
Lo que hoy en día se podría denominar vestido del segundo mundo cada vez se ve con menor frecuencia. El vestido folclórico de las comunidades campesinas europeas, por ejemplo, aparece sobre todo en festivales y en reuniones familiares, donde el grado de identificación con el «terruño» está en relación muy directa con el grado de integridad del traje típico. Una falda bordada o una mantilla de encaje particular-mente favorecedores en ocasiones también se las puede poner, para ir a una fiesta normal, una mujer que desee dar una imagen cautivadora-mente extranjera o simplemente dar que hablar.
Unas pocas prendas folclóricas, como el pañuelo para la cabeza, se han convertido en parte integrante de la moda normal y ya no tienen ningún significado étnico especial. Otras, sólo a medio asimilar, siguen teniendo un significado ambiguo. La guayabera latinoamericana, con sus bandas estrechas de pliegues verticales y sus botones de adorno, la están empezando a usar en vacaciones hombres de ascendencia no latina, especialmente en Florida y en California del Sur. En un cubano o en un estadounidense de origen mexicano, la guayabera no es más que un signo de que se ha vestido para cenar, ir a una fiesta o salir de noche. Sin embargo, en una persona no latina una camisa de este tipo sugiere familiaridad con América Latina y/o plantea una reivindicación de cualidades latinas tópicas como el relajamiento, la espontaneidad y el sentido del ritmo. Ahora se intenta vender esta camisa por correo desde las páginas de The New Yorker como «sinónimo de vida relajada e informal». Aún está por ver si esta campaña tiene éxito y cuál será el efecto semiótico si lo consigue.
Las modas étnicas, como las modas nacionales, aparecen y desaparecen, y en este proceso sus significados cambian. El sombrero tirolés, en otro tiempo tan común en los transportes públicos, ahora identifica a quien lo lleva como una persona de ascendencia suiza, austríaca o alemana. Toda niña que haya estado en una fiesta de disfraces cree saber cómo es el vestido de gitano, pues es uno de los más fáciles de improvisar con los materiales que tengamos a mano: una falda larga o un vestido de colores vivos, un pañuelo anudado alrededor de la cabeza y todos los collares que pueda encontrar en el cajón de la cómoda de mamá. (Un vestido de gitana es, en realidad, una contradicción lingüística: según las creencias gitanas las mujeres son marimay tabú, impuras- de cintura para abajo y siempre han de llevar indumentarias de dos piezas.) De vez en cuando la ropa «gitana» reaparece como moda, y se fotografía a las modelos vestidas con faldas de flores, blusas anchas recogidas, chales de seda con flecos, pañuelos multicolores, grandes pendientes de aro y abundantes collares y pulseras de oro. Cuando estos modelos llegan a los comercios, algunas mujeres morenas que se sienten (o desean parecer) apasionadas, impulsivas, tempestuosas y poseídas por extraños poderes (en un sentido respetable, por supuesto), los compran y se los ponen.
Lo mismo hacen, erróneamente, algunas rubias y pelirrojas, que acaban pareciéndose no a Carmen sino a canarios amaestrados. Para los hombres el estilo gitano es a un mismo tiempo más fácil y más difícil de asumir pues lo que principalmente exige es un determinado aspecto. Los hombres que son por naturaleza musculosos, de piel oscura y pelo negro, con refulgentes dientes blancos, lo pueden conseguir sólo con que se pongan una camisa oscura y un pañuelo de colores vivos. Para conseguir un efecto mayor, se puede llevar un solo pendiente de oro. Cuando los gitanos no están de moda, el hombre o la mujer que opta por ponerse traje de gitano por lo general emite señales de peligro: está declarando contundentemente sus violentas pasiones, sus hábitos agitados, su genio vivo, su naturaleza celosa y quizás hasta su insolvencia financiera. Por supuesto este mensaje puede amortiguarse con una conducta convencional, o con el uso simultáneo de prendas con significados contradictorios: una recatada blu1sa con una falda de gitana o unas zapatillas de deporte con el equivalente masculino. Las personas vestidas de esta forma probablemente se verían muy marginadas, pues es probable que las rutinas de la vida diaria les irriten y les inquieten y, a la vez, se echen atrás a mitad de cualquier aventura.
