
Los peinetones llegaron a ser tan amplios que medían 120 centímetros, motivando grandes caricaturas en la época; entre ellas se destacan las de H. Bacle, el litógrafo suizo, quien con su espíritu burlón hace una serie de Extravagancias del peinetón en el año 1834. Lo interesante es que todas las mujeres lo usaban. En el Río de la Plata, casi todos eran comerciantes y, por lo tanto, todo resultaba más parejo, es por eso que la mujer y las hijas de un tendero (porque tenía una tienda) podían salir e inclusive imponer una moda. Más allá de estas novedades locales, y a pesar de los tímidos intentos rosistas por proteger nuestra industria a través de la aplicación de la Ley de Aduanas promulgada en 1836, del bloqueo francés y de la destitución del patrono de Buenos Aires, San Martin de Tours por “flojo y mal federal”, lo cierto es que el afrancesamiento de las modas y costumbres en el Rio de la Plata se afianzaba sin prisa y sin pausa hasta llegar a imponerse casi por completo, hacia fines de siglo. Sin embargo, la moda española, aunque con mucha competencia, se mantuvo vigente entre las mujeres de las clases altas de Buenos Aires hasta unos años después de la caída de Rosas, sobre todo respecto del uso de la mantilla de encaje. Esta no resultaba fuera de tono pues había sido impuesta nuevamente en la corte de París por Eugenia de Montijo.
El centro de las actividades sociales eran las tertulias de los miércoles en Palermo, donde Manuelita Rosas recibía, siempre vestida de rosa o blanco, con adornos colorados, y donde se destacaba la hermana menor del Restaurador: Agustina Rosas de Mansilla. Este puesto de elegancia les había sido cedido por Mariquita Sánchez de Thompson quien, cerrando temporariamente su espléndida casa de la calle Florida, había partido en exilio voluntario hacia Montevideo, siguiendo a buena parte de la clase alta porteña. La clase alta federal, en cambio, hacía un verdadero culto personal de Rosas, encargando en Europa las alegorías con los retratos en las vajillas y jarrones de porcelana, trayendo especialmente de España los pañuelos de cuello y guantes con el retrato y la divisa política. En los últimos años del gobierno de Rosas el estilo de la moda comienza a sufrir algunas modificaciones, referidas principalmente a detalles y accesorios. Las faldas se vuelven cada vez más anchas y más largas, tomando volumen no solo de los volantes, que en número de 3 a 16 aparecen en 1846 (llegando a su apogeo en 1852-1854), sino de las enaguas de crinolina que hicieron su aparición hacia 1842. Las mujeres elegantes de la época se colocaban, sobre unos pantalones de lencería que llegaban al tobillo, adornados de encajes, las faldas bajeras o visos de crinolina, tela áspera y rígida.
Los pantalones de lencería habían aparecido en Europa hacia 1809 y desaparecido inmediatamente por incómodos; sin embargo, se impusieron en Buenos Aires. Sobre las faldas bajeras o visos de crinolina, usaban una enagua de varios volantes y, a veces, una tercera de muselina que servía de base al vestido que se ensanchaba en las mangas a partir de una bata sumamente ceñida, y subía en los escotes adornándolos con cuellos de encaje. El ceñido de las batas se lograba con el corsé, que había hecho su aparición nuevamente durante la Restauración en Francia. Los nuevos corsés, que mostraban un ajuste mayor debido a la invención de los ojalillos mecánicos, eran también usados por los elegantes dandis. Acerca de las crinolinas, los porteños pudieron leer en una crónica de La Mode llustrée, firmada por Emmeline Raymond, y publicada eI 4 de septiembre de 1864: “Siniestros pronósticos se formulan para la crinolina: se afirma que su reino llega a su fin. ¿Qué hay que creer, temer o esperar? Yo lo ignoro todavía y no hago otra cosa que registrar los rumores inquietantes. La crinolina pasará sin duda, y la principal razón de su desaparición será justamente que ha vivido demasiado”. El 18 de septiembre, la misma cronista escribía Grandeza y decadencia de la crinolina: “En 1858, año de su nacimiento, la crinolina estaba en su apogeo, inflada como todo lo que es parvenú; se imponía con su insolencia, levantado, con su presencia tiránica, una tempestad de reclamos. En 1860, aparece bajo una nueva forma, disminuyendo su envergadura se aplana por delante, expandiéndose por detrás. Durante 1862 se hace más pequeña todavía y ensaya pasar inadvertida para seguir viviendo. Entre 1863 y 1864, es nada más que un esqueleto, y a pesar de haber ensayado todas las rutas para seguir reinando, toda dominación llega a su fin. Descartemos este pensamiento y, si es posible, retardemos ese doloroso momento”.
No pensaba lo mismo de la crinolina el creador de la alta costura, el inglés Charles Frédéric Worth,cuando afirmó: “La revolución de 1870 es poca cosa en comparación con mi revolución, yo, que he destronado la crinolina”.26 En el año 1857,cuando Worth se instaló en el N°7 de la Ruéde la Paix, preparó por primera vez una colección por anticipado y la presentó a sus clientas. Hasta ese momento, las costureras eran quienes dominaban el mundo de la moda y cosían para cada clienta en particular. A Worth se lo consideraba el creador de la alta costura por entender su esencia: plasmar una “idea” con técnica impecable y presentarla con modelos de absoluta exclusividad. Durante esos años, ya habían desaparecido en Buenos Aires los grandes peinetones, en consecuencia, el peinado cambió, llevándose la raya al medio y recogido por bucles que caían hasta los hombros; una flor completaba el arreglo. También se generalizó el uso de los famosos chales de cachemira de gran belleza y colorido, importados de Francia en la época de Napoleón in. Estos chales habían hecho su reaparición en 1842, junto a los vestidos que se ensanchaban y alargaban ayudados por la crinolina y las capotas que comenzaban a ser usadas por las porteñas. En el cuadro de Descalzi, Boudoir Federal, fechado en 1845, vemos a una joven mujer vistiéndose; apoyada sobre una silla, la capota junto con el chal y el vestido listo para ser usado.
