
Aunque importantes, esos fenómenos no aclaran en nada las incesantes variaciones y el aumento de fantasías que definen propiamente la moda. Por ello todo invita a pensar que ésta encuentra antes su resorte en la lógica social que en la dinámica económica. Nada de análisis clásicos: la inestabilidad de la moda se basa en las transformaciones sociales que se produjeron en el transcurso de la segunda mitad de la Edad Media y que no dejaron de ampliarse bajo el Antiguo Régimen. En la base del proceso, el aumento de poder económico de la burguesía, que favoreció la expansión de su deseo de reconocimiento social, y, a la vez, las cada vez más numerosas corrientes de imitación de la nobleza. Según un modelo cuya paternidad se atribuye habitualmente a Spencer, y utilizado innumerables veces hasta nuestros días, las clases inferiores, a la búsqueda de respetabilidad social, imitan las maneras de ser y de aparecer de las clases superiores. A medida que las capas burguesas, gracias a su prosperidad y a su audacia, consiguen adoptar tal o cual distintivo prestigioso, en boga entre la nobleza, se impone el cambio desde arriba para resituar la diferencia social. De ese doble movimiento de imitación y de distinción nace la mutabilidad de la moda.
Es indiscutible que, con el desarrollo de la burguesa, Europa vio aumentar los deseos de promoción social y acelerarse los fenómenos dc contagio imitativo; en ninguna otra parte se franquearon tan ampliamente las barreras de clase y los estados y condiciones. Por exacta que sea, esta dinámica social no puede sin embargo explicar la de la moda, con sus extravagancias y sus ritmos precipitados. La idea de que el cambio de moda sólo se produce en razón de un fenómeno de difusión e imitación dilatado, que descalifica los signos de elite, resulta imposible de aceptar. El cambio en la moda no se deduce de la amplitud de las difusiones, no es el efecto ineludible de un determinismo social exterior, ninguna racionalidad mecanicista de ese tipo es capaz de comprender y aceptar los caprichos de la moda. Probablemente esto no significa que no se dé ninguna lógica social de la moda, sino que reina de forma determinante la búsqueda loca de novedades como tales. No se trata ya de la mecánica pesada y determinista de los conflictos de clase sino de la exaltación «moderna» de lo Nuevo, la pasión sin fin de los juegos y gratuidades estéticos. La turbulencia de la moda tiende menos a las amenazas que se ejercen sobre las barreras sociales que al trabajo continuo, inexorable pero imprevisible, efectuado por el ideal y el gusto de las novedades propios de las sociedades que se desprenden del prestigio del pasado. Debilidad del análisis clásico que no ve en las fluctuaciones de la moda más que coacción impuesta desde fuera, obligación resultante de las tensiones simbólicas de la estratificación social, en tanto que aquéllas corresponden al despliegue de nuevas finalidades y aspiraciones socio históricas.
No se trata ya de la persecución y de los fenómenos de «alcance》 entre los de abajo y los de arriba de la jerarquía, sino de conflictos de prestigio en el seno mismo de las clases dominantes. Con el desarrollo de la burguesía mercantil y financiera se inició un fenómeno de promoción social de gran importancia: los burgueses enriquecidos compraron títulos dc nobleza, adquirieron feudos y cargos, casaron a sus hijos con miembros de la nobleza. Es sobre todo en la arena de la clase superior, entre las fracciones de la clase dominante, entre nobleza y alta burguesía, nobleza de atuendo y nobleza de espada, nobleza de corte y nobleza provinciana, donde tienen lugar las luchas de competencia de donde surgirá la dinámica de la moda. Desde el final de la Edad Media, ¿quiénes han sido los taste makers, los faros y dueños de la moda?, ¿quién lanza y da su nombre a las novedades sino los personajes más elevados y más a la vista de la corte, favoritos o favoritas, grandes señores y princesas, el rey o la reina en persona?
Es imposible aceptar la idea de que las luchas de competencia prestigiosa y muchas veces sin sentido entre los distintos grupos, luchas tan antiguas como las primeras sociedades humanas, se hallen en la base de un proceso absolutamente moderno sin ningún precedente histórico. Y lo que es más, cómo, a partir de tal esquema, puede analizarse la búsqueda desenfrenada de originalidad, al igual que aquella otra, matizada, de pequeñas variantes personales en los detalles? ¿De dónde ha nacido el proceso de individualización de la apariencia que caracteriza la moda? Las teorías de la distinción por lo tanto no elucidan ni el motor de innovación permanente ni a la incorporación de la autonomía personal en el orden de la imagen.
