general no se nos puede acusar de que sea deliberado. La ropa que tiene veintinueve años e ingresos superiores a las seis cifras, no se puede contradecir ni refutar directamente. Una mentira respecto al vestir puede ser piadosa, como los trajes de baile de la Cenicienta; puede ser de distintos tonos de gris, o puede ser completamente negra, como en el caso del disfraz de hippie radical del informante del FBI o el uniforme militar robado del espía. La mentira puede ser voluntaria o involuntaria. Puede incluso ser inconsciente, como pasa con el hombre que inocentemente se pone un chaleco y unas botas de cuero para ir a un bar frecuentado por homosexuales, o la señora norteamericana de viaje por Escocia vestida con una falda escocesa que en la tienda le pareció maravillosa, pero sobre la cual no tiene ningún derecho hereditario (véase nota referente al tartán en el prefacio). Si alguna vez se es-cribe una gramática completa del vestido tendrá que ocuparse no sólo de estas formas de fraude, sino de otras muchas a las que se enfrentan lingüistas y especialistas en semiótica: la ambigüedad, el error, el autoengaño, la malinterpretación, la ironía y la maquinación.
El vestuario teatral, o el disfraz en el sentido coloquial, es un caso especial de fraude en el vestir, un fraude en el que el público coopera voluntariamente. A veces, no obstante, lo que para un actor no es más que un disfraz provisional acaba formando parte del guardarropa cotidiano de algunos miembros del público. La cultura popular, que tanto ha hecho por dar homogeneidad a nuestra vida, al mismo tiempo ha contribuido, casi paradójicamente, a preservare incluso a inventar una vestimenta característica por medio de una especie de proceso de realimentación. Imaginemos que un diseñador de vestuario le asigna a un actor que esté interpretando el papel de un robusto y atractivo mecánico un determinado traje parecido a uno que ha visto en un bar de la localidad. Los mecánicos auténticos, al ver este programa y otros por el estilo, aceptan inconscientemente este vestuario como característico, y a éstos los imitan otros que ni siquiera han visto el programa. Finalmente, la vestimenta se hace habitual y por tanto genuina. A medio camino entre el vestuario teatral y el uniforme se encuentra la ropa ritual, la vestimenta especial que adoptamos para las ceremonias importantes de nuestra vida: nacimiento (la mantilla de bautismo), bodas, funerales y otras ocasiones trascendentales que también suelen llevar aparejado un discurso ritual.
VESTIDOS PARA EL EXITO
Hay libros y revistas que durante más de cien años se han ocupado en traducir el lenguaje correcto de la moda, diciendo a hombres y mujeres. Las publicaciones dirigidas a quien solía denominarse «la mujer de carrera» le daban consejos sobre cómo atraer al «tipo correcto de hombre»: triunfador, dispuesto a casarse. Con independencia de la moda del momento, siempre se recomendaba una discreta feminidad: tejidos y colores suaves, flores y volantes en modesta profusión, el pelo ligeramente más largo. El vestuario no ha de ser ni demasiado actual (lo que al futuro marido le sugiere gastos) ni estar demasiado pasado (lo que sugiere aburrimiento). Sobre todo, se debe imprimir un delicado equilibrio entre lo recatado y lo seductor, un concepto tendente a no atraer a los hombres y el otro a atraer al tipo de hombre que no conviene. Los tiempos han cambiado algo, y ahora las páginas de moda de revistas como Cosmopolitan parecen haberse especializado en decirle a la mujer de carrera lo que ha de ponerse para encandilar al tipo equivocado de hombre que lee Playboy, mientras que desde los artículos se le explica cómo hacer frente al daño psíquico resultante. Dos libritos recientes, Dress for Success y The Woman’s Dress for Success Book, de John T. Molloy, instruyen a hombres y mujeres de negocios sobre cómo han de elegir la ropa para dar una impresión de eficacia, autoridad y fiabilidad aun cuando sean incompetentes, débiles y falsos. Molloy, que en modo alguno es tonto, sostiene que su «ingenie ría de vestuario》 se basa en investigaciones científicas y en encuestas de opinión. Al autor, apartándose de la tradición, también le interés explicar a las mujeres cómo promocionarse, no cómo casarse. El secreto, al parecer, es llevar un «traje-chaqueta» caro pero convencional, de lana, en un tono medio de gris o azul marino y con una blusa decentemente escotada. Nada de jerseys, ni pantalones, ni colores demasiado claros, ni escotes, ni el pelo largo o excesivamente rizado. Cualquiera que esté interesado en la variedad escénica debería desear que Molloy estuviese equivocado; pero mi propia encuesta de opinión, desgraciadamente, le da la razón. Una ejecutiva en rápido ascenso en un banco local me dice de mala gana-que «los trajes ayudan a distinguir a las mujeres de las muchachas; siempre que las mujeres estén dispuestas a tolerar tal distinción, que ése es otro tema».
