Conservadurismo y tradición  

La gran mayoría de la gente es conservadora de un modo innato en lo que hace referencia a la decoración de su casa; las personas tienden a reproducir lo que tenían sus padres, más que a pensar en lo que ellas mismas quieren. Mucha gente está dispuesta a vivir en ambientes feos e incómodos, sólo para no molestar a nadie; salirse de lo convencional requiere una gran fuerza de carácter. Estilo personal quiere decir confianza en uno mismo, es decir, saber lo que se quiere y no tener miedo de expresarlo. A la gente le resulta al parecer muy difícil expresar su personalidad en su hogar, en general por temor a destacar. A los hombres en especial de una forma curiosamente reaccionaria-les cuesta interesarse incluso por la decoración: al parecer creen que el diseño de la casa es cosa de mujeres, como si no se pudiera compaginar la práctica del rugby con la elección de unas cortinas. Hay personas capaces de expresar su estilo personal con seguridad, vistiendo con un gusto impecable, y que en cambio viven en casas vulgares y sin atractivo.

La moda es más fácil de dominar que el diseño del hogar, porque la ropa es más efímera que el mobiliario y en conjunto su coste es inferior. Además, en el caso de la ropa hay más posibilidades de elección: la industria de la moda está muy desarrollada y las tiendas ofrecen una variedad amplísima en que inspirarse; a ello se suma la profusión de revistas que tratan la moda como un asunto cotidiano. No hay ninguna razón para no cuidar también de la moda en el hogar. A bien poca gente le gustaría llevar toda su vida el traje que se compró a los 18 años; entonces: ¿por qué no han de ser diferentes nuestras casas? El gran diseñador italiano Ettore Sottsass se preguntó en cierta ocasión: acaso las casas han de ser templos estáticos? Estoy de acuerdo con él. Con demasiada frecuencia la gente cree que ha de amueblar su casa no sólo para toda la vida sino incluso para sus descendientes. Así, se hacen las cosas a medias, sin arriesgarse, porque se dice, eufemísticamente, que es más práctico. El estilo en el vestir consiste en la gracia de saber conjuntar varias piezas y en escoger los accesorios adecuados; lo mismo sucede con las habitaciones. Lo primero que hay que hacer es atender a los elementos básicos y prestar especial atención a los detalles esenciales: desde un buen suelo hasta el picaporte adecuado para la puerta. ¡Y tapar los cables eléctricos! Haga el presupuesto con sensatez; emplee más dinero en las cosas que se gastan más y que usted quiere que duren, las que use de un modo constante. Elija muebles sobrios y clásicos y una decoración básica para enmarcar el conjunto, y ponga luego la personalidad, el elemento de diversión y lo que está de moda utilizando cosas que resultan fáciles de cambiar: la tapicería, el color de las paredes, las alfombras, las pantallas de las lámparas. De este modo podrá tener la habitación constantemente al día y darle un nuevo centro de interés u otorgarle un nuevo estilo. Del mismo modo que utilizaría una joya antigua para hacer resaltar un sencillo vestido negro y darle un estilo increíble, puede modificar el impacto visual de una habitación con una bonita alfombra, unos cojines de color intenso o un gran jarrón de flores. Los contrastes y las sorpresas son muy importantes.

La creación de un hogar ha de ser un acto de amor; es ciertamente uno de los mayores placeres de la vida. Compartir una casa tiene que suponer compromiso y discusión, no conflictos y disputas. Mi mujer y yo tenemos gustos muy definidos, que no siempre coinciden. En las habitaciones que compartimos hemos llegado a un compromiso, pero ella dispone de una pieza que es de su propia creación, y a mí me gusta ir allí, porque refleja su personalidad. Soy capaz de admirar muchas cosas, aunque no las desee necesariamente para mí mismo; admiro cualquier tipo de interior honrado. Lo más importante es que lo que se haga, se haga con convicción. Hay que ser capaz de disfrutar visitando las habitaciones de los demás y de disfrutar también recibiendo la visita de otras personas en las propias.

Cuando se piensa sobre la influencia que el espacio en el que uno vive ejerce sobre la propia vida, vale la pena experimentar un poco, e intentar hallar el diseño que más nos gusta. Después de todo, sólo se vive una vez. Incluso puede intentarse hacer algo especial. Siempre he creído que las ideas del arquitecto sir John Soane sobre el azar y la sorpresa (salir de un espacio grande a través de la pequeña puerta para entrar en un espacio pequeño, entrar de sopetón en un espacio enorme o contemplar vistas, reflejos y espacios cerrados donde no se esperan) constituyen uno de los objetivos más interesantes del interiorismo. Es difícil que alguien pueda construirse una casa como la de Soane, pero es posible lograr unos efectos estimulantes bastante parecidos con la luz, mediante el paso de áreas iluminadas a la semipenumbra y luego, de nuevo, a la luz. La textura de los suelos puede proporcionar el mismo efecto. Otro tanto puede decirse del mobiliario; imagínese la sensación de pasar desde una acogedora habitación llena de objetos a una sobria celda monástica. Este tipo de contrastes puede hacer que resulte más interesante la vida en la casa.

En un interior doméstico, si no se está caliente y no puede uno sentarse con comodidad, no es posible descansar. En muchas habitaciones me he tenido que sentar en sofás tan atrozmente incómodos que por muy buenas que fueran las pinturas de las paredes no he sentido ninguna sensación de bienestar. Lo mismo sucede en los restaurantes: por buena que pueda ser la cocina, si las sillas son diabólicamente incómodas, la sala demasiado ruidosa, estás sentado en plena corriente de aire con los camareros dándome empujones y las luces son demasiado intensas, es imposible pasarlo bien. Los colores y las formas pueden contribuir también a esta sensación de incomodidad. He estado en más de una habitación en que el dibujo del papel de las paredes aturde y resulta imposible mirar nada más. A veces la gente está tan obsesionada con lo práctico que las cosas han de ser invulnerables a las huellas digitales, de modo que las habitaciones llegan a parecerse a las salas de espera de un aeropuerto, que pueden limpiarse a mangueras limpias después de un accidente desagradable. Yo disfruto con las pequeñas imperfecciones, los signos del uso continuado, la pátina del tiempo. Los ruidos suaves, como el silbido de una estufa tradicional de gas o el crujir de los troncos en el hogar, ayudan a crear esta atmósfera.

Pero creo, sobre todo, en la importancia de la luz. Nunca pensamos bastante en la iluminación, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayor parte del tiempo que pasamos en casa lo hacemos con luz artificial, más que con la iluminación natural Una habitación pintada de color beige oscuro puede resultar triste; la misma habitación en color limón pálido puede transformarse con los primeros rayos del sol. Incluso las habitaciones atiborradas de objetos pueden presentar un magnífico aspecto si se iluminan de manera correcta; en cambio, las más elegantemente austeras pueden parecer inhóspitas y lóbregas con una luz de mala calidad. Si se consigue la adecuada iluminación, muchas otras cosas resultan menos importantes y entonces uno se puede permitir tener menos cosas, pero de mejor calidad. Salga fuera; deténgase un momento a saborear la luz del campo y esto le ayudará mucho para entender la iluminación artificial. La luz diurna natural le permitirá darse cuenta de la importancia de la sombra, de la importancia de las gradaciones, desde la luz dura hasta la suave, de cómo reacciona la luz cuando se filtra o se orienta. La enorme variedad de material de iluminación que existe actualmente en el comercio permite recrear casi cualquier efecto natural con luz artificial.