
las épocas de la moda no pueden definirse, solamente por el prestigio de los modelos extranjeros y novedades que, según él, constituían un único proceso. El prestigio de las realidades extranjeras no es suficiente para quebrantar la constante fijación a lo tradicional; sólo hay sistema de moda cuando el gusto por las novedades llega a ser un principio constante y regular en los individuos, cuando ya no se identifica solamente con la curiosidad hacia las cosas exógenas, cuando funciona como exigencia cultural autónoma, relativamente independiente de las relaciones fortuitas con el exterior. En estas condiciones será posible organizar un sistema de frivolidades en continuo movimiento, una lógica de la subasta, del juego sin fin de innovaciones y reacciones.
La moda en sentido estricto apenas sale a la luz antes de mediados del siglo XIV, momento en que se impone esencialmente por la aparición de un tipo de vestido radicalmente nuevo, diferenciado sólo en razón del sexo, corto y ajustado para los hombres, mientras que largo y envolviendo el cuerpo para las mujeres. Revolución de indumentaria que colocó las bases del vestir moderno, se sabe que la misma ropa larga y holgada que se había llevado indistintamente durante siglos por los dos sexos, se sustituyó por un atuendo masculino compuesto por un jubón, especie de chaqueta corta y estrecha unida a calzones ceñidos que dibujaban la forma de las piernas, como así también por un traje femenino que perpetuaba el clasico del vestido largo, pero mucho más ajustado y escotado. Con toda seguridad la gran novedad la constituyó el abandono del sobretodo amplio en forma de blusón, en beneficio de un traje masculino corto, ajustado al talle, cerrado con botones y descubriendo las piernas, moldeadas por medias calzas. Transformación que instituyó una diferencia muy marcada, excepcional entre los trajes masculinos y femeninos, y se hizo extensiva a toda la evolución de las modas futuras hasta el siglo XX. El vestido femenino es asimismo ceñido y exalta los atributos de la feminidad: el traje alarga el cuerpo por mediación de la cola, resalta el busto, las caderas, el arco lumbar. A partir de ese momento los cambios van a precipitarse, las variaciones de la apariencia serán más frecuentes, más extravagantes, más arbitrarias; hace su aparición un ritmo desconocido hasta el momento y formas ostensiblemente caprichosas, gratuitas, decorativas, que definen el proceso mismo de la moda.
Desde finales del siglo XIV, las fantasías, los cambios bruscos, las novedades, se multiplicaron con rapidez, y a partir de entonces en los círculos mundanos jamás dejaron de producirse. Este no es el lugar para emprender la enumeración, aunque fuera sumaria, de los cambios en el corte y de los detalles de los elementos del vestido, hasta tal punto han sido innumerables, tan complejos han sido los ritmos de la moda, variables según los estados y las épocas. La documentación disponible es limitada y fragmentaria, pero los historiadores del vestir han podido mostrar, sin ningún género de dudas, la irrupción y la instalación histórica de ciclos breves de moda a partir de finales de la Edad Media.
Por otra parte, los testimonios de los contemporáneos revelan el excepcional surgimiento de esa corta temporalidad. Atención inédita hacia lo efímero y hacia el cambio de las formas de la ropa, así como voluntad de transcribirlas; Matthäus Schwarz puede ser considerado como «el primer historiador del vestido».’ La curiosidad por las modalidades «antiguas» del vestir y la percepción de las rápidas variaciones de la moda están también presentes en la exigencia, formulada en 1478 por el rey René de Anjou, de investigar los detalles de los atuendos llevados en el pasado por los condes de Anjou A comienzos del siglo XVI, Vecellio diseña un libro «de trajes antiguos y modernos». En Francia en el siglo XVI diferentes autores destacan la inconstancia en el vestir, especialmente Montaigne, que en sus Ensayos dice: «Nuestro cambio es tan repentino y rápido en esto que la inventiva de todo el sastre del mundo no podría proporcionar suficientes novedades.» A principios del siglo XVII, el carácter proteiforme de la moda y la gran movilidad de los gustos se critican y comentan en todas partes en obras, sátiras y opúsculos: evocar la versatilidad de la moda se ha convertido en una banalidad. Desde la Antigüedad lo superfluo del arreglo personal y puntualmente la coquetería femenina ha sido objeto de múltiples quejas, pero a partir de los siglos XV y XVI las denuncias recaerán tanto en los atavíos de las mujeres como de los propios hombres, sobre la falta de constancia de los gustos en general. La mutabilidad de la moda se ha impuesto; la inestabilidad, la extravagancia de las apariencias, se han convertido en objeto de polémica, de asombro y de fascinación, como así también en blancos reiterativos para la condena moral.
