
El sentido común y la mayoría de los historiadores de la indumentaria han asumido que las exigencias impuestas por la utilidad, por el status o por el sexo fueron responsables de la invención de la ropa. Sin embargo, como a veces ocurre en los asuntos humanos, parece que tanto el sentido común como los historiadores estaban equivocados: los estudiosos nos han explicado recientemente que en un principio la ropa tenía una finalidad mágica. Arqueólogos dedicados a desenterrar civilizaciones pasadas y antropólogos entregados al estudio de tribus primitivas han llegado a la conclusión de que, como dice Rachel Kemper,«las pinturas, los adornos y las rudimentarias ropas se utilizaron en un primer momento para atraer las fuerzas animistas positivas y alejar el mal.8 Cuando Charles Darwin visitó Tierra del Fuego, un territorio frío, húmedo y desapacible asolado por constantes vientos, se encontró con que los nativos no llevaban otra cosa sobre el cuerpo que unas plumas en el pelo y unos dibujos simbólicos. Los bosquimanos australianos actuales pasan horas enteros pintándose a sí mismos y a sus parientes con arcilla coloreada y sin más ropa encima que uno o dos amuletos.
Por minúsculo que sea, el vestido primitivo de casi todas las partes del mundo, como el habla primitiva, está lleno de magia. Un collar de dientes de tiburón o un cinturón de conchas de cauri o unas plumas tienen la misma función que una plegaria o un sortilegio, y pueden reemplazar mágicamente-o más a menudo complementar a un hechizo oral. En el primer caso opera una forma de magia por contagio: se cree que los dientes de tiburón dotan a quien los lleva de las cualidades de un vigoroso y afortunado pescador. Las conchas de cauri, por su parte, actúan mediante la magia por simpatía: al parecerse a los órganos genitales femeninos, se cree que aumentan o preservan la fertilidad.
En la sociedad civilizada actual, la creencia en los poderes sobrenaturales de la ropa como la creencia en las plegarias, los sortilegios y los hechizos sigue estando muy extendida, aunque la denigremos llamándola «superstición». Los anuncios afirman que la aplicación a nuestra cara, nuestro cabello o nuestros cuerpos de un determinado tipo de loción lleva aparejada la probabilidad de románticos acontecimientos; sostienen que los miembros del sexo opuesto (o del mismo que el nuestro) se sentirán atraídos hacia nosotros por el olor de un jabón concreto.
Los amuletos también siguen una larga vida, brazaletes de cobre como talismán contra la artritis En ambos casos lo que opera es una forma de pensamiento mágico como el del aborigen australiano: los elefantes son fuertes y viven muchos años; si nos frotamos constantemente con su pelo podemos adquirir estas cualidades. El cobre es conductor de la electricidad, y por tanto conduce los impulsos nerviosos hasta los músculos agarrotados e insensibles, ya sea mediante la magia primitiva, por contagio, como con el brazalete de pelo de elefante, o mediante la magia moderna, por contagio de la pseudociencia: el cobre «atrae y concentra los electrones incontrolados», me explicó un adepto.
La magia por simpatía o simbólica también se emplea a menudo, como cuando nos colgamos del cuello cruces, estrellas o alguno de los símbolos actuales de la fuerza y la solidaridad femeninas, invocando así calladamente la protección de Jesús, Jehová o Astarté. Tales amuletos, por supuesto, los podemos llevar para proclamar nuestra defensa de alguna fe o causa y no como amuleto. O bien pueden tener simultáneamente o secuencialmente-ambas finalidades. El crucifijo oculto bajo el uniforme de la escuela parroquial habla sólo a Dios hasta que alguna diabólica fuerza humana persuade a quien lo lleva para que se quite la ropa; entonces actúa-o deja de actuar-como advertencia contra el pecado y como talismán protector.
Las prendas de vestir se pueden tratar también como si tuviesen mana, la fuerza sobrenatural impersonal que tiende a concentrarse en los objetos. Cuando yo estaba en la universidad era habitual ponerse un jersey, falda o sombrero «de la suerte» concretos para ir a los exámenes, y esta práctica aún continúa hoy en día. Normalmente lo que opera aquí es magia por contagio: la prenda elegida se ha convertido en una prenda que da suerte por haberla llevado puesta con anterioridad en alguna ocasión en la que tuvimos suerte, o porque se la ha regalado a su propietario alguna persona afortunada. Llevar estas prendas mágicas es especialmente habitual en los deportes, donde a menudo se les atribuye públicamente la responsabilidad de la suerte de sus propietarios. Su pérdida o abandono se considera causa de perjuicio y de fracaso. Los actores también creen fervientemente en la magia de las ropas, posiblemente por lo familiarizados que están con el poder transformador cuasi mágico del vestuario teatral.
A veces se cree que la prenda de la suerte lo es aún más cuando se pone, de algún modo, al revés. Puede haber diferentes explicaciones para esta creencia.
