Libertad y originalidad en la organización de su ropa 

A cambio de la uniformidad y de la frustración inconsciente que ella genera la sociedad le entrega estima y consideración. En contraposición a esta situación, las personas que se destacan por tener una mayor libertad y originalidad en la organización de su ropa y accesorios son menos vulnerables a la censura social, porque no se espera de ellas otra cosa que el cambio y tal vez porque se intuye que esa categoría de personas figuras no toman muy en cuenta las disposiciones de otros. Pueden entonces variar y cambiar sin censura, pero no obtienen consideración. Las personas fondo “no” pueden cambiar, porque la censura social no las deja, pero a cambio de la uniformidad y frustración inconsciente obtienen la estima del grupo. Por lo tanto, en la uniformada la seguridad es aparente y genera frustración; en la mujer figura la seguridad es real y conduce a la afirmación personal, pero genera envidia y aislamiento. La persona necesita la aprobación que da la sociedad. La persona figura puede prescindir de ella, aun cuando esté interesada, permitiéndose una mayor libertad de acción.

La clave de la elección entre ser “fondo” o “figura” se encuentra en el mayor o menor grado de conocimiento que las personas tengan de sí mismas. Llegar a conocerse a sí mismo parece en un primer momento una empresa fácil; sin embargo, la cantidad de obstáculos reales o no que sabotean la acción son tantos (dudas, depresiones, grandes entusiasmos pasajeros, momentos de inacción) que se elige no conocerse y no tener su propia identidad. Uno de los primeros problemas que se presentan es la ambigüedad de los indicios que cada uno tiene sobre sí mismo; esta información es en buena parte más imprecisa que la información clara y evidente que se obtiene del exterior. La ambigüedad de los datos que se reciben del interior resulta de mezclar una imagen real de sí: “Soy gorda, alta, rubia, tímida”, con la imagen idealizada de lo que se quisiera llegar a ser. Esa imagen idealizada puede compensar, ilusionar y dar cierto impulso para la acción, además de marcar un camino para canalizar mucho de lo más íntimo y propio de cada persona. Sin embargo, si bien le da su sello inconfundible, le impide ver su verdadera situación en la vida. Esta mezcla entre lo que cada uno es y lo que le gustaría llegar a ser dificulta no sólo conocerse mejor sino saber lo que realmente se quiere ser. Éste es uno de los más serios problemas a enfrentar.

Hay un tercer elemento que se suma y contribuye a complicar la visión: el temor a no cumplir con las expectativas ajenas. La mayoría de las veces las acciones se repiten mecánicamente para reforzar la imagen que los otros tienen de uno. Así, por ejemplo, la modelo “no puede” mostrarse desaliñada, porque sabe que se espera de ella una imagen diferente; ni la estudiante de filosofía mostrarse elegante, porque teme traicionar la imagen que la fantasía del grupo alimentado por ella misma le asignó. Desde luego, tanto el “ser” como el “deber ser” y aquello que “los demás esperan de uno” están profundamente condicionados por la sociedad en que se vive. La sociedad exige y presiona poniendo en práctica un sistema de atracciones y rechazos, de censuras y aprobaciones, de rumores y aislamientos para obligar a sus miembros a seguir al pie de la letra las reglas del juego. Aquellos que decidan apartarse de las reglas comunes y avanzar por el camino de la creatividad, dándole mayor importancia a la individualidad, son rechazados y temidos, generando en partes iguales envidia y aislamiento.

Dado que las modas son normas sociales que atrapan a los miembros de una sociedad y que, a su vez, como todas las normas, indican los valores esenciales del grupo social, resulta fácil deducir que las sociedades se valen de ellas como un elemento de manipulación. Es así como sociedades democráticas, como los Estados Unidos y Francia, que ostentan la libertad entre sus valores, van a impulsar y permitir a sus miembros una mayor creatividad, y sociedades autoritarias, como la Argentina, van a privilegiar la uniformidad. Las sociedades autoritarias generan mujeres inseguras. En la Argentina tanto los grupos políticos que han abusado del autoritarismo como los grupos económicos que necesitan de la uniformidad por el escaso mercado moldean y condicionan a los consumidores. A su vez, éstos responden con comodidad, inseguridad y desgano, resolviendo el dilema de ¿quién soy? y ¿qué imagen quiero dar a los demás? a través de la elaboración de un prolijo, adecuado y anquilosado mito de sí mismos. 

Como el mito reemplaza al conocimiento real, las mujeres creen conocerse y lo demuestran valiéndose de respuestas estereotipadas y preparadas de antemano para cada ocasión. Si tienen una reunión de noche, usan el negro; si son un poco gordas, no se atreven a usar rayas; si tienen hombros anchos, no piensan en hombreras. El mito de sí mismas abarca su cuerpo y su forma de ser, dándole respuestas pre digeridas y automáticas para todas ocasiones, y si alguna vez hacen alguna concesión en una nueva combinación de accesorios los incorporan de ahí en adelante de manera inflexible. La comodidad de no tener que pensar en nuevas combinaciones las atrapa.