DERROCHE OSTENTOSO: COLGADURAS SUPERFLUAS

Históricamente hablando, el Derroche Ostentoso ha supuesto a menudo el uso de tela y adornos obviamente innecesarios en la fabricación de la ropa. La clásica toga representada en la escultura griega y romana, por ejemplo, usaba mucha más tela de la que realmente se necesitaba para cubrir el cuerpo, dejando colgar de un brazo el sobrante de forma artística, aunque incómoda. Un tejido bello era tan admirable como el oro o el vidrio soplado, y ocupaba mucho más espacio. La posesión de ropa complicada y cara era prueba inequívoca de dominio social. No obstante, un solo aristócrata posando para su retrato no podía llevar más que un atavío lujoso en cada momento. La exposición de muchos metros de terciopelo o satén detrás de él sugeriría que tenía más y que podía, en términos modernos, forrar las pare-des con él. Incluso una vez que dejaron de llevarse las prendas inmensamente amplias y que arrastraban por el suelo, al menos por parte de los hombres, el exceso de tela sobrevivió en el arte: es evidente por ejemplo en las pinturas de Hals y Van Dyck y en las esculturas de Bernini. El retrato del conde de Derby y su familia, de la colección Frick, «muestra a la familia al aire libre, pisando la tierra desnuda con arbustos en primer plano y árboles detrás. Pero a la derecha del cuadro, detrás del conde, junto a una columna que podríamos imaginar que es parte de una casa, cincuenta metros de tela de color rojo oscuro caen en cascada sobre el suelo desde no se sabe dónde. 

Tan hábilmente extiende Van Dyck estos pliegues que su ridícula inconsecuencia es imperceptible…». Tradicionalmente, como señala Hollander, las colgaduras superfluas han sido no sólo signo de riqueza y alta categoría sino también de valía moral: ángeles, santos, mártires y personajes bíblicos del arte medieval y renacentista a menudo llevan metros y metros de seda y terciopelo extra. Las colgaduras daban prestigio adicional por su asociación con el arte clásico, y por tanto con la nobleza, la dignidad y lo ideal. Se consideraba que las columnas de mármol y los pliegues imitando las togas (en ocasiones togas auténticas) transformaban al politicastro en un estadista nacional y al empresario avariento en un «capitán de la industria». Como señala Hollander, la abadía de Westminster y el Capitolio de Washington están llenos de estas pretendidas metamorfosis, congeladas en un mármol jabonoso. El exceso de tela sobrevive actualmente en retratos de baja calidad, colocando a industriales entrados en años, alcaldes y mujeres mundanas ante decorados de colgaduras de terciopelo o brocado, cuyo prestigio moral y económico de alguna manera se siente que se les transmite a ellos. He observado que a los académicos de éxito se los pinta a me-nudo de la siguiente guisa: posando ante cortinas de terciopelo, con sus togas, sus mucetas y sus birretes tratados de una forma que recuerda.

De aire la mayor pacte de periodo que se extiende entre 16o0 y 1900.hmia de descuido o pobreza, Las faldas se ahuecaban con aros y de cantidades de tela, al tiempo que las sobrefaldas, los miriñaques la moda podía fácilmente requerir veinte o treinta metros de tela. Los artificiales permitían un derroche de objetos que daba todavía más prestigio. La ropa de hombre durante este mismo periodo admitía relativa-mente poco exceso de tela excepto en la ropa de calle, donde los abrigos largos y amplios y las pesadas esclavinas empleaban metros de tela innecesaria, aumentando enormemente su coste y la aparente corpulencia de sus usuarios. Una mirada a cualquier revista de moda actual revelará que hoy en día el uso de tela superflua, aunque a una escala mucho más modesta, no está en modo alguno superado. La ropa cara a menudo es de corte más generoso, y la fotografía de modas tiende a sacar el mayor partido posible de cualquier cantidad adicional de tejido que disponga el diseñador, extendiéndolo sobre sofás o haciéndolo flotar en el aire. Hasta el más mísero exceso de tela se puede vender ya como signo desprestigio: un anuncio reciente en el New York Times alardea de un par de centímetros adicionales en el canesú trasero de las camisas Hathaway que, según dice entre sollozos el fabricante, le cuestan cincuenta y dos mil dólares al año. El derroche de tejido en forma de adornos, aunque es menos llamativo que antiguamente, aún persiste. Sin embargo, hoy en día raramente tiene una finalidad práctica. Una camisa prestigiosa, por ejemplo, lleva un bolsillo en el pecho dentro del cual jamás se debe poner nada: la media baja, y también sugiere una personalidad exigente. Una estrategia, fue la costumbre de bordarlo todo con las iniciales del pro-como en la separación para la colada, pero lo que es más importante.