LA MODA Y EL TEATRO DE LOS ARTIFICIOS

En algunos momentos de su historia algunas civilizaciones han visto cómo se desarrollaban incontestables fenómenos de estética y de frívolos refinamientos. En la Roma imperial los hombres se teñían y se hacían rizar los cabellos, como asi también se perfumaban y se aplicaban lunares para realzar su tez y parecer más jóvenes. Se sabe que las mujeres elegantes utilizaban afeites y perfumes y llevaban trenzas y pelucas postizas teñidas de rubio o negro ébano. En la época flaviana aparecieron peinados altos y complicados, el cabello se colocaba, enrollado en complejos buclecitos, sobre diademas elevadas. Bajo la influencia de Oriente diversos ornamentos, joyas, bordados y pasamanos vienen a compensar la severidad del antiguo traje femenino. ¿Hay que deducir de ello una manifestación precoz de la moda desde la Antigüedad? No hay que llamarse a engaño, aunque alguna de estas demostraciones de lujo y elegancia pueda asimilarse a la lógica de la moda, carecen manifiestamente del rasgo más específico de ésta, la precipitada movilidad de las variaciones. No hay sistema de moda al margen de la conjunción de estas dos lógicas: la dc lo efímero y la dc la fantasía estética. Esta combinación, que define formalmente cl dispositivo de la moda, ha tomado cuerpo una sola vez en la historia, en el inicio de las sociedades modernas. Si bien, como atestiguan las sátiras romanas dc la época, algunos elementos rebuscados pudieron alterar la apariencia masculina, pueden compararse al diluvio ininterrumpido de perendengues y cintas, ¿sombreros y pelucas que se han sucedido en la moda? Siguiendo con Roma, las fantasías no modificaron la austeridad del tradicional atavió masculino, siempre fueron raras excepciones y nunca pasaron de la utilización de rizos y cl empleo limitado de algunos afeites; situación muy alejada de la moda occidental y de su permanente exceso de excentricidades.

En las épocas de tradición se conocían las fantasías y se las tomaba estructuralmente secundarias respecto a la configuración de conjunto del vestir; pueden acompañarlo y embellecerlo, pero respetan siempre el orden general definido por la costumbre. Así, a pesar del gusto por los colores vivos, por las joyas, telas y adornos varios, en Roma el traje femenino cambió muy poco. La búsqueda estética es externa al estilo general en vigor, pero no dispone nuevas estructuras ni nuevas formas de indumentaria, sino que funciona como simple complemento decorativo, ornamento periférico. Por el contrario, con la moda aparece un dispositivo inédito: lo artificial no se añade desde fuera a un todo pre constituido, sino que, en adelante, define de nuevo y por completo las formas del vestir, tanto los detalles como las líneas esenciales. Al mismo tiempo la apariencia global de las personas ha basculado en cl orden de la teatralidad, dc la seducción, del espectáculo mágico, con su profusión de perifollo y perendengues, pero también, y sobre todo, con sus formas raras, extravagantes, «ridículas». Las polainas, los zapatos, las braguetas prominentes en forma de pene, los escotes, los trajes bicolores de los siglos XIV y XV, más adelante las inmensas gorgueras, el ringrave, los miriñaques, los peinados monumentales y barrocos, todas esas modas más o menos excéntricas, reestructuraron profundamente las siluetas de hombres y mujeres. 

Los rasgos comunes con el pasado inmemorial del gusto decorativo no deben escondernos la absoluta radicalidad de la moda, el trastocamiento de la lógica que instituye históricamente: en ese momento el «manierismo», que se hallaba estrictamente sometido a una estructura surgida del pasado colectivo, se convierte en prémier en la creación de formas. Antes se contentaba con ornar, ahora inventa con total supremacía el conjunto de la apariencia. En las épocas de la tradición, la apariencia, incluso cargada de fantasías, se mantenía en la continuidad del pasado, signo de primacía de la legitimidad ancestral. El surgimiento de la moda ha hecho variar por completo la significación social y las referencias temporales del adorno: representación lúdica y gratuita, signo artificial, la indumentaria de moda ha roto todos los vínculos con el pasado y obtiene una parte esencial de su prestigio del presente efímero, chispeante, caprichoso.

Soberanía del capricho y el artificio que desde el siglo XIV al XVIII se impuso de forma idéntica para los dos sexos. Lo propio de la moda durante ese largo y conocido período fue impulsar un lujo de adulteraciones teatrales, tanto para los hombres como para las mujeres. Mientras que la moda introdujo una diferencia extrema en la apariencia de los sexos, los condenó al mismo tiempo al culto de las novedades y la afectación. Por otra parte, en muchos aspectos se dio una relativa preponderancia de la moda masculina en materia de novedades, ornamentaciones y extravagancias. Con la aparición del traje corto, en el siglo XIV, la moda masculina encarnó la nueva lógica de la apariencia a base de fantasías y cambios rápidos. Todavía en el siglo de Luis XIV el traje masculino es más amanerado, más lleno dc cintas, más lúdico que el vestido femenino. La influencia de las modificaciones del equipo militar en la moda masculina no impidió al proceso de fantasía ser dominante y jugar con los signos viriles: la moda puso en escena y sofisticó los atributos deI combatiente (espuelas doradas, rosas en la espada, botas adornadas con encajes, etc.), así como simuló lo natural.