
La adopción del traje étnico por parte de personas que no son miembros del grupo en el que se originó tiene implicaciones sociales de otro tipo. Si las ropas son lo que las revistas de moda llaman «étnicas”, es decir, del Tercer Mundo, sugieren bienestar social y/o intereses contra culturales, o una combinación de ambos. Esto es lo que ocurre con todo tipo de ropa nativa de campesino: las camisas, faldas, fulares y pantalones de la India oriental; los caftanes y las chilabas bordadas de Marruecos; los batiks indonesios; los chalecos con flecos y las pulseras de turquesa de la India occidental; los sarapes mexicanos y las sandalias hechas de piel de carabao; etcétera. Para que sean auténticas, estas prendas han de ser de «materiales» naturales: algodón, seda, lana y piel. Si son usadas, tanto mejor, pues entonces poseen el mana de sus propietarios originales, que son en la imaginación, aunque normalmente no en la realidad, auténticos nativos.
El usuario de un traje «étnico» de este tipo se integra casi siempre en una o varias de las categorías siguientes: acupuntura, astrología, cannabis, religión oriental, percepción extrasensorial, canción folk y danza folk, medicina homeopática, música india o del Cercano Oriente, masaje, meditación, parto y lactancia naturales, agricultura orgánica, Oxfam, + energía solar, vegetarianismo, artesanía, yoga y Zen. El número de intereses y el grado de compromiso se pueden determinar observando hasta qué punto es exótica la indumentaria. Un atavío étnico completo, especialmente aquel en el que se combinan artículos procedentes de distintos países tercermundistas, suele corresponder a una persona que dedica todo su tiempo a la contracultura, a alguien que está implicado profesionalmente en algunos de los intereses antes relaciona-dos. En el otro extremo del espectro, la ropa convencional salpicada de accesorios exóticos (un fular con estampados indios y un pesado brazalete de plata, por ejemplo) sugieren una relación de mero pasatiempo con uno o dos de los componentes más respetables de la lista. Durante los últimos años sesenta y los primeros setenta el traje étnico acabó entrando en la alta costura, y durante un tiempo significó per-tenencia a la generación «moderna». Los resultados eran pintorescos; Tom Wolfe, un siempre agudo observador de las modas contemporáneas, describía la escena de un club de moda londinense, el Arethusa:
En el gran salón, sólo los camareros llevan camisas blancas y corbatas negras. La clientela se sienta en él berreando, gorgoteando y lanzando risotadas ignífugas en un tumulto de chaquetas de cuero, túnicas hindúes, faldas de ante, botas de asesino de ciervos, camisas de duelo, pañuelos anudados a la nuez, collares de cuentas de colores balanceándose sobre la barriga, cuellos vueltos remontándose al encuentro de las patillas a media papada, blusas indias desgastadas y raídas que dejan ver los pezones de punta y las aureolas carmesí… El lugar parece un comedor de gran lujo del Mediterráneo inexplicablemente invadido por una marea de cogotes salidos de una escena multitudinaria de Pasaje al noroeste, El delator, Gunga Din y Arroz amargo.
Hoy, aunque ya no suelen verse tales escenas de carnaval, estos estilos tercermundistas todavía aparecen a veces en las páginas de Vogue y los llevan mujeres distinguidas. Las prendas que eligen tienden a ser, no obstante, los vestidos festivos o ceremoniales de las culturas de las que proceden, y normalmente son llamativos por su rareza, por su precio o por ambas cosas: los vestidos nupciales mexicanos con encaje hecho a mano y con cientos de diminutos pliegues, botas de piel cosida a mano, blusas y chales primorosamente bordados, saris cargados de hilo de oro y brocado, cuentas de marfil africano de intrincada talla y otras cosas por el estilo. Aunque estas prendas son, sobre todo, una forma de con-sumo llamativo, también sugieren un deseo de parecer original o exótico y un interés al menos ocasional por el Zen, el yoga, el vegetarianismo, etc. Después de todo, la mujer mundana que viste un caftán de seda también se podía haber comprado un vestido de diseño.
