Oposición entre estilo y uniformidad de la moda

La mujer que tiene un estilo personal es aquella que logra trasmitir su personalidad a la ropa que se pone, produciéndose entre ella y su vestido una relación cómplice. Esa complicidad trasciende a las mujeres sin estilo, y se da entonces la copia. En cuanto a estilos, los hay muy diversos, tantos como tipos diferentes de personalidades se tomen en cuenta. Los hay románticos, sexy, audaces, de vanguardia o clásicos. Lo importante es que cada uno elabore el suyo de acuerdo a su personalidad. Para conseguirlo deberá usar los diversos estilos como herramientas que le ayuden en este importante juego de descubrir su propio modo de ser. El estilo, una vez descubierto y elaborado, etiqueta con su sello inconfundible, pues permite manifestar claramente las escalas de valores. Si recordamos que las modas son normas sociales que nos atrapan, y como todas las normas son reflejos de los valores, resulta fácil pensar que la mayoría de las personas utilizan el vestido como medio de afirmar o demostrar lo que piensan.

Por ejemplo, los conservadores eligen un estilo clásico para afirmar sus valores: reverencia a la tradición y, en general, mayor respeto y predominio de lo dado por herencia que de lo adquirido a través del trabajo cotidiano de toda una vida. Por eso el estilo clásico manifiesta un equilibrio sin estridencias, que busca minimizar la censura social anulando el riesgo que supone cambiar. Los adolescentes se visten contra las normas establecidas por los adultos, en una crítica etapa de búsqueda de identidad. Los matices de los distintos estilos de ropa que elijan se encuentran en relación directa con sus distintos grados de rebeldía, en un muestrario donde desfila desde el punk hasta el formal. Este muestrario indica la escala de valores que manejan y la mayor o menor necesidad de atención de cada uno. Para que el estilo manifieste los esquemas de valores propios y pueda afirmarlos a través de la ropa, es necesario en primer lugar, aprender a distinguirlos y a manejarlos; para ello es fundamental conocerse.

Al conocerse las personas alejan y separan aquello que no les gusta y no expresa su personalidad. Son conscientes de un acto de selección de lo que las rodea y determinan con su peculiar organización su estilo personal. La conciencia de sí mismo, positiva en cuanto permite la formación de un estilo, tiene su contrapartida negativa en las dudas, ansiedades y culpas que se sienten cuando se toma conciencia de algo, cualquiera sea el tema de que se trate. La conciencia de sí mismo no es la excepción a esta regla. Es natural entonces que encontremos cantidades de argentinos tal vez la mayoría que para evitar los problemas de la concientización prefieren sentirse amparados, integrados y aburridos en la uniformidad. Al conocerse una persona elabora su estilo; si no lo hace, se uniforma.

Para entender mejor lo que esta diferencia implica, podemos recordar que todo objeto sensible existe sólo en relación con un cierto fondo, destacándose diferencias subjetivas entre ambos. Estas diferencias subjetivas se hacen evidentes en aquellos modelos ambiguos de figuras chinescas oscuras sobre un fondo informe e indefinido más claro, que pueden invertirse según el color en donde se fije nuestra atención. En la vida cotidiana la distinción figura fondo desempeña un papel importante, porque establece una jerarquía en nuestro campo de percepción entre las cosas y un medio neutro, que es llevado a un grado inferior de diferenciación. Si entramos a una reunión y vemos un grupo de mujeres elegantes y cuidadosamente vestidas, establecemos automáticamente la jerarquía y quizá nuestra mirada se fije en una de ellas que se destaca de las restantes, que actúan como fondo.

Desde este punto de vista, la mujer y el hombre con estilo personal definidos eligen ser figura; toda figura tiene una forma, un contorno y una organización. Aquellos que se uniforman eligen ser fondo, que es una continuidad amorfa y sin definición. Además de estas diferencias señaladas, la figura y el fondo se diferencian por sus propiedades funcionales. Una ligera sombra es más visible sobre el fondo que sobre la figura, es decir, la figura ofrece mayor estabilidad y mayor resistencia a la variación. Esta propiedad funcional determina que cualquier cambio en la persona uniformada, por pequeño que sea, la ponga más en evidencia que a la figura. El resultado previsible, aunque paradójico, es que aquellos que se uniforman para no desentonar y no ponerse en evidencia consiguen hacerse mucho más vulnerables y quedar atrapados en la uniformidad, ya que la censura social no les permite ni la más pequeña desviación. Por ejemplo, una mujer que se ha mantenido uniformada decide un cambio en su forma de vestir, o un corte y cambio de tintura en su peinado, y lo más probable es que reciba la clásica censura: “En algo andará…”.