
La forma más primitiva de Consumo Ostentoso es simplemente consumir tanta comida que nos volvamos ostentosos por nuestra propia corpulencia, convirtiéndonos en ejemplo ambulante de persona que come a menudo y bien. La gordura, frecuentemente un signo de alto status en las tribus primitivas, también ha sido objeto de admiración en sociedades más civilizadas. A finales del siglo XIX esto era común en Europa y los Estados Unidos entre hombres acaudalados, los cuales, a menudo, como ha señalado Robert Brain, «estaban más orgullosos de su perímetro que un jefe bangwa, siendo la gran panza un signo de imponente poder masculino. Era un rasgo cultural entre los varones alemanes, para los que la gordura reflejaba riqueza y status». La mujer de finales de la época victoriana también era a menudo tan generosamente sólida e iba tan bien tapizada como sus muebles. En general, la talla que esté de moda parece variar según la escasez real o imaginada de comida. Cuando se sabe que un gran porcentaje de la población está pasando hambre, lo que se lleva es estar bien relleno y comer opíparamente. Cuando (como en Inglaterra y Norteamérica en la década de los 60) parece haber al menos fécula suficiente para ir tirando, lo que se lleva es estar delgado, demostrando así que uno se alimenta a base de una cara dieta de proteínas en lugar del pan, las patatas, las salchichas y las habichuelas del proletariado. Hoy, cuando los precios de los alimentos están subiendo astronómicamente y los datos sobre el hambre en el mundo han llegado a llamar la atención hasta en la café Society.
Otra forma sencilla y tradicional de consumir ostentosamente es llevar más ropa que el resto de la gente por supuesto, es un término relativo cuando casi todo el mundo iba desnudo, el simple no desea y los siervos a menudo no llevaban nada encima, o a lo sumo un es para calentarse, sino para indicar su categoría social. Hasta que cuanta más ropa lleva encima una persona, más alta es su posición social. Este principio se puede observar en el arte medieval y renacentista, donde por lo general los campesinos llevaban poca ropa, mientras que los reyes (incluidos el Rey y la Reina del Cielo) iban cargados de túnicas, capas y mantos uno encima de otro, hasta en las escenas de interior. La reciente moda de llevar varias capas de ropa puede estar relacionada, como se afirma a veces, con la escasez de energía; también es una buena manera de lucir un gran guardarropa. En cualquier reunión actual, independientemente del motivo por el que se celebre, se puede observar que quien más dinero tiene más ropa lleva encima. Los hombres suelen llevar chaleco; las mujeres se inclinan por los pantis, por los fulares superfluos y por inútiles pañuelitos alrededor de los hombros. Esta diferencia se puede apreciar hasta cuando hace calor. En un restaurante al aire libre, durante un día de verano, los clientes que más dinero tienen y que más tiempo hace que lo tienen serán los que lleven chaqueta y/o camisas y vestidos de manga larga. Si el calor se hace realmente insoportable puede que se arremanguen, pero de tal forma que no quepa duda sobre la longitud real de las mangas. En la playa, aunque los ricos se puedan poner a chapotear entre las olas con bañadores igual de cortos que los de los demás, en cuanto salen del agua se precipitarán a coger el ostentoso albornoz de toalla, la bata de seda o la camisa de lino que hace juego con el bañador y así se restablece el statu quo.
DIVISIÓN OSTENTOSA
También se puede anunciar la categoría a la que se pertenece llevan do más ropa de forma consecutiva en lugar de llevarla toda al mismo tiempo. Tradicionalmente, cuantas más prendas distintas pueda exhibir una persona, más elevado es su status; la alta sociedad del pasado hizo posible este tipo de exhibición por la división de la vida diaria en muchas actividades diferentes, cada una de las cuales exigía una indumentaria especial. Como dice un libro de 1924 sobre la etiqueta: El hombre contemporáneo no necesita tener un chaqué, una levita, un frac y un esmoquin (y los pantalones, las camisas y los zapatos a juego) como en la década de 1900. Tampoco la mujer ha de tener un traje para la mañana, otro de paseo, otro de tarde, para tomar el té, pana montar en coche y un traje de noche, cuyo uso se habría considerado sumamente impropio y embarazoso en un momento o un lugar que no les correspondiesen. Actualmente la multiplicación ostentosa de la ropa sigue gozando de buena salud, pero hoy se hace más hincapié en los deportes que en la vida social. La persona verdaderamente elegante tendrá indumentarias distintas para jugar al tenis, correr, ir de excursión (en invierno y en verano), montar en bicicleta, nadar, esquiar, jugar al golf y practicar ese anónimo y desagradable deporte conocido simplemente como «hacer ejercicio». Si además practica deportes de equipo o baile (ballet moderno, zapateado, folclórico o disco) debe adquirir todavía más indumentarias, todas ellas distintas. Desde un punto de vista utilitario no hay razón para no jugar al golf con ropa de correr, o montar en bicicleta con un traje de baño en un día de calor, sólo que, por supuesto, ocasionaría una drástica pérdida de prestigio. Para mantener (o, mejor aún, para aumentar) el status, no basta simplemente con tener indumentarias distintas para cada actividad deportiva; también hay que tener indumentarias y, donde ello sea relevan zapatillas de correr, una raqueta de tenis o un traje de ballet cualesquier se consideren los correctos, que tienden a cambiar con tanta rapidez publicase el libro.
