
Hasta el presente siglo el traje regional, como el habla regional, era sumamente característico, en ocasiones casi una lengua independiente. Hoy el equivalente indumentario del dialecto es menos llamativo, pero más persistente. Personas de la misma edad, ocupación y gustos visten de forma distinta según la parte del país de la que procedan; no obstan-te, debido a las interferencias que causan las variaciones individuales, estas diferencias regionales son más fáciles de observar en masa, por ejemplo, en una asamblea política nacional o en un congreso profesional. Dentro de las islas británicas, los dialectos indumentarios, como los orales, están comenzando a desaparecer. Los galeses, escoceses e irlandeses cultos ya son difíciles de distinguir a primera vista de los ingleses cultos. La única diferencia importante que se conserva es entre la ropa de ciudad y la de campo, o, por decirlo de otra forma, entre el estilo de Londres y los estilos provinciales, entendiendo que a veces se pueden ver «estilos londinenses» en ciudades como Manchester, Edimburgo y Dublín.
Por lo general, no obstante, la moda provincial británica, incluso en las grandes ciudades, lleva entre dos y diez años de retraso respecto a la de Londres y alrededores. Lo más curioso del vestido británico, tanto urbano como rural, es su tendencia a seguir el principio de camuflaje. La ropa de ciudad se suele fabricar en colores que recuerdan tonalidades de la piedra, el cemento hollín, los cielos nubosos y las aceras mojadas: negro, blanco, azul marino y los tonos más oscuros del gris. (En lugares con un clima algo mejor, como Brighton, son más habituales los grises más claros.) Estos tonos apagados y oscuros, como los de muchas ciudades británicas, se alegran con toques ocasionales de color: el rojo de un buzón o de una corbata, el naranja y amarillo de un macizo de flores o de una blusa estampada. Además, la ropa de las ciudades británicas tiene un corte y unos adornos con los que se pretende que la figura humana, redondeada por naturaleza, parezca más rectangular, ayudándola a fundirse con el paisaje urbano.
El disfraz es más completo en el caso de los varones, cuyo traje de calle lo convierte en un ensamblaje de rectángulos acentuado por un paraguas y un maletín rectangular. Se prefieren los tejidos fuertes y lisos; si hay algún estampado, suele ser rectangular, siendo especialmente populares las rayas finas. Este estilo de ropa de hombre se estableció a mediados del siglo XIX, un periodo de desarrollo urbanístico muy rápido, y ha persistido hasta la actualidad. El único cambio significativo se ha producido en los tocados: el alto «cañón de chimenea» o sombrero de copa fue desapareciendo gradualmente a medida que el gas y la electricidad iban sustituyendo a las estufas de carbón, reduciendo el número de chimeneas auténticas y con ello la utilidad de estos sombreros como forma de camuflaje. La ropa de mujer del siglo XIX no seguía el principio del camufla-je, más bien todo lo contrario. Los colores vivos o pálidos, los adornos grandes y la abundancia de pliegues y adornos redondeados hicieron a las féminas más visibles y vulnerables que un conejo de peluche rosa en Piccadilly Circus. Sin embargo, durante los últimos cincuenta años la ropa de trabajo y de calle de la mujer se ha vuelto casi tan rectangular y apagada como la del hombre, y también ellas se pueden fundir con el paisaje urbano si así lo deciden.
Hoy el traje de camuflaje urbano se puede ver en todas las ciudades del mundo, aunque naturalmente es más común en aquellas que más se parecen a Londres en arquitectura y clima. Que principalmente sirva para ocultar de posibles depreda-dores a los habitantes de la ciudad, o que les permita abalanzarse con mayor facilidad sobre su presa, o ambas cosas, probablemente depende del individuo. Se puede observar, no obstante, qué cuanto mejor se camuflan las personas, que cuanto más apagado y rectilíneo es su vestido, por regla general más triunfadores son, en el sentido urbano de la palabra “triunfador”.
