En el siglo XIX, como señaló Veblen en The Theory of the Leisure Class, los hombres se vieron aliviados de la necesidad de exhibir su riqueza por medio de ropa cara, derrochadora e incómoda; lo que hacían era delegar esta tarea en sus esposas e hijas. Las mujeres se convirtieron en los vehículos de lo que Veblen llamó Ostentación Vicaria, y cuanto más rico era un hombre más lujosas e incómodas serían las ropas de sus parientes de sexo femenino, y posiblemente de su amante. La mujer victoriana y educarían rica era un objeto rebuscado y caro. Rígidamente encorsetada y con hasta diez enaguas debajo de su larga falda, necesitaba altura y fuerza muscular para llevar una indumentaria que con frecuencia pesaba más de cinco kilos, sin contar un sombrero lleno de flora y de fauna, un manguito, un bolso y un parasol con volantes. Desde alrededor de 1880, sobre un cuello alto y ceñido elevaba la barbilla en un ángulo que sugería orgullo cuando no desprecio, y hacía que le resultase más difícil dirigir la mirada a los mortales inferiores; también contribuía a ocultar la papada que a menudo acompañaba a la rellena silueta de finales de la época victoriana. Hoy muchas mujeres especialmente las que carecen de empleo remunerado aún sirven de vehículos para la Ostentación Vicaria, como les exhortan a hacer los intereses comerciales en anuncios que animan a sus lectoras a «hacer que él se sienta orgulloso de «orgulloso de que lo vean contigo». Se han hecho ciertas concesiones a la emancipación femenina, y se suelen evitar los extremos de la incomodidad. Pero que anuncia la riqueza de su marido es más pesado y más difícil de madera oro y diamantes son una constante invitación al asalto y el asesinato. El Consumo Vicario por parte de los varones es mucho más raro, pues se suele pensar que rebaja el status de quienes lo practican. Sin embargo, en ocasiones se puede ver en ciertos lugares a un apuesto joven cuyo elegante traje realza la riqueza de alguna mujer no tan atractiva, o más a menudo de un hombre, que lo acompañan. Como señala Veblen, el Consumo Vicario nunca se ha limitado a los seres queridos oficiales y no oficiales de un individuo de alta posición social. Desde muy antiguo, los ricos y la realeza han delegado la tarea de exhibir la riqueza en sus sirvientes además de en sus parientes.

AFRENTA OSTENTOSA

Quentin Bell, cuyo fascinante estudio On Human Finery da la razón a Veblen al designar la competición económica como la principal fuerza que opera tras las vicisitudes de la moda, ha sugerido que a las categorías de Consumo, Derroche y Ocio Ostentosos habría que añadir la Afrenta Ostentosa, o el uso deliberado de ropa que no se ajusta a las normas del «buen gusto». Su eficacia obedece a la regla que sostiene que cuanto más importante es un acto para los participantes, más cuidadoso y formal será su vestido. En las entrevistas de selección de personal, por ejemplo, el futuro jefe puede, si así lo desea, aparecer vestido con pantalones sport y un jersey; los candidatos, aunque sean de una posición social superior, han de ir con traje o vestido. A veces la importancia relativa de un acto para los diferentes participantes es más ritual que económica, como por ejemplo en una boda, donde las vestimentas van desde las sofisticadas indumentarias de los contrayentes hasta las menos formales de los parientes lejanos o los simples conocidos. El amigo que, crítico con este enlace o con el matrimonio en general, acude a la ceremonia con unos vaqueros descoloridos y una camisa vieja de franela está practicando la Afrenta Ostentosa. La misma regla hace que acudamos a fiestas dadas por personas que consideramos inferiores se lleva a un punto en que nuestro desprecio hacia el acontecimiento tosa. Una estratagema similar la adoptan también frecuentemente y consumo, el derroche y el ocio. No es un insulto directo lo que aquí se pretende, sino una simple evasión de los «cánones pecuniarios del gusto”. 

Las personas que deciden practicar la Afrenta Ostentosa tienen que estar seguras, por supuesto, de que se las va a reconocer al instante en el acontecimiento en cuestión. Si no es así, corren el riesgo de que los expulsen bruscamente de la fiesta quienes piensen que se han colado en ella para beber gratis. Una vez vi cómo casi le pasó esto a una estrella del rock con barba de dos días y una camiseta llena de manchas que, por razones de amistad adolescente mezcladas, todo hay que decirlo, con un desprecio total por el asunto, acudió a la fiesta de un sofisticado autor. Su error fue asumir que su cara sería tan conocida en el mundo literario como en el de la industria musical. El uso de la ropa afrentosa con el fin principal de atraer la atención negativa para molestar y ofender también puede ser en algún sentido una reivindicación de status. El punk adolescente, con su camiseta rasgada y mugrienta, y su equivalente formal, el punk rocker con su camiseta con rasgaduras artificiales y serigrafiada con una representación simbólica de la suciedad en forma de palabrotas, pueden ser admirados por sus iguales y quizá por nosotros mismos. Además, quienes usan tales ropas son con frecuencia personas de bajo status y de poco poder, para quienes el hecho de que se fijen en ellos ya es una mejora.