
La Argentina desperdició en esa época y en los años siguientes la magnífica oportunidad que se le presentaba. Al estallar la guerra en el año 1939 y perder los tradicionales mercados, quedó en descubierto el grado de dependencia de la economía hacia los productos europeos. Al dislocarse el sistema de comercio multilateral, en vez de volverse hacia sí misma buscando inspiración apoyada en la incipiente industria textil para impulsar una moda nacional, decidió reorientar su comercio volviendo sus ojos a los Estados Unidos. Enrique Astesiano, heredero y continuador de una de las casas de modas con mayor volumen de ventas en Buenos Aires durante esta etapa, dice: “A Buenos Aires no llegaba ninguna información; hacíamos los vestidos en base a algún figurín, pero no llegaba nada; entonces en el año 1943 me fui a Nueva York en un DC 3 y tardé cinco días en llegar por las numerosas escalas.
“Allá no sólo se fabricaba, también había ideas y dos o tres casas importantes europeas como Mainbocher, que durante la guerra lideraban la moda (de ella traje la idea que tuvo tanto éxito en Buenos Aires de teñir los zorros blancos al tono del vestido). Fueron muy atentos en mostrarme todas las colecciones y obtuve 600 dibujos, pero sólo pude comprar por un valor de 500 dólares cuando había llevado 20.000 dólares para gastar. La respuesta era siempre la misma: Argentina all finisbed, por el cambio en su situación política y su neutralidad. Al volver me quedé en Perú y mostré los bocetos a nuestra clientela, que incluía a la señora del Presidente, donde me hicieron los encargos. Al llegar a Buenos Aires mandábamos por encomienda las valijas con la ropa, lo mismo hacíamos a Venezuela, a Brasil y a Sudáfrica. El liderazgo de nuestra moda era evidente. Ese liderazgo se perdió totalmente.
“Cuando de golpe se cortaron nuestros lazos con la moda de Europa, no pudimos aprovechar la coyuntura porque en la Argentina no éramos creadores y, además, aunque estaban La Emilia y Campomar, no se había desarrollado una industria textil fuerte para sostenernos, por eso tuvimos que irnos a los Estados Unidos. “En cuanto a las materias primas, si bien había quedado en nuestro país un gran stock que nos permitía confeccionar, no llegaba nada nuevo. Es entonces cuando en la época de la guerra comienzan a llegar los refugiados europeos y a fundar sus pequeñas industrias, aprovechando su antigua experiencia textil; en ese momento nosotros, que trabajábamos siempre con lo importado, comenzamos a utilizar lo nacional. Se empezaron a usar unas sedas para cóctel ‘Rosalba’ y la conocida piel de tiburón, una especie de gabardina que se empleaba al principio como tela para deportes distribuida por Blanquini Ferrier, que también lo hacía con una tela muy popular, similar a un cloqué que se llamaba ‘Ribouldengue’.
“Los comisionistas importantes como Levy y Nolin durante la guerra compraban a los textiles nacionales y lo distribuían directamente. Aunque también había muchos representantes y casas de artículos de sombreros, como Marcial Tupe y Máximo y Nicolás Pérez, que no se podían surtir”. En Europa, mientras tanto, imperan las restricciones y surge una moda de típo utilitario con “géneros de prestado y sombreros de nada”. Desaparecen en París lanas, sedas, linos, cueros y pajas. Es el momento de fabricar zapatos con suela de madera y corcho, y vestidos y sombreros “con lo que resta”. Es muy posible que el moderno proceso de democratización de la moda haya tenido su comienzo cuando el espíritu creador francés, con todas sus relaciones cortadas con el extranjero y chocando por la falta de tejidos y de todas las industrias asociadas, decide hacer un esfuerzo en el año 1944 para ponerse al alcance de una clientela cada vez más amplia.
Christian Dior es uno de los primeros en darse cuenta de que toda una época comenzaba a llegar a su fin cuando dice: “La moda debe descender a la calle”. Antes de que esto ocurra el gran coulurter se permite un delirio y recibe la gran ovación que estalla en un memorable desfile el 12 de febrero de 1947 en el 30 de Avenue Montaigne, provocando una total ruptura con una moda que había permanecido siete años invariable. Carmel Snow, directora del Harper’s Bazar, se levanta en la mitad del desfile para telegrafiar a Nueva York utilizando por primera vez la frase “sus vestidos tienen un new look’. Diorama, el vestido vedette que provocó la revolución, necesitó para destacar su fino talle y su línea paracaidista 43 kilos de tejidos y 20 metros de lanita fina para su confección. Había nacido una nueva línea.
En Buenos Aires la moda, influida por el militarismo de la época, instala el traje sastre azul, negro y gris como su favorito. Los severos sacos con hombreras van acompañados por faldas rectas o tableadas que paulatinamente se van acortando. En la primavera del año 1944están bajo la rodilla para llegar aún más cortas al año siguiente. De la colección de Astesiano es un tailleur de grueso piqué blanco con cuello de velours azul y bieses del mismo material aplicados en los bordes de la falda, bolsillos y solapas, sumamente entallado y de largos faldones. Dos importantes botones cierran el saco. Para la noche las chicas más jóvenes podían usar un largo vestido de organiza blanca con amplia falda y aplicaciones de bieses de piqué formando ochos, escote pequeño y mangas pegadas.
