Con la muerte de Luis XIV y la coronación de Luis XV en 1715, surge un estilo que llena de elegancia y refinamiento llamado “rococó, Aunque el término fue utilizado despectivamente en el siglo XIX, equiparándolo a exceso y frivolidad, hoy día se refiere a un estilo artístico general representativo de la armoniosa cultura francesa. Lo responsable de que este estilo surgiera fue la búsqueda del placer personal. Como ese placer naturalmente incluía la indumentaria, también ésta fue pronto elevada a la categoría de arte. Aunque Francia ya había sido el líder reconocido de la moda durante el reinado de Luis XIV, el periodo rococó confirmó la reputación del país como líder de la moda femenina de todo el mundo. Tras la popularidad inicial del rococó, el estilo de vestir se dividió en dos direcciones diametralmente opuestas, una que implicaba un fantástico amaneramiento de estética artificiosa, y otra que manifestaba un deseo de volver a la naturaleza. La Revolución Francesa de 1789 modernizó muchos aspectos de la sociedad y ocasionó un claro cambio en la indumentaria: del decorativo rococó a los vestidos más sencillos del neoclasicismo. Este cambio radical en el vestir, fenómeno único en la historia de la moda, es un reflejo de los grandes altibajos que los valores sociales experimentaron en esa época

La moda rococó femenina

Para las mujeres, el espíritu esencial de la moda rococó residía en la elegancia, el refinamiento y la decoración, pero también había elementos caprichosos y extravagantes, así como coquetería. En contraposición a la digna solemnidad de la indumentaria del siglo XVII, el atuendo femenino del siglo XVIII era a la vez ornamentado y sofisticado. El traje masculino del siglo XVII había sido más extravagante y vistoso que el femenino, pero las mujeres tomaron entonces la iniciativa y sus vestidos de palacio adquirieron una elegancia espléndida. Simultáneamente, la gente también ambicionaba un estilo de vida cómodo que le permitiera pasar horas de ocio en acogedores salones, rodeada por sus cachivaches y sus muebles favoritos. Para satisfacer estas necesidades más cotidianas, también surgió un estilo de vestir relativamente más relajado e informal.

Un nuevo estilo surgido a principios del siglo XVIII fue el de la robe volante, o vestido volante, una derivación del négligé popular hacia finales del reino de Luis XIV. Lo principal en este estilo era el uso del corpiño, con grandes pliegues que fluían desde los hombros hasta el suelo sobre una falda redonda. Aunque el corpiño iba bien ajustado por un corsé, la túnica tableada y suelta daba la impresión de comodidad y relajación. Después del vestido volante, el otro atuendo femenino típico del rococó era el llamado vestido a la francesa (robe à la française), y este estilo persistió como traje de etiqueta para la corte hasta la época de la Revolución. A lo largo de este período los elementos básicos del atuendo femenino fueron un vestido con falda y sobrefalda y un peto triangular que cubría el pecho y el estómago bajo la abertura frontal del vestido. Estas prendas se llevaban encima de un corsé y un guardainfante, que eran los que daban forma a la silueta. (La palabra corset-corsé- no se conocía en el siglo xvII, pero la utilizamos aquí para referirnos a la prenda de ropa interior reforzada con varillas de ballena, llamada corps-corilla-o corps à baleine -cotilla de ballena-). Éstos fueron los componentes básicos de la indumentaria femenina, que sólo variaron en sus detalles decorativos, década tras década, hasta la Revolución Francesa. Pintores como Jean-Antoine Warteau, Nicolas Lancret y Jean-François de Troy captaron estos espléndidos vestidos con todo lujo de detalles y pintaron desde las puntadas individuales del encaje hasta el intrincado calzado. En el cuadro titulado La galería del comerciante de arte Gersaint, Watteau captó de forma espectacular los elegantes vestidos de la época y el delicado movimiento de sus pliegues. 

A mediados del siglo XVIII, la edad de oro del rococó, la amante de Luis XIV, madame de Pompadour, apareció en retratos llevando exquisitos vestidos confeccionados con tejidos de seda de la más alta calidad. En el retrato de François Boucher titulado Madame de Pompadour lleva un típico vestido a la francesa, con la abertura frontal del mismo sobre un corpiño muy ajustado. Bajo la sobrefalda se puede observar la falda y un peto triangular. El peto está adornado en forma escalonada con cintas (échelle), lo que acentúa la forma del busto, que queda levantado y moldeado por el corsé de una forma muy seductora. Aunque se podría decir que la ornamentación es excesiva, los elementos conservan un equilibrio armonioso y representan el espíritu más sofisticado y delicado del rococó. Al mismo momento en que el rococó alcanzaba tal profusión decorativa, la aristocracia decidió mirar hacia la moda del hombre común para buscar sugerencias que le permitieran vestir de una manera más confortable. Los abrigos y las faldas de la gente plebeya influyeron en el vestido femenino de las aristócratas, que gradualmente fue derivando hacia formas más sencillas, exceptuando las ocasiones en que la etiqueta era de rigor. El peto, por ejemplo, que antes se sujetaba al vestido con alfileres, fue sustituido por la relativa comodidad de dos paneles de tejido (compères) que conectaban la abertura frontal del vestido.