BLANCO, PUREZA, INOCENCIA Y STATUS

En épocas clásicas, mucho antes de que se inventase la raza «blanca», el blanco era el color de las nubes cuando hacía buen tiempo y de las montañas de picos nevados. Estaba donde moraban los Traídos de blanco. En la vida secular el blanco siempre ha simbolizado la pureza y la llevan con mayor frecuencia los bebés y los niños muy pequeños. Al ser tan fácil de manchar tanto física como simbólicamente, el blanco siempre ha goza-do de la aceptación de quienes desean manifestar riqueza y posición social por medio del consumo ostentoso de detergente o demostrando ostentosamente que están libres de tener que realizar trabajo manual. Lo suelen llevar tradicionalmente quienes participan en deportes de alto status como el tenis y el polo, especialmente en la competición profesional. Quizá porque se mancha con tanta facilidad, o quizá por su eterna asociación con el nacimiento y los primeros años de la infancia, las vestiduras completamente blancas a menudo han sugerido delicadeza, e incluso enfermedad o debilidad física, especialmente cuando el tejido es frágil. Los enfermos, en la literatura y en la escena, así como en la vida real-, a menudo visten tal tipo de ropa, e incluso hoy la mujer que desea parecer especialmente inocente y delicada puede que se ponga una indumentaria completamente blanca. 

BLANCO MARITAL, MÉDICO Y COLONIAL

ce que requieren indumentarias blancas. En algunos casos, esta necesita normalmente se ponía un traje de noche de cualquier color que le fue sé bien, pero igual podía ser rosa que amarillo, azul o verde. Hoy en día la mayoría de las jóvenes se casan con un conjunto especial completamente blanco de corte antiguo y un tejido que generalmente se asume que es símbolo de inocencia y pureza, y que sólo se lo pondrán una vez en la vida. El blanco se considera inapropiado para quienes se casan en segundas nupcias o para las novias cuyo embarazo es demasiado evidente, aunque en este último caso a veces se rompe la norma. Un escéptico podría preguntarse por qué se ha tenido que poner de moda esta indumentaria cara y arcaica en un momento en que los cambios en las costumbres sociales y la existencia de medios para el control de la natalidad ha hecho que sea mucho menos probable que antes que una novia llegue al matrimonio pura y virgen. Prudence Glynn, comentarista erudita y sagaz de la moda británica, ha sugerido que la novia moderna o bien «quiere un momento maravilloso, escapista y romántico en una vida por lo demás gris» o, quizás, «al llevar un vestido arcaico está declarando su opinión inconsciente sobre lo arcaico de la ceremonia misma».1 También es posible que la función del traje de novia blanco y del velo sea de carácter mágico: que al ponérselo la novia anule sus experiencias anteriores, de tal forma que pueda entrar en el matrimonio emocional y simbólicamente, aunque no físicamente, intacta.

Con anterioridad al siglo XX, la limpieza y la devoción no iban necesariamente asociadas a la salud, y los médicos, queriendo parecer serios y competentes, se vestían con ropa oscura y sobria. El descubrimiento de los gérmenes y la higiene, y la transformación de la medicina de un arte incierto en una ciencia incierta, cambió todo eso. El médico ya no era una especie de artesano habilidoso que nos podía aliviar los achaques y los dolores, pero al que nunca invitarían a cenar en las mejores casas; ahora era una figura con autoridad divina, un árbitro de la vida y la muerte. Este ser deificado adoptó gradualmente una vestimenta blanca inmaculada, que en la actualidad es la opción estándar de la profesión médica. Como tenían que evitar cualquier sugerencia sobre su propia debilidad o enfermedad, los médicos y las enfermeras llevaban ropas de tejidos resistentes rígidos como el cartón. A los pacientes también se los viste tradicionalmente de blanco, pero sus ropas son de una textura muy diferente. Cuando ingresas en un hospital, o vas a que te hagan un reconocimiento médico, te quitan la ropa que llevas y te la cambian por una prenda blancuzca, informe y fina que se ata ineficazmente por la espalda con lazos o broches a presión, como una batita de niño. Así, al mismo tiempo que te privan de la identidad indumentaria que tú has elegido (en ese tipo de lenguaje, te dejan sin habla), te transforman en una criatura semidesnuda, desvalida e inarticulada que ni siquiera es capaz de vestirse sola. (En algunos hospitales y salas de reconocimiento más chic, la tradicional ropa infantil es de color azul muy claro, sugiriendo confianza y docilidad, además de inocencia y desamparo, y por tanto implicando quizá que se trata de un bebé algo mayor.)La rigidez y la formalidad eran también el distintivo de la indumentaria tradicional del hombre inglés de los trópicos, aunque no el de la mujer inglesa, que normalmente estaba hecho de ligera y delicada muselina, de satén y de encaje, como convenía a su presunta delicadeza y desamparo. Lo que se puede denominar blanco colonial británico, aunque rara vez se usa en la actualidad, nos resulta familiar por las películas y los dibujos animados. El vestido y el sombrero, ambos de color blanco, de la mujer, y la camisa, los pantalones largos o cortos y el salacot, todos ellos blancos, del varón, eran prácticos en un clima caluroso y soleado. Pero la insistencia británica en la limpieza perfecta y en la ausencia de arrugas de estas prendas también hacía de ellas un signo portátil de status, y transformaban simbólicamente la ocupación militar y la explotación comercial en justicia y virtud, incluso en abnegación. Uno de los casos más famosos-y más ambiguos de blanco corad. Jim (que sólo es un lord en la desdeñosa denominación de sus compañeros) ha abandonado un barco que se hundía con un cargamento de ochocientos peregrinos nativos. Siempre viste de blanco inmaculado, lo que expresa gráficamente su incurable idealismo y su identificación con las tradiciones románticas del imperio británico. Es también un signo de falsa inocencia que tiende al desconocimiento de sí mismo y de su mundo, y nos recuerda que una de las pocas asociaciones negativas de la blancura es la cobardía.