
El pelo largo siempre ha sido un atributo importante y legendario de la feminidad. Es una característica de las protagonistas de los cuentos de hadas, incluyendo a Rapunzel, cuyos rizos eran tan largos y tan gruesos que la bruja y el príncipe podían subir por ellos como por una cuerda. El cabello largo y exuberante es la marca tradicional de la mujer sensual en casi todos los tiempos y países. En el arte cristiano, por ejemplo, a María Magdalena se la suele representar con el pelo largo hasta los pies. En la tradición europea el pelo largo y suelto se ha asociado casi siempre con la juventud, y a menudo con la virginidad, real o supuesta. De niña una mujer llevaba el pelo hacia abajo, a veces con trenzas. Al hacerse adulta o al casarse se lo subía siguiendo las costumbres locales. Se lo podía trenzar formando una corona, como en muchas comunidades campesinas, se lo podía cubrir con un griñón o una toca de encaje, levantarlo en una empolvada fantasía dieciochesca, o cardarlo para hacer un copete eduardianas. Sin embargo, rara vez se lo cortaba desaparecía, los bucles se devanaban y lo que los victorianos llamaban «la suprema hermosura de la mujer» quedaba liberada para deleite del hombre. La moda del pelo corto en las mujeres data de la década de los veinte, aunque antes hubo ejemplos pasajeros de la misma. En un principio significó libertad e independencia, incluyendo a menudo la libertad y la independencia eróticas, y durante un tiempo se invirtió la vieja regla: una chica que llevase el pelo muy corto lo más probable era que estuviese disponible sexualmente. No obstante, hacia la década de los cuarenta se habían restablecido los significados tradicionales, y la muchacha atractiva llevaba el pelo cuando menos por los hombros, mientras que la universitaria, la profesional o la esposa conservadoras lo llevaban con una tupida y rígida permanente. Sólo las artistas y las bohemias llevaban el pelo verdaderamente largo, y solían hacerse un moño o recogérselo en una cola de caballo.
Sin embargo, en los años sesenta y principios de los setenta las maneras con la raya en medio. La moda exigía que fuese lacio; si no era así naturalmente, los rizos los podía eliminar una amiga o (con más dificultad) la misma propietaria. Este peinado era compatible con y a veces provocador dela pérdida de la virginidad y el matrimonio, como lo había sido en los siglos anteriores, pero no era aceptable en el mercado de trabajo. A las alumnas mías que llevaban el pelo largo, cuando llegaba la horade graduarse y buscar trabajo, a menudo se le presentaba un gran conflicto a consecuencia de esto. Cortarse el pelo (o incluso recogérselo) les parecía un signo de que se habían vendido al sistema, como se lo parecía a sus contemporáneos varones, y a veces se encontraban con el problema añadido de que a sus novios les gustaba su pelo largo. En la actualidad las melenas hasta la cintura son poco frecuentes excepto en los jóvenes, pero el pelo más largo de lo normal, en todos los grupos de edad, tiene su significado tradicional: ideas románticas, ardor emocional y a menudo disponibilidad sexual. Al mismo tiempo experimentan una presión en sentido opuesto por parte de sus jefes actuales o potenciales en su puesto de trabajo, estableciéndose el conflicto clásico entre querer y deber.
EL MONO PELUDO Y LA MUÑECA DE PLÁSTICO
Uno de los signos más comunes de una sexualidad activa ha sido siempre la exhibición de cabello. Entre los hombres, aunque el estilo capilar es principalmente un indicador político y social (como ya sugerimos), a menudo tiene un significado erótico secundario. Los monjes y los sacerdotes tradicionalmente se han rasurado la mayor parte del pelo o se lo han dejado muy corto como señal de celibato y dominio de sí mismos. Quizá por esto rara vez se ha encontrado atractivo erótico en una calva reluciente, aunque los científicos nos digan que la calvicie en el varón está asociada con la abundancia de hormonas masculinas. Por otra parte, las barbas exuberantemente suaves y sedosas y las rizadas melenas byronianas están asociadas en la mente popular con una naturaleza apasionada. La exposición deliberada de vello corporal masculino (especialmente en el pecho) se considera señal de vigor sexual, aunque no todas las mujeres (ni todos los hombres) se sienten atraídas por el tipo «mono peludo”. En la mayoría de las sociedades, que las mujeres adultas tengan pelo en el cuerpo es algo que se asume e incluso se aprecia. Sin embargo, en los países occidentales esta vellosidad ha sido objeto tradicionalmente de un fuerte rechazo, y se ha eliminado rigurosamente mediante afeitado, cera y electrólisis. (Hasta el vello púbico se ha considerado indeseable: se dice que a John Ruskin, el historiador victoriano especializado en arte, le repugnó hasta el punto de quedar impotente descubrir, en su noche de bodas, que su esposa no estaba igual de lisa que una estatua de mármol.) Para las feministas contemporáneas esta actitud es una forma de opresión patriarcal, y parte de la exigencia masculina de que las mujeres se transformen en muñecas de plástico pintadas. Los partidarios de la acción ecológica, los cultivos orgánicos y la medicina herbaria son también muy propensos a ver el vello corporal como un cultivo natural. En la actualidad, por tanto, no es raro ver a mujeres cuyas axilas y piernas presentan una floreciente vegetación. Analizando el resto de su vestimenta se las puede clasificar como a) feministas convencidas o b) partidarias de la contracultura. Por su parte, a las mujeres de sobacos poblados y piernas espinosas, si no están en proceso de transformación hacia uno de los tipos anteriores, simplemente se las considera descuidadas y desaseadas.
