EL PASADO COMO MODA: EL CHIC CLÁSICO

Una de las cosas más extrañas de la historia de las artes es cómo en ciertos momentos una cultura muy anterior, nativa o extranjera, adquiere una popularidad extraordinaria. A mediados del siglo XIX fue el Re-nacimiento italiano, y un poco más tarde la Edad Media. Pero el caso más llamativo de este fenómeno fue la pasión por la Grecia y la Roma clásicas que recorrió Europa y América a finales del siglo XVIII y que se adentró en el XIX, condicionando no sólo el aspecto del mundo occidental sino también su forma de verse a sí mismo. Los padres fundadores de la república americana se creían herederos de la civilización de Grecia y Roma. Tanto en los Estados Unidos como en Gran Bretaña los políticos basaban sus discursos en los modelos clásicos y construían sus casas de campo imitando la que ellos imaginaban que debió de Roma desde la república a la dictadura se condensó en apenas tres Napoleón Bonaparte, que fue consecutivamente primer cónsul, cónsul vitalicio y emperador, se hizo pintar con una toga reclinado sobre mobiliario romano de imitación y bebiendo de copas romanas completamente nuevas. 

En la imaginación popular de la época el estilo neoclásico en las casas, los muebles y las ropas indicaba admiración por las virtudes clásicas y una moral generalmente alta. Excepto cuando posaban para sus retratos, los hombres no se pusieron la tagala que era una suerte, pues la prenda es especialmente poco apropiada para el clima frío y húmedo del norte de Europa, pero abandonaron las pelucas y los bucles y se dejaron el pelo muy corto para parecerse a los bustos de los césares. Por otra parte, la ropa de mujer se volvió casi violentamente clásica. Independientemente del tiempo que hiciese, ellas tiritaban dentro de ligeros vestiditos blancos de muselina, de cuello bajo y manga corta, que creían idénticos a las túnicas que llevaban las mujeres griegas y romanas; caminaban bajo la lluvia y por el barro con sandalias romanas de fina suela, protegidas sólo por un chal de estilo griego. Quizá no sea coincidencia que los comienzos del siglo XIX fuesen la gran época de la fragilidad y la mala salud femeninas, especialmente de lo que se llamaban «dolencias de los pulmones». Irónicamente, estas ropas tan poco apropiadas distaban mucho de ser auténticas: en primer lugar, estaban hechas con piezas cosidas en lugar de ser un solo paño que envolviera el cuerpo, y además se cogían con alfileres. Por si fuera poco, estos vestidos eran invariablemente blancos, mientras que la túnica griega y romana se teñía de muchos colores. 

Para la imaginación neoclásica, sólo familiarizada con la estatuaria griega y romana, la indumentaria clásica siempre era blanca como el mármol, pero también esto era una equivocación, pues como ahora sabemos las estatuas estaban pintadas originalmente en colores vivos que desaparecían con el paso de los años. La ropa de mujer de principios del siglo XIX no reproducía realmente las túnicas de las vírgenes y matronas clásicas, sino las batitas de las niñas de la época: expresaba una sencillez no antigua sino juvenil. La moda femenina más reciente no ha abandonado completamente lo clásico. Los trajes largos de seda plisados del genial y excéntrico pintor español Mariano Fortuna, popular entre las mujeres ricas y aficionadas al arte de los primeros años de este siglo, estaban sacados conscientemente de modelos clásicos. Incluso todavía hoy se ve en ocasiones un traje de noche o un camisón con caída y plisado hecho de seda o nailon de color blanco o pastel, que a menudo se lleva con un peinado clásico o neoclásico y que pretende transmitir las mismas cualidades de nobleza, pureza y dignidad que habría sugerido en 1800. La mujer vestida con un traje de este tipo se compara a menudo en el lenguaje publicitario con una ninfa o una diosa. Entretanto, la alta costura contemporánea sigue reflejando la lucha de poder internacional. En los últimos años Occidente ha pasado por una ráfaga de estilos de inspiración chino comunista, por una erupción de caftanes árabes y turbantes del Oriente Medio, y por otra de blusas, chales y faldas bordadas rusas, fenómeno este último que se conoció con el eufemismo a look de campesino rico».