
Aunque el traje típico de Gran Bretaña está empezando a difuminarse, el vestido colonial británico continúa siendo sumamente característico. A los australianos, por ejemplo, a menudo se los puede reconocer por su afición a las prendas que sugieren la búsqueda de canguros por el interior. Camisas y chaquetas caqui, chabacanos chalecos de piel de oveja, botas altas de piel y el famoso sombrero de monte. Estas ropas las pueden llevar igual mujeres que hombres. Otra peculiaridad de quienes proceden de «allá abajo» es su afición a los pantalones cortos, prenda que no sólo usan cuando salen de su país, sino que, según cuentan quienes han estado allí, da al paisaje urbano de Australia un aspecto único. No es raro que empresarios y trabajadores acudan a sus puestos de trabajo con las rodillas al descubierto durante los meses de verano, y hay quien dice haber visto a médicos con bata blanca y pantalones cortos, a catedráticos con toga y pantalones cortos, y a abogados vestidos formalmente con chaqueta oscura, cuello duro y corbata de regimiento, bombín y pantalones cortos. Donde termina la musculosa, peluda y morena pierna australiana estos hombres llevaban convencionales zapatos Oxford negros y a veces hasta ligas. Presumiblemente no es sólo un deseo de comodidad lo que lleva al uso de esta indumentaria, sino también la necesidad de recordar a los observadores que hasta el asuste más respetable es esencialmente un varonil guerrillero.
Los estilos canadienses, lógicamente, son más sutiles y, como el acento canadiense, a menudo son difíciles de distinguir de los Estados norteños de los Estados Unidos. Se tiende a las bufandas largas de lana, a los jerseys grandes (a menudo con dibujos de renos cubistas y copos de nieve) y a los chalecos acolchados. Cuando hace buen tiempo el canadiense anglófono se parece individualmente a un estadounidense del Medio Oeste, aunque en grupo a veces se los puede identificar por su afición a los cuadros. Los canadienses francófonos, por su parte, lucen un estilo algo más europeo, y las mujeres en especial tienden a vestir de forma más elegante o más llamativa; incluso en los días de invierno, con temperaturas bajo cero, se las puede ver abriéndose paso entre los montones de nieve de las heladas calles de Montreal con las piernas enfundadas en medias de nailon y con botas de tacón con clavos.
BRITÁNICOS Y ESTADOUNIDENSES EN EL EXTRANJERO
Según el estereotipo popular, la moda estadounidense y la británica son dos lenguajes independientes y mutuamente incomprensibles. En la realidad, no obstante (como la lengua estadounidense y la británica), no son más que dialectos diferentes, no muy difíciles de entender una vez que se han asimilado los principios lingüísticos básicos. El malentendido ha surgido sobre todo porque la gente se fija más en los nativos de otros países cuando hacen turismo, y los turistas británicos visten de forma muy distinta a los estadounidenses, en gran medida porque su idea de lo que significa viajar al extranjero es profundamente distinta. Los Estados Unidos tienen una historia de aislamiento político y autosuficiencia económica; sus ciudadanos normalmente han considerado al resto del mundo como una zona catastrófica de la que las personas afortunadas o atrevidas emigran a la «tierra prometida». Alternativamente, también pueden ver a otras naciones como meros lugares de interés turístico caracterizados por su pintoresquismo, por el exotismo de la flora y la fauna y por la existencia de extrañas costumbres. El turista estadounidense de viaje por el extranjero se pone, por consiguiente, ropa apropiada para visitar una zona catastrófica, o para una visita a un museo o a un zoo: cómoda, informal, de colores vivos, relativamente barata, que no vaya a suscitar envidia y en la que no se note la suciedad. Gran Bretaña, por su parte, sigue siendo imaginariamente un imperio mundial. Sus ciudadanos viajan al extranjero como representantes de la metrópoli, preocupados por mantener la reputación de su país y por dar un buen ejemplo a las razas inferiores. Los británicos, por tanto, en lugar de vestirse informalmente para viajar se ponen de tiros largos, sean cuales fueren las condiciones locales. Hoy en día aún se pueden ver turistas británicos (especialmente si nacieron antes de la segunda guerra mundial) sudando callada y valerosamente con sus trajes de tres piezas y sus corbatas o con vestidos de manga larga, pantis y zapatos cerrados en los extremos climas veraniegos de Atenas, Roma, Los Ángeles y Washington D.C. La legendaria costumbre británica de cambiarse de ropa para cenar bajo las adversas condiciones de las colonias también sobrevive como una tendencia a vestirse con ropa aún más incómoda después del anochecer. Por supuesto hay muchos turistas británicos y estadounidenses que no se visten de una manera especial y por tanto no se les puede distinguir de los nativos de la nación hermana. Pero, como son indistinguibles, no se les distingue, y el estereotipo continúa prosperando. En consecuencia, muchos estadounidenses asumen que los británicos son estirados y ceremoniosos, mientras que algunos británicos, igualmente desencaminados, esperan que todos los estadounidenses sean relajados y simples, incluso ordinarios. El grado de incomprensión depende, por supuesto, de la región de los Estados Unidos de la que se trate, como ocurre con el habla. Para un bostoniano corriente es mucho más difícil entender la forma de hablar de alguien de Atlanta, por ejemplo, que entender a un inglés de clase media. El lenguaje bostoniano de la indumentaria es, también, mucho más parecido al de Londres que al del Profundo Sur.
