CONSUMO Y ENTRETENIMIENTO: EL TRIUNFO DE LA EXTRAVAGANCIA

En los últimos tiempos los escaparates más ostentosos del consumo han sido el cine y la televisión. El derroche a gran escala es una de las características de la industria cinematográfica: derroche de talento, derroche de energía, derroche de materiales, derroche de dinero y derroche de tiempo, como sabe cualquiera que haya pasado, aunque sólo sea un par de horas en un plató cinematográfico. ¿Desde el punto de vista de las teorías de Veblen, qué podría haber más atractivo y que genera se mayor prestigio? La extravagancia teatral, por supuesto, tiene una dilatada historia, pero se ha visto sobrepasada por la extravagancia de la industria cinematográfica. El vestuario del teatro, por artístico que sea, está hecho para utilizarse muchas veces: si una obra tiene éxito cada prenda puede soportar más horas de enérgico uso de las que soportaría en la vida pueden gastar en algo que sólo se va a usar unos pocos minutos. El gers en Una mujer en la penumbra (Lady in the Dark, 1944) diseñado de lentejuelas en rojo y oro y llevaba adornos de visón, y costa 35.000dólares. 

De acuerdo, los principios del vestuario teatral no se podían transferir directamente al cine ni a la televisión. La ropa para el escenario ha de estar diseñada para que tenga un efecto a gran escala: la sastrería fina y los estampados suaves son invisibles más allá de la segunda fila, y todo se ha de exagerar para que se pueda ver desde el fondo de la sala. Además, en una película una cinta de un par de centímetros puede parecer que mida tres metros, pudiéndose ver cada puntada. Pero la importancia que Hollywood dio al vestuario, casi desde los inicios, fue mucho más allá de las necesidades del medio. Quizá no sea coincidencia que la mayoría de los primeros magnates del cine empezasen en el negocio de la moda. Antes de irse a Hollywood, Harry Warner hacía zapatos, Samuel Goldwyn guantes y Adolph Zukor era peletero, y los tres se llevaron consigo a la industria cinematográfica a amigos y colegas del gremio textil.

Debido a la convención dramática y a la distancia visual entre el actor y el espectador, el vestuario teatral ha conseguido dar mis énfasis Barthes en altas enfermedades del vestido, se apoya en el poder imago nativo del espectador, que es capaz de transformar el rayón en seda y las mentiras en ilusión», en lugar de intentar confundir su incredulidad con detalles históricos auténticos, belleza formal o dispendio evidente. Hasta en Stratford on Avon las joyas son falsas y el armiño y la cibelina de los mantos de los reyes son piel de conejo teñida o más a menudo piel sintética, que no sólo cuesta menos, sino que es más ligera para llevar sobre el escenario. Sin embargo, a los productores de Hollywood no les bastaban las apariencias; exigían el uso de los materiales más caros aun cuando un sustituto más barato consiguiera engañar a la cámara. Adolph Zukor, por ejemplo, insistía en que los adornos de todos los trajes de sus películas fuesen de piel auténtica, afirmando que ello era «bueno para el negocio». En algunas de las fantasías cinematográficas de los años treinta y cuarenta, hasta los extras iban vestidos como reyes y reinas. Para María Antonieta (1938) Adrián diseñó cuatro mil lujosos trajes auténticos, usando sedas, terciopelos, encaje y bordados genuinos del siglo XVIII. Norma Shearer, la protagonista del filme, se cambiaba de vestuario treinta y cuatro veces y dieciocho de peluca, una de ellas con diamantes de verdad. Con estos atavíos su movilidad, como la de María Antonieta, estaba severamente limitada; esto no era una novedad en los filmes de época de Hollywood, donde a menudo las faldas eran tan anchas que resultaba imposible entrar o salir de un camerino con ellas puestas. O, en el extremo opuesto, eran tan ceñidas e iban tan acorazadas de abalorios y bordados que el actor o la actriz no se podían sentar y ni siquiera caminar con naturalidad. La ropa como ésta, con sus rebuscados adornos, su fantástico coste, su incomodidad física y lo infrecuente de su uso, recuerda no tanto el vestuario teatral como los atavíos tan extravagantemente adornados y enjoyados de la religión, asumidos sólo unos momentos calificados como de importancia sobrenatural. 

El cambio de las modas es una forma distinta y muy efectiva de Derroche Ostentoso. Aunque no creo que cambien a capricho de diseñadores y fabricantes-de ser así lo harían mucho más a menudo es verdad que cuando los cambios sociales y culturales imponen un cambio en nuestro aspecto la industria de la moda se apresura a aprovecharse de ello, y a sugerir en la publicidad que el vestido del año pasado no le hará ningún bien a nuestra reputación. Cuando los nuevos estilos no consiguen calar se intentan otras estratagemas. Una reciente es anunciar con poco sincero entusiasmo respecto a que la moda ha muerto, que en lugar de la tiranía del «look de este año» ahora tenemos una serie de looks individuales, a los que se dan nombres como clásico, femenino, deportivo, sofisticado o ingenuo. La labor de la mujer liberada y bien vestida, sugieren los anuncios, es elegir el look -o, mucho mejor y que muestra mayor liberación todavía, los looks que van con su «estilo de vida». Se la anima, por ejemplo, a ser elegante y refinada en el trabajo, entusiasta y activa en el tiempo libre, dulcemente hogareña en el hogar con sus hijos e irresistiblemente sexy en presencia de lo que un departamento de mi universidad ha dado en llamar su «cónyuge equivalente».