LOS PRIMEROS VICTORIANOS

A medida que el movimiento romántico se adentraba en su segunda generación, produciendo la poesía tan rica y tan llena de colorido de Keats, Byron y Shelley, las modas comenzaron a cambiar. El vestido femenino, aunque conservando su forma tubular básica de talle alto, se hizo más rico en adorno y colorido. Gradualmente, las faldas y las mangas se ensancharon, aparecieron las gorgueras, los accesorios y los lazos, y las mujeres jóvenes empezaron a parecer lámparas de tocador ambulantes. La ropa de hombre, aunque no cambió tanto, también ganó en volumen y en colorido. Fue ésta la época del dandi, con su alto pantalones de ante de color avellana. Hacia 1820 ya había elegante y pomposo y la mujer artificiosa época adornada e infantil, inmadura tanto de mente como de cuerpo que han descrito por extenso los historiadores de la moda. Ser pequeña y delgada era ahora una ventaja: se sacaba el macho se eliminaba o se ocultaba con cuellos lisos tipo chal. Como sugieren estas ropas, la superficialidad e incluso la inanidad se habían convertido en características femeninas deseables. Se prefería la ignorancia, que implicaba inocencia, al ingenio y el juicio, que sugerían familiaridad con (cuando no experiencia de) la impureza. La Dora Spenlow de David Copperfield, con sus gemidos y sus pucheros y sus miedos infantiles, es un buen ejemplo de este tipo de mujer retratada veinte años más tarde, cuando sus carencias se habían hecho más evidentes.

La ropa de mujer evolucionó desde los sencillos vestidos blancos de muselina de 1800 (que, aunque él no lo diga, se podrían comparar perfectamente con la ropa de bebé) hasta los gruesos trajes sastre de matrona de principios del siglo XX. En 1810, la mujer ideal empezaba a gatear; en 1820 andaba por los siete u ocho años; y hacia la mitad de la década de 1830 se había convertido en una adolescente sensible, recatada y retraída, en absoluto ingenuamente insolente. Las buenas muchachas de las primeras novelas de Dickens son con frecuencia de este tipo, desde Rose Maylie y Florence Dombey(«Tanto la niña como la mujer parecían expresarse a un tiempo en su hermoso rostro y en la frágil delicadeza de su silueta») hasta la pequeña Dorrit. También Jane Eyre presenta este aspecto al mundo, con independencia de cuál pueda ser su confusión interior. Tenía los senos poco desarrollados y el talle estrecho, grandes ojos negros y puros, ni nariz ni barbilla de la que hablar y la boquita de piñón. Lejos de parecer que estuviese a punto de elevarse en el aire como un globo de aire caliente, esta mujer apenas parecía tener la fuerza suficiente para mantenerse en posición vertical sin la ayuda de sus ropas. La cabeza le caía desmayada y grácil sobre el delicado cuello, que se alzaba sobre unos hombros caídos, cuanto más caídos mejor. Entre 1830 y 1870, «cuanto más se parecían los hombros de una mujer a la parte superior de una botella de champán más se la admiraba».

El aspecto de alegría infantil se desvaneció; y el corte de los vestidos acentuaba ahora la sumisa inclinación de los hombros caídos. Con estas ropas las mujeres andaban y se movían con menos vigor. Los corsés más largos y las faldas más pesadas hacían que las mujeres se doblasen bajo su peso, mientras que los profundos cuellos, los pañuelos de prieto encaje y los chales de abultados flecos hacían que a las mujeres que vestían a la moda les resultase difícil o incluso imposible levantar demasiado los brazos, poniendo así de relieve su encantador desamparo. También su pelo perdió los bucles y la vitalidad; ahora estaba partido por la mitad y peinado hacia atrás en dos suaves alas caídas. Los costados de su sombrero descendían y se le cerraban sobre la cara, impidiéndole la visión por ambos lados, como las anteojeras de un caballo. Esta incómoda forma de tocado proclamaba gráficamente que quien lo llevaba era demasiado delicada y sensible para soportar la mirada de la multitud. Al mismo tiempo, expresaba perfectamente la idea de que una mujer bonita habría de tener por naturaleza una visión limitada y estrecha del mundo, que no se le iba a extraviar la mirada en su paso por la vida. Habría que señalar, claro, que la mujer de principios de la época victoriana era un ideal, no una realidad. Las mujeres cuya personalidad y atributos físicos se ajustaban a la moda imperante lo adoptaban de buen grado, como hacen actualmente. Otras eran menos afortunadas: Durante los primeros cincuenta años del siglo XIX, cuando la moda no tenía otro objetivo que crear una frágil belleza juvenil idealizada, las mujeres grandes, enérgicas y de mediana edad a menudo no tenían más alternativa que parecer cómicas o trágicas si se sentían inclinadas a cumplir con las exigencias de la moda. Quienes no quisieran parecer aniñadas y desvalidas, o quienes físicamente no estuviesen dotadas, tendrían que optar por no ir a la moda, al menos por el momento.