
Desaparecido el Rey en 1788 y concluidas las exequias, Carlos IV no fue proclamado en Buenos Aires sino el 8de agosto del año siguiente, corriendo con los gastos de la fiesta el regidor Agustín Casimiro de Aguirre, “Alférez Real en turno por falta de propietario”. Iluminó con igual hermosura y generosidad las casas de su morada los tres días que duró la función, adornó con colgaduras vistosas y lucidas los balcones de dichas casas, donde se había de colocar el pendón real, fabricó de terciopelo galoneado de oro el dosel donde se expusieron al público los reales bustos de SS. MM., el tablado que se construyó y erigió en la Plaza principal de la Ciudad y le adornó vistosamente para hacerse la proclamación.
Con las personas reales llegadas al trono en este momento se relaciona el más grande pintor de la época: Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), que ingresó en la categoría de pintor de cámara en abril de 1789, retratándolas desde entonces y a lo largo de una decena de años en las más diversas posturas. Con motivo de la exaltación al trono, Goya recibió el encargo de pintar los retratos oficiales, tarea copiosa y aburrida que requirió el auxilio de ayudantes, siendo de Goya el mancheado final. Según Sánchez Cantón, de este período hay originales, réplicas, ejemplares de taller acabados por el maestro, seudo bocetos, dibujos y seudo dibujos. Docenas hay de lienzos de esta serie, y en todos ellos aparecen los Reyes con precisiones psicológicas: el Rey, con aire bonachón y carente de autoridad, y la Reina, presumida y altanera. Como príncipes de Asturias fueron retratados por Antonio Rafael Mengs en sendos cuadros que están en el Prado: Carlos, en traje de caza, con escopeta y perro, y María Luisa, con dos claveles en la diestra y el abanico cerrado en la izquierda. De ella hay otro, por el mismo autor, que la muestra muy airosa, con delgado cuello contorneado por un lazo rosado. Posterior en el tiempo, pero que no puede datarse después de 1785, es el que la muestra vistiendo desmesurado tontillo o guardainfante, y con sombrero o escofieta grande de seda y pluma. Ninguna de estas pinturas pudo haber sido modelo para retratos oficiales; pero sí, en cambio, las que hizo Goya hacia 1789, como las que posee la Real Academia de la Historia, cuyos antecedentes documentales son precisos. En la sesión del 20 de marzo de 1789, Jovellanos fue encargado de hacerlos pintar, y para el 11 de setiembre, el pintor presentaba al cobro su recibo. Son retratos de ya durante ese año.
De que el retrato gustó es indicio la designación de Goya como primer pintor de cámara, efectuada el 31 de octubre; y aunque el del Rey que hace pareja con aquél no alcance el mismo nivel, es indudable que ambos son magníficos lienzos. Poco después, en la primavera de 1800, acomete en Aranjuez una de sus grandes obras: La familia de Carlos IV, retrato colectivo de gran empaque, producido en la plenitud del talento del artista, que con gran sabiduría dispuso las numerosas figuras en distintos planos, haciendo jugar la luz sobre las telas de brillante colorido, en las trasparencias y los oros que las recaman. Con esta extraordinaria pintura acaba Goya como retratista de la real pareja, desconociéndose las razones por las cuales, sin dejar de estar a su servicio, no volvió a pintarla. Corresponde ahora indicar los trabajos de otros contemporáneos agregados al Palacio, que sí lo hicieron. Mariano Salvador Maella, también pintor oficial, hizo del Rey un cuadro muy aparatoso, que se guarda en el Museo de San Carlos, en México, de medidas iguales a las que tiene el de Carlos III (265×172 cm.). Si éste se fecha en 1787, aquél es de 1792, y los pocos años que separan a uno del otro son, sin embargo, suficientes para ciertas diferencias estilísticas, no en cuanto al oficio pictórico, sino en lo relativo a algunos detalles que ambientan la figura. Así, por ejemplo, la mesa donde se apoyan el manto y la corona de Carlos III es de estilo rococó, o lo que llamamos Luis XV, en tanto que en la otra pintura el mismo mueble aparece como neoclásico.
De Agustín Esteve, colaborador de Goya y pintor de evolventes cualidades, se sabe que fue hecho pintor de olmera en 1800, y que repitió muchas telas del genial aragonés, las cuales, durante mucho tiempo, fueron consideradas autógrafas. En documento del 20 de julio de 1800. Esteve pide se le pague “por haber repetido los retratos de cuerpo entero [de los Reyes] en seis cuadros…, por los originales pintados por don Francisco de Goya”. Un artista popular, el salmantino Antonio Carnicero (1784-1814), es más conocido por sus cuadros costumbristas que por sus dotes de retratista. Su Ascensión de un globo Montgolfier en Madrid define mejor su talento, aunque el Godoy sentado de la Academia de San Fernando no es desdeñable. Hecho académico de mérito, y previo memorial del 16 de abril de 1796, alegando haber pintado a los Reyes, es nombrado pintor de cámara. De él son los retratos reales del Museo de Valencia, y de su mano fueron los que vinieron a Buenos Aires en 1794, para el Real Consulado, institución que los encargó a su agente ante la Corte, don Diego de Paniagua. No se sabe cómo eran, pues no han quedado rastros de ellos; sólo añadiré que fueron retirados de la Aduana el 14 de agosto de 1794, por Manuel Belgrano y José Blas de Gainza, junto con los ejemplares de la real cédula erecciones.
