
Corría el año 1912 cuando, en Paris, la Unión Central des Arts Décoratifs convocó a los diseñadores, arquitectos y artistas más destacados del momento con la consigna de generar piezas para realizar una gran, gran exposición. Aquella organización sentaría las condiciones del surgimiento de un estilo que, desde los centros culturales de Occidente, se irradiaría hacia el mundo entero: el art déco. Debido al contexto bélico y a sus consecuencias una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, la Exposition Internationale de Arts Décoratifs et Industriels Modernes, como se llamó a la muestra, recién logró concretarse en 1925. ¿Qué impulsó a esta institución de las artes a emprender un movimiento de tal importancia, encargando con firmeza a los participantes que se esforzaran por forjar un estilo de características nuevas? “La fuerza que había adquirido el movimiento alemán Werkbund, que se estaba imponiendo en los mercados”, explica Fabio Grementieri, quien maneja la historia del arte y de la arquitectura con saber enciclopédico. Así, contra el Werkbund y también en respuesta al estilo inmediatamente anterior, el art nouveau, el déco vino a rigidizar y simplificar las formas, en total sintonía con los tiempos modernos. “En Francia se quiso abandonar el nouveau porque se decía que era muy recargado, que venía de los oscuros bosques alemanes. Claro que mientras, los alemanes decían que el mismo arte representaba la frivolidad y los excesos del rococó francés”.
De una u otra manera, algunas de las vertientes de este estilo sirvieron de inspiración a las formas que iban a sucederlo en la evolución del diseño moderno. Robert Mallet Stevens, uno de los principales referentes del incipiente déco, se nutrió de elementos del nouveau vienés (“menos ondulante que el francés como el escocés de Macintosh, con prefiguraciones de lo que sería el déco”, aclara FG) para la elaboración del nuevo ideario. Y, si se trata de fuentes, Grementieri se detiene en el efecto poderoso que tuvieron por esos años (principios de la década del ’20) descubrimientos arqueológicos como los de Egipto y la Mesopotamia. Todo el bagaje de imágenes cristalizado en la tumba de Tutankamón y en Babilonia entraron a formar parte del imaginario estético de la época. Los motivos ciertamente rígidos del arte egipcio cuadraron de maravilla con el movimiento que se venía gestando. Lo mismo sucedió una vez que la escuela cruzó el Atlántico, con los hallazgos de ruinas mayas y aztecas en manos de investigadores y expedicionarios estadounidenses. En uno y otro lado del Océano, la apropiación de estos repertorios legendarios fue veloz y determinante para la evolución del estilo. ¿Tantos encuentros son buenos para el desarrollo de las artes y para el mercado? Mientras algunos (artistas y operadores) se quejan, otros ven ventanas de oportunidades. Es una opinión generalizada que los niveles de creatividad de los artistas locales suelen ser más que aceptables y, a veces, sobresalientes. No ocurre lo mismo con el mercado del arte que está por ser desarrollado. Algunos argumentan que para hacer crecer el mercado se precisan, más que nunca, la transparencia.
Es cada vez más sólida la presencia en la Feria del arte del siglo XX. Wildenstein & Co. vendió, entre otras, la pintura L’Oiseau Bleu de Paul Gauguin y Vista al Louvre de Camille Pissarro. Noortman Master Paintings pudo colocar cuarenta obras, entre ellas Bord de Seine a Port-Villez de Monet. Waddington Galleries se complació al comunicar ventas por cinco millones de dólares, incluyendo A-Z Box of Friends and Family de Joe Tilson,1963, que incluye originales paneles de artistas pop como Hockney, Paolozzi y Blake. Acquavella se desprendió de tres grabados silkscre en los que aparece Jacqueline Kennedy, obra de Andy Warhol de 1964, mientras que Landau consiguió comprador para el gran óleo sobre lienzo Homme Assis, donde Pablo Picasso trabajó la temática de los mosqueteros en 1972. Pero donde TEFAF brilla como ninguna otra feria en el planeta es en el mundo de los Old Masters y las antigüedades. La estrella indiscutida de esta versión fue Rembrandt. No existe coleccionista interesado en él que no pase por Maastricht. Este año llevaron agua-fuertes del genial holandés Gebr. Douwes Fine Art, de Amsterdam, Kunsthandlung Helmut H. Rumbler, de Frankfurt y David Tunick, de Nueva York. La firma local Noortman Master Paintings ofreció el lienzo
Hombre vestido con jubón rojo, de 1633.
En cuanto a antigüedades y piezas decorativas, la oferta fue sublime, pero para citar highlights que lograron el cometido de cambiar de dueños, puede hablarse de una cabeza romana de Alejando Magno como Dioscuros (siglo II)por la que se pagaron casi € 300.000;un gran plato Familia Verde de la época Kangxi, que un coleccionista norteamericano adquirió por € 200.000;un relicario de piedra caliza en forma de ataúd una de las veintiocho piezas que el anticuario Ben Janssens vendió solamente durante el primer día y una Virgen con el niño Jesús, norte de Alemania, circa 1550, una de las obras fundamentales de esta espectacular colección de objetos de arte realizados en ámbar que maravilló a un público culto, severo y tremendamente pudiente.
