Me gustan la austeridad y la utilidad, pero esto no significa en modo alguno que no me apetezca el placer, sino todo lo contrario. Estoy firmemente convencido de que las cosas sencillas son superiores a las complicadas y ostentosas, precisamente porque en última instancia proporcionan más placer. Es mucho más meritoria una cosa sencilla y satisfactoria que una cosa recargada de adornos, que sólo atrae nuestra atención debido a su excesiva complicación.

Encuentro más agradable una sencilla botella de vidrio para leche que un intrincado y reluciente aguamanil de plata. Existen en este mundo muchos objetos perfectos que no pueden mejorarse por mucho que uno lo intente. El inconveniente de muchos de los objetos que compramos es que han sido «diseñados» y les han puesto adornos innecesarios, en lugar de concebirlos con honradez, integridad, simplicidad y carácter. Lo malo no es la decoración en sí misma, sino la decoración postiza, sin arte y sin talento.

Sucede exactamente lo mismo con los interiores. Mi gusto en cuestión de decoración de interiores se debe en parte a una reacción al atiborramiento en el que creció la mayor parte de mi generación. Yo fui afortunado, porque cuando era niño mi madre decidía el aspecto que debía tener la casa y le gustaban los muebles de Ambrose Heal. Teníamos algunos de esos muebles, junto con otros muebles antiguos heredados, bastante buenos. Logró una gran sencillez. Recuerdo los sofás grandes y robustos, en un ambiente genuino de los años treinta, con una luz de una calidad excepcional. Los escasos objetos que allí había destacaban con claridad: se veían con una intensidad que no es posible en una habitación atiborrada. Desde entonces siempre he intentado recrear esa atmósfera de lujosa sencillez.

Uno de mis recuerdos más tempranos se refiere al color. Me acuerdo del susto y la agitación que sentí cuando se me cayó un bote de pintura verde brillante sobre el suelo de ladrillo de la cocina de mi madre: la combinación era horrible. Mi gusto por el color y la forma se plasmó en parte gracias a otra experiencia infantil: la gran afición a las flores silvestres y las mariposas diurnas y nocturnas que se despertó en mí a la edad de doce años, más o menos. Me interesaba la familia de los esfíngidos, que realmente me apasionaban. Esta afición de la niñez me ayudó a desarrollar la capacidad de distinguir formas, colores y texturas.

Asistí a la escuela de Bryanston, donde se daba gran importancia a las artes y donde tomé conciencia por primera vez de la decoración de interiores. Nos llevaban a visitar casas solariegas del oeste de Inglaterra, como Montacute y Stourhead, y nos hacían admirar esta o aquella pintura o un exquisito detalle arquitectónico; pero yo me sentía perversamente atraído por las lecherías y las habitaciones de la servidumbre. En general, recuerdo que las grandes estancias me resultaban bastante artificiales y que me preguntaba cómo alguien podía haber vivido allí. Me parecía que, en cuestión de ambiente, los criados estaban en realidad mucho mejor.

Los espléndidos salones y comedores de las históricas casas solariegas constituyen un empeño artístico magnífico, pero me parecía que estaban pensados para actuaciones teatrales más afectadas que el simple hecho de vivir en ellas. Había tantos atractivos visuales y una decoración tan elaborada que me maravillaba que alguien pudiera concentrarse en una conversación o incluso saborear la comida en un ambiente tan sobrecargado. En cambio, los cuartos de trabajo, las lecherías y las cocinas, con sus suelos de piedra y sus sencillos muebles, sin pretensiones, se me presentaban como un marco mucho más atractivo para la vida real.

El mundo situado debajo de las escaleras de las grandes casas de campo no estaba amueblado por los grandes ebanistas de la época, sino por artesanos que utilizaban materiales y técnicas perfeccionados a lo largo de varias generaciones. Lo que hacían tenía que ser elemental y funcional; en sus muebles sólo cabía lo más esencial. Las formas discretas y los materiales sólidos utilizados en las lecherías, las lavanderías y las cocinas armonizaban perfectamente con los colores sencillos de estas habitaciones.

En conjunto, parecían las zonas más atractivas de esas grandes mansiones. Nadie intentaba imponer una calidad estética artificial a esos objetos. Estaban destinados sólo a realizar su función de la manera más honrada, eficaz y económica posible. Escaleras arriba, las exóticas maderas eran torturadas con entallados intrincados y después se las trataba con acabados que convertían los muebles en objetos delicados, vulnerables y preciosos.

Resulta irónico que en el siglo XX, cuando la vida se ha vuelto más relajada e igualitaria, el gusto burgués haya intentado a menudo imitar la vida señorial de esas mansiones, de modo que una pretenciosa finura se ha convertido en norma.

Es divertido imaginarse cuán incómoda debía ser la actitud afectada y artificial que reinaba en aquellos salones. Los seguidores de la moda de los siglos XVII y XVIII se vestían con tantos adornos que el simple hecho de sentarse era ya un problema, complicado además por unas sillas frágiles, increíblemente poco prácticas, en las que tenían que meterlos como si fueran maniquíes. En cambio, los sirvientes, tras un duro día de trabajo, disfrutaban comiendo y conversando de una manera más agradable, sencilla y natural. Estos rasgos de tranquilidad, comodidad y naturalidad los acercan más a nuestra vida actual que la afectación que imperaba escaleras arriba.

Por supuesto, las personas responsables de crear esas habitaciones funcionales no se daban cuenta de un modo consciente de lo que estaban haciendo, pero creo que su trabajo fue una aportación a la civilización superior a los tapices, el bronce dorado y las pinturas que daban «prestigio» a la vida de los pisos superiores.

La esencia del buen interiorismo es la capacidad de plantearse cuestiones sencillas: una buena decoración interior es en un 98 % sentido común y en un 2 % estética. Pregúntese, por ejemplo: ¿cómo quiero que viva mi familia y cómo deseo que se sientan mis amigos cuando vienen a visitarme? Tiene que plantear el problema; la solución viene luego de manera muy sencilla, si cumple algunas reglas elementales.

Creo que las habitaciones más cómodas son casi siempre las más sencillas. Si va usted a un ryokan, una posada tradicional japonesa, se sentará en el suelo sobre una estera, el tatami, en un entorno sereno, decorado únicamente con unos pequeños crisantemos que parecen joyas. Las habitaciones como éstas, con la luz filtrada por los biombos de papel, pueden tener un efecto fabulosamente tranquilizante. En una casa tradicional japonesa, la decoración austera y grave permite que los diferentes colores y texturas, muy contados, atraigan la atención. Coloque un bello jarrón con margaritas en el salón de Montacute y probablemente no advertirá su presencia. En un ryokan, el mismo ramillete se convertirá en un objeto de una belleza intensa.