El espíritu de algunos artistas con el entusiasmo de los creyentes

Es que la artista visual y poeta es también una inesperada galerista y promotora cultural. Editora de revistas alternativas, impulsora de diversos proyectos —como la valiosa editorial Eloísa Cartonera, junto con Javier Barilaro y Washington Cucurto—, Laguna también dirige Belleza y Felicidad.

Cuando en 1999 abrió la tienda junto a Cecilia Pavón, su socia en aventuras editoriales, en lo que era un almacén de comestibles en Acuña de Figueroa y Guardia Vieja, no sabía que llegaría a marcar tendencia y a armar tres espacios bien diferenciados en distintos lugares de la ciudad. Con un nombre que es un espléndido hallazgo, Belleza y Felicidad, ByF, es hoy “una galería de arte o centro cultural”. Pero al principio solo ofrecía materiales para artistas, algunas publicaciones y ropa de segunda mano —que su dueña sigue usando—; tenía también dos pequeños ámbitos de exposición.

Rápidamente se constituyó en un ineludible lugar de reunión —sin dos sillas iguales— para hacer y ver arte, escuchar música, leer poesía o comprar un frasco de tinta. Siete años después, ByF del Abasto concede más espacio al arte y persiste en la autenticidad con la que fue fundada.

Von Thielmann está contenta con el resultado de este “punto de encuentro, donde el intercambio cultural y social se enriquece permanentemente”, porque sabe que, al albergar estas muestras, contribuye a la difusión del arte actual. Existe afinidad entre los tres espacios a los que Fernanda Laguna lleva “belleza y felicidad”, presentando a los artistas alternativamente en los sitios del Abasto, Fiorito o Recoleta.

Provocadores y dispares, con algunas presencias disonantes, la mayoría de los artistas de ByF se caracteriza por eludir el encasillamiento y realizar un trabajo vinculado con su propia intimidad y cotidianeidad. Con la llegada de su primer hijo, Fernanda acaba de recibir su propia “belleza y felicidad”.

Nunca imaginaría quien echara un vistazo a la fachada antiquísima e impertérrita de la casa en esquina que adentro hay un cosmos en efervescencia. Un colaborador entra y sale en bicicleta para llevar y traer sobres, fotos y papeles; un albañil, ajeno al trajín cuasi oficinesco, afina detalles del reciclaje reciente; y la cabeza de todo el movimiento salta en un pie, esquivando obstáculos para atender alguno de los teléfonos de línea y celulares que suenan sin pausa y en varios idiomas.

Salta porque tiene un yeso y las muletas las ha dejado por ahí, todavía desacostumbrado a llevarlas. Y tiene un yeso porque un accidente en Italia le dejó como saldo una pierna fracturada, la correspondiente operación y la prohibición de pisar el suelo quién sabe por cuántas semanas.

Pero nada —ni el accidente, ni el dolor, ni las muletas— ha hecho empalidecer la experiencia de Roma, sede de la primera muestra individual de Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973) en Europa. Que el MACRO, Museo d’Arte Contemporanea di Roma, lo seleccionara para una exposición como la que se vio entre febrero y abril últimos lo tiene feliz. Aunque su satisfacción no es más que un chispazo en la mirada celeste y un fue buenísimo lanzado entre frases donde los aumentativos no abundan. El tono pausado y reflexivo no abandona nunca cierta dosis de melancolía.

Fue buenísimo, dice, porque el museo tiene un programa excelente en una ciudad que no es un centro de arte contemporáneo. Se publicó un catálogo que recopila mucha obra y la muestra tuvo una repercusión muy buena.

¿Qué obras incluye? Hay obras como “The Staircase”, de 2005, una instalación que hice en Londres; “Doors”, una obra que presenté en la Bienal de San Pablo de 2004, que consta de espacios oscuros divididos por puertas; una maqueta de “Nuit Blanche”, la instalación del edificio de París… y varias más.

La que, por razones obvias, no pudo viajar a Italia fue “La pileta”, una de sus creaciones más celebradas, gestada durante su estadía en Houston y presentada en la Bienal de Venecia de 2001.

“A mí me llevó seis meses, pero allá la tuve que construir en veinte días. En Venecia la vio una japonesa que estaba armando el 21st Century Museum of Contemporary Art de Kanazawa, cuyo edificio, diseñado por SANAA, ganó el León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2004. El museo decidió comprar ‘La pileta’, con el riesgo que significaba proponer una obra permanente a un chico de 28 años: hubo mucho arrojo. Lo mismo sucedió con la decisión política de Argentina de ir con todo y llevar la obra a la Bienal.”

Un ejemplo de lo importantes que son las bienales en términos de abrir puertas.

“Es cierto que las bienales son una vidriera y una oportunidad muy grande. Pero, al mismo tiempo, si vos no las tomás tratando de hacer lo mejor que puedas, con cierta ambición, diría, tampoco sirven, porque es mucho lo que hay para ver.”

Y, hablando de grandes eventos, ¿cómo es para los artistas la experiencia de las ferias de arte, donde prima lo comercial, algo que obviamente les incumbe pero que no es el foco para ustedes?

“Las ferias son otra cosa. Son muy prácticas para el coleccionismo, para el networking, pero no son un espacio para ver arte. Pretender hacerlo es como estar en un cine con 5.000 televisores, todos proyectando una película diferente al mismo tiempo. Nada tiene su tiempo ni su lugar para ser visto.”

Tanto la metáfora como la velocidad con que es hallada dentro del repertorio mental son bien representativas del tipo de operaciones que realiza su inquieta imaginación. El de Erlich es un pensamiento evidentemente visual, que se vale de lo cotidiano para, de alguna manera, desestabilizarlo, subvertirlo y dejarlo convertido en otra cosa. No es otro el movimiento que realizan sus obras.

A pocos artistas les caben tan bien definiciones como las que, a principios del siglo XX, acuñaron los formalistas rusos, estudiosos de la lingüística y la poesía, que definieron al arte en términos de su capacidad para desautomatizar la percepción. Según su ideario, la función del poeta —o del artista— consiste en generar el “extrañamiento” —ostranenie en ruso— respecto de las imágenes habituales, presentándolas bajo una nueva luz.

Para los formalistas, arte es aquello que convierte al objeto familiar en algo visto como por primera vez. Y obras como “El ascensor”, “El living”, “Lluvia”, “Las puertas” y hasta la misma “Pileta” ilustran tan acabadamente este precepto que parecen concebidas bajo su influjo.