
Conforme pasaron los años, los estilos para ambos sexos fueron madurando gradualmente, siendo los hombres quienes en un primer momento llevaron la delantera de forma considerable. Ya hacia mediados de siglo habían comenzado a abandonar sus coloridos pañuelos de cuello, sus elegantes abrigos ajustados al cuerpo, sus ceñidos pantalones y sus escarpines planos. Durante la última parte del siglo no era ninguna desgracia ser gordo, y la frase «un hombre de elegante figura» implicaba dimensiones que hoy en día sugerirían una tendencia a ser indulgente con uno mismo y un inminente ataque al corazón. También empezaron a imponerse los colores más oscuros, y a mediados de siglo el negro era el único color respetable para un traje de noche respetable. En público el hombre elegante solía llevar un bastón o un paraguas como signo de su poder masculino y su autoridad. Cuando hacía frío se ponía un pesado abrigo que a menudo pesaba aún más de lo normal porque se le añadían una o más esclavinas; a veces esta indumentaria era tan larga y tan amplia que recordaba a la túnica tradicionalmente asociada con la vejez y la autoridad.
Los barbudos eran tan raros que en 1794 para una dama de Filadelfia era tan asombroso ver por las calles de aquella ciudad un elefante como dos hombres con barba juntos. La barba abundante, especialmente la barba sin arreglar, era un signo de extrema vejez y/o de descuido y excentricidad; posiblemente incluso de locura, como la espesa barba blanca que llevó el rey Jorge III durante los últimos años de su vida. En la historia de Washington Irving, la barba gris hasta los pies de Rip Van Winkle es lo primero que llama la atención a sus antiguos vecinos cuando despierta de su largo sueño: Todos lo miraron con iguales muestras de sorpresa y, siempre que apartaban la vista de él, invariablemente se acariciaban la barbilla. Y cuando regresa al pueblo: Una cuadrilla de extraños niños le seguía de cerca, abucheándole a sus espaldas y señalando su barba gris. Los perros, también, le ladraban al pasar.
El ostracismo o penas aún peores solían ser el destino que aguardaba a cualquiera que se empecinase en no afeitarse. En 1830, por ejempla cuando un hombre con barba de nombre Joseph Palmer se trals.Ia palabra. Le rompieron los cristales y los niños le tiraban piedras cuando guir llevando su barba le negó la comunión. Finalmente, Palmer fe ron la espalda e intentaron afeitarlo por la fuerza; él sacó un cuchillo y repelió el ataque. Como resultado, Palmer (no sus asaltantes) fue arrestado y enviado a prisión por un año. Pero mientras Joseph Palmer se consumía en la cárcel (aún testarudamente barbado), se produjeron algunos signos de que el clima empezaba a cambiar. Ya en la década de 1800 unos pocos hombres se habían dejado crecer unas discretas patillas, y hacia las décadas de 1820 y1830algunas de estas patillas, como las del novelista inglés Edward Bulwer. Lytton y las de su amigo el conde Alfred d’Orsay, habían comenzado a deslizarse poco a poco la una al encuentro de la otra para encontrarse furtivamente debajo de la barbilla. En 1852 la revista Tait’s Edinburgh Magazine vaticinó el retorno de las barbas, y durante los años siguientes las publicaciones británicas y norteamericanas comenzaron a recomendarlas, señalando que no sólo la Biblia sino también la 《Naturaleza» y la «Salud» las recomendaban.
Entonces, de repente, a ambos lados del Atlántico, hombres de todas las edades y profesiones empezaron a dejarse crecer el pelo facial; hacia 1860 cualquier reunión pública podía mostrar una floreciente cosecha de barbas, mostachos y patillas (que más tarde se conocieron con el nombre de sideburns en honor del general Ambrose Burnside, el héroe de la guerra civil, que las lucía muy exuberantes). Unos autores lo han atribuido a la influencia de la guerra de Crimea y/o de la guerra civil norteamericana, cuando a los soldados les resultaba difícil afeitarse regularmente en el campo de batalla. Aunque esto quizá pudo contribuir a alentar la nueva moda, hay que señalar que el barbas no se hicieron populares durante otras guerras anteriores, en las que afeitarse debía de resultar igual de difícil. También se ha sugerido que los norteamericanos estaban imitando al presidente Lincoln; sin embargo, Lincoln no se dejó la barba hasta 1860, momento en que muchos de sus contemporáneos ya la llevaban. Sea cual fuere su causa inmediata, la barba venía bien a la imagen había sido reemplazado por la sólida prosperidad victoriana, y la misma Victoria no era ya una delgada jovencita sino una matrona gordezuela. A muchas autoridades les pareció que estos prósperos patriarcas necesitaban y merecían las barbas. Según la Westminster Review de 1854,la barba siempre se había «identificado con la severidad, la dignidad y la fuerza» (todas ellas cualidades positivas en esos momentos) y era el «único complemento favorecedor de la auténtica masculinidad». Una guía norteamericana de la etiqueta, The Illustrated Book of Manners, aún lo decía más rotundamente: …la barba corrida es lo más natural, más cómodo, más saludable, más expresivo, dignificado y hermoso… La naturaleza dio al hombre una barba para su uso y su belleza… Los dioses y los héroes llevaban barba…
Históricamente, el reinado universal de la barba fue breve. A principios de la década de 1880 comenzó a desaparecer, o más bien a encogerse. Como por obra de un lento proceso de deforestación, el bosque quedó reducido a simples parcelas de matorrales: patillas y especialmente mostachos, algunos de ellos verdaderamente exuberantes. Desde alrededor de 1890 hasta 1920, a la mayoría de los hombres norteamericanos y británicos les salió pelo solamente sobre el labio superior. Las razones para este cambio están poco claras. El bigote, como la barba, tiende a envejecer, aunque no demasiado. También sugiere dignidad y autoridad; sin embargo, no parece tener relación con las ideas de patriarcado, sabiduría o fe religiosa. Quizá, conforme menguaba la estabilidad y el tamaño de la familia victoriana, con el descenso del índice de natalidad y la creciente participación de las mujeres en la fuerza de trabajo, ya casi no había hombres que quisieran parecer. El Padre de Todos Nosotros.
