MODA NEGRA Y JUDÍA: EL DANDI Y LA JAP

La indumentaria negra, especialmente la de los hombres negros, es casi una lengua en sí misma, como el Black Englisb, y casi resulta tan difícil de entender como éste para un extraño. Aunque sumamente característica, es difícil describirla a no ser en términos muy generales, tanto porque cambia rápidamente como por su gran influencia sobre la moda en general. Como han señalado muchos autores, lo que el petimetre negro lleva hoy puede que esté en Esquile dentro de más o me-nos un año. Esto no es un fenómeno reciente: según un experto, el estilo conocido como Ioy League o Preppie para hombres se originó las gorras escocesas y las camisas de algodón a cuadros que ahora se vender extrarradio de las ciudades las llevaban exclusivamente los negros. Los negros urbanos son los dandis de hoy en día, los auténticos herederos de Beau Brummell; sus trajes demuestran un interés por la he-chura de la ropa y por el detalle en el vestir raro en otros lugares, y un talento para las combinaciones audaces de colores y tejidos que podría ser la envidia de un diseñador profesional. Se ha puesto de relieve a menudo la especial elegancia de los zapatos y los sombreros de los negros, y algunos autores han sugerido que representan un intento de minimizar diferencias antropomórficas: que los zapatos ajustados y puntiagudos y los sombreros que tanto gustan a los negros sirven para disimular sus grandes pies y sus cabezas más largas y estrechas. Esto parece dudoso; igual se podría afirmar que estos zapatos y estos sombreros son una orgullosa llamada de atención sobre sus características raciales.

No son sólo los gangsters negros quienes llevan ropas innovadoras de alta costura, sino también muchos negros de muy distintas profesiones más legítimas: deportes, publicidad, periodismo, teatro y cine, música popular y negocios. A abogados, políticos y clérigos también se les puede ver en ocasiones con una versión modificada de este look. El talento negro para el vestido se demuestra a veces en entrevistas con estrellas del deporte y de los medios de comunicación, y es un componente importante de ciertas pequeñas composiciones poéticas populares que relatan las aventuras de legendarios personajes del hampa.

Para ser un dandi de éxito se necesita dinero y buen gusto, y tradicionalmente los negros que han conseguido superar el listón de la pobreza siempre han invertido en ropa una gran parte de sus ingresos;4según un estudio, en 1950 su gasto medio en ropa era un veinte por ciento superior al de los blancos. Muchos autores han puesto de relieve el entusiasmo de los negros por las ropas caras y elegantes, y también por los automóviles caros y elegantes. Se ha sugerido que estos gustos, y la forma de gastar dinero asociada a ellos, tienen relación con los problemas que han tenido tradicionalmente los negros para adquirir otros tipos de símbolos de posición social, como la pertenencia a los clubes de campo y las casas en barrios de clase media. Si esto es así, a medida que aumente la igualdad de oportunidades la elegancia relativa de los negros puede descender. El aspecto del lenguaje negro del vestido que hasta los extraños comprenden es el peinado. El pelo estirado o «arreglado» se reconoce actualmente como un signo de acomodación a los valores blancos, mientras que el peinado «natural» o afro o, más recientemente, los peinados de múltiples y finas trenzas-indican orgullo racial e intransigencia Un curioso fenómeno de los años sesenta y setenta fue la imitación del estilo de pelo natural de los negros por parte de los blancos radica les. Lo que se llegó a conocer con el nombre de «afro judío» (lo llevaron hasta algunos WASP) no lo adoptaron sólo aquellos que no tenían dificultad para hacerlo porque se lo permitía la textura de su pelo. También lo consiguieron con la ayuda de una drástica permanente algunos «negros blancos》 cuyos rizos naturales eran rectos como velas. 

El efecto, especialmente en los rubios, era sumamente extraño. Más reciente-mente, en 1979, se imitaron las trenzas finas de las africanas nativas y de las mujeres negras con conciencia étnica: primero fue Bo Derek, la protagonista blanca de la película 10, la mujer perfecta, y después las mujeres atentas a la moda que se sintieron atraídas por este estilo de peinado debido a su obvia dificultad y a su coste: la versión del salón de belleza llegaba a costar en los Estados Unidos hasta ciento cincuenta dólares y se tardaba tres horas en hacerlo. La existencia de estilos típicamente judíos, aparte de los que la ley religiosa prescribe a los miembros de congregaciones ortodoxas, es más dudosa. La indumentaria de la Princesa Americana Judía, o JAP, ha sido el motivo de un cartel cómico muy vendido en las librerías estadounidenses, pero la ropa que allí se retrata no parece diferir mucho de la de cualquier niña rica y malcriada actual. Me dicen mis informantes que es característica la pasión por las botas altas de piel y los jerseis de cachemira.

También se ha afirmado que los extravagantes peinados ahuecados y rígidos que llevan algunas matronas judías reproducen, quizá inconscientemente, las pelucas que tradicionalmente adoptaban las mujeres casadas en las comunidades ortodoxas ju1días. Hay un chiste que también sugiere que ciertos tejidos pueden estar asociados en la mente popular con orígenes judíos. Cuenta la historia de dos mujeres que se encuentran en un campo de golf. Una se presenta como la señora Cohen; la otra, una rubia de aspecto nórdico, como la señora Smith. Durante el juego, ¡la señora Smith manda la bola fuera del campo y exclama «Oy vey!».

-Así es.

-No me lo puedo creer. Diga algo más en judío.

-Vaya! Es usted judía? -pregunta la señora Cohen.

-De acuerdo-contesta la señora Smith-. Ultrasuede.