EL RETRATO EN BUENOS AIRES

Vivía entonces en Buenos Aires un pintor romano que gozó de merecida fama por sus cuidadosos retratos, y se llamaba Martín de Petris. A él se pidió la hechura de los dos cuadros, y su contestación fue la siguiente: Excelentísimo Señor / Don Martín de Petris, pintor, con el debido respeto a V.S. hace presente: / Que paso a reconocer los retratos de sus Augustas Majestades, que Dios guarde, conoció era pintura de primer pincel que hoy día y por consiguiente sumamente fina y delicada; no puede copiarlas a la última perfección y sin discrepar en nada del original, menos de 15O pesos fuertes. Por lo que V.E. determinará lo que tuviese por conveniente. / Buenos Aires, diciembre 1° de 1794. / Martín de Petris. Estuvo de acuerdo el Virrey, y se liberó la orden el 4de febrero de 1795. Poco después de un mes, el pintor y dorador Martín Martínez pidió se le pagaran 12pesos por el dorado de los marcos, señal de que los retratos se hicieron. Que además de éstos había otros retratos en poder de particulares está testimoniado por una declaración de los bienes de Francisco Pombo de Otero, del 15 de junio de 1803, que incluye dos cuadritos chicos “con los retratos de los soberanos”.

Pienso que ni éstos ni el hecho por Antonio Carnicero pudieron servir de modelo a José de Salas para el que pintó con destino a los pueblos guaraní ticos en 1791, a fin de que fuera reproducido por artistas indígenas. Francisco Bruno de Zavala, gobernador de Misiones, pidió al Virrey le enviara cinco retratos de Carlos IV, destinados a ser colocados en los distintos departamentos a mi cargo. Solo se remitió una pintura, pues el administrador general de los Pueblos, Diego Casero, opinó que bastaba un, con tal que se mandaran simultáneamente los materiales adecuados para hacer las copias. El original se solicitó al pintor José de Salas, quien lo tuvo terminado antes del 29 de julio de 1791, según se ve por el remito siguiente: Cajín No 1… Por el costo del retrato del Rey de la altura de 1 1/3 varas con marco de madera dorado ejecutado por el pintor Don José de Salas en precio de sesenta pesos de plata corriente. Al mismo tiempo se enviaron albayalde ocre, oro pimienta, caoba, sombra de Venecia, carmín, azul de Prusia, negro de humo, bermellón, aceite de linaza y aceite de nuez. Con estos elementos y con el lienzo que el coronel Zavala les habrá entregado, los pintores locales hicieron diez copias, ninguna de las cuales se ha conservado. Por carta del 24 de enero de 1793, nos enteramos del buen éxito del trabajo: Aquí se están sacando por el original diez copias del real retrato las que van con bastante imitación, una bien perfecta este completamente concluida y sólo le falta orearse; de estos ocho pueblos de la costa del Paraná he mandado venir un maestro pintor, de los pueblos de Yapeyú uno, otro de los de San Miguel, otro de la Concepción y otro de los de Tebiquarí.

Lástima grande que, de todas estas pinturas, únicamente ha llegado hasta nosotros un óleo, que está en el Museo Fernández Blanco, el cual (Catálogo de 1924) procede del Fuerte de Buenos Aires, de donde habría pasado a las colecciones de Lamas y de Migoya García. Si efectivamente es el cuadro que estuvo en el Fuerte, esta pintura seria la copia hecha por Martin de Petris del 6leo de Antonio Carnicero. En el conjunto pictórico del Buenos Aires virreinal, el lienzo no es desde fablé: muestra al Rey de medio perfil, vuelto a la derecha, con peluca blanca, traje muy adornado, banda con el Toisón y placa de Saint Sprit. 

ADOLFO LUIS RIBERA 

En la década siguiente se ubican el Carlos IV, de cuerpo entero, con escopeta en la diestra y un perro a su izquierda; fondo impreciso de paisaje. Fuerte caracterización del personaje, de admirable hondura psicológica y maestría del oficio, notas que cabe aplicar al valiente retrato de la Reina que, con extraño indumento, “trajea la indiana”, la presenta tocada con un turbante que remata una “aigrette”. Finaliza el siglo cuando Goya la pinta, con mantilla, lazos rosados y abanico. La moda del popularismo había cundido e las altas esferas, y la Reina, que era dada a los atavíos singulares, no desperdicia ocasión para pasar ante el pintor con traje negro, gran escote y brazos desnudos, de los cuales estaba orgullosa. El 24 de setiembre de 1800, desde La Granja, María Luisa escribía al favorito Godoy: “Me retrata Goya de mantilla, de cuerpo entero; dicen que sale muy bien y, en yendo al Escorial lo haré a caballo, pues quiero retrate al Marcial”. Pareja de éste puede considerarse el retrato del Rey con uniforme de coronel de los guardias de corps, del cual hay varias versiones, autógrafas algunas, y otras debidas a Esteve o a otros ayudantes de Goya. Falta considerar, dentro de la iconografía del momento, las representaciones ecuestres, de las cuales por su originalidad y maestría se destaca la de la Reina, a horcajadas de Marcial, el caballo que le regalara Godoy.