FOLLAJE TEMPORAL

Unos hombres llevan barba toda su vida; para otros la barba es un matorral que brota de la noche a la mañana y que enseguida se detiene. Cuando un hombre se ha ido rasurando durante muchos años siempre es significativo que de pronto se deje barba, tanto más, por supuesto, si al final se hace permanente. Varias pueden ser las causas de esto. El descubrimiento de dotes o inclinaciones artísticas a menudo se expresa en el crecimiento del follaje facial, y también la identificación con algún sistema de creencias religiosas o intelectuales, particularmente con aquellos cuyos fundadores eran notablemente barbudos (Marx, Freud, Jung).Cuanto más largo y exuberante sea el nuevo aditamento capilar, y cuanto más se parezca al de Dios Padre, más probable es que su propietario se haya designado a si mismo profeta o sabio del sistema en cuestión. Es decir, primero hace que parezca que se ha visto sorprendi.do por un desastre natural, una inundación, un terremoto o un incendio; después hace que parezca un gandul; más tarde un marino cuyo barco ha naufragado y por último un delincuente. Al final, el hombre vuelve con su esposa o a su trabajo (o a una esposa y un trabajo muy similares) y se quita la barba; o bien cambia definitivamente de vida, en cuyo caso la barba (si se le permite sobrevivir) adopta su forma final y se convierte en parte integrante de su nueva personalidad. Afeitarse una barba o un bigote tras muchos años de llevarlos tampoco carece de significado. Con frecuencia sugiere un giro hacia el convencionalismo; por otra parte, puede tener relación con el mantenimiento de una imagen existente. El pelo facial tiende a perder su color natural antes que el de la cabeza, y los hombres que se dejan la barba para identificarse como jóvenes radicales, artistas, intelectuales o como personas con autoridad pueden afeitársela a medida que aparecen las canas.

EL SOMBRERO SIMBÓLICO Y EL SOMBRERO UTILITARIO

En general, cuanto más alto era el sombrero, más elevada era la clase social de quien lo llevaba y/o más convencionales eran sus ideas: el aristócrata con su chistera y el hombre de la City londinense con su bombín eran unos testarudos. EI inconveniente, simbólicamente apropiado, de tales sombreros es que eran fáciles de derribar si alguien se atrevía a hacerlo. Los obreros y los muchachos, por su parte, llevaban gorras de tela, de un aspecto no tan impresionante pero más fáciles de tirar; su prestigio, el poco que tenía, resultaba más difícil de dañar con un ataque directo. También los sombreros de mujer tenían significados simbólicos importantes, aunque lo que aquí prevalecía era más el rol social que la posición. Durante la mayor parte del siglo XIX todas las esposas, viudas y solteronas respetables se cubrían la cabeza no con uno sino con dos tocados simbólicos. Excepto en el caso de las jóvenes solteras, una toca doméstica hecha en muselina o seda, adornada con encaje y/o cintas, era una parte esencial de la indumentaria cotidiana. Se la ponían al levantarse y sólo se podía prescindir de ella en los actos sociales nocturnos. Por lo general esta toca era blanca, expresando la pureza y delicadeza convencional de la mente que había debajo; si la mujer estaba de luto podía ser negra (color más apropiado como recipiente de pensamientos tristes) o podía ir adornada con una cinta también negra. Cuando la mujer de clase media salía de su casa, incluso para pasear por el jardín, se ponía un sombrero o una cofia encima de la toca, si la llevaba. Así protegía sus más puros y privados sentimientos, cubriéndolos con una representación rebuscada y convencional de la feminidad pública de la época. A una mujer bien vestida que apareciese en público sin su sombrero, o sin una toca (si era lo suficientemente mayor para llevarla), se le solía atribuir que padecía confusión emocional, que tenía algún trastorno mental o que era de moralidad relajada. Hacia la década de 1890 las tocas ya las había dejado de lado todo el mundo excepto las ancianas o las mujeres excepcionalmente recatadas; pero los sombreros de hombre y de mujer siguieron prosperando durante los cincuenta años siguientes, ofreciendo una notable variedad de formas expresivas. En los Estados Unidos el sombrero era un símbolo de status de un tipo especial. Fueron éstos los años de la emigración europea, y a medida que desembarcaba un cargamento tras otro de campesinos sin sombrero, quienes querían dejar claro que ellos no

Color y estampado

Hay ciertos tipos de información sobre otras personas que se pueden comunicar, aunque exista una barrera lingüística. Quizá no seamos capaces de entender ciertos dialectos, pero cuando oímos una conversación de esas lenguas enseguida podemos distinguir si los hablantes están alterados o aburridos, alegres o tristes, confiados o temerosos. De igual manera, hay ciertos aspectos del lenguaje de la moda que los puede leer casi todo el mundo. El primero y más importante de estos signos, y el que causa mayor y más inmediato impacto, es el color. Los psicólogos han descubierto que una simple mirada a distintos colores nos altera la presión sanguínea, los latidos del corazón y el ritmo de la respiración, igual que oír un sonido discordante o un acorde musical armonioso. Cuando alguien viene hacia nosotros lo primero que vemos de lejos es el color de su ropa; cuanto más se acerca, más espacio ocupa este color en nuestro campo visual y mayor efecto causa en nuestro sistema nervioso. Los colores vivos que se anulan entre sí, como los sonidos fuertes o las voces altas, pueden llegar a dañarnos la vista o darnos dolor de cabeza; los colores suaves y armoniosos, como la música y las voces suaves, nos emocionan o nos sosiegan. EI color rojo en la oficina no es lo mismo que en una discoteca; y el tiempo caluroso permite llevar los colores pálidos que nos darían una apariencia mucho más formal y frágil en pleno invierno. Hay más problemas. Algunas personas pueden evitar colores que les gustan por la creencia o la ilusión de que son poco favorecedores mientras que otras pueden llevar colores que normalmente no les gustan por razones simbólicas: porque son miembros o seguidores de un cierto equipo de fútbol, por ejemplo. Además, algunos seguidores de la moda pueden elegir ciertos tonos simplemente porque ese año se llevan. Hay también un factor económico: excepto los ricos o los extravagantes, casi nadie tiene más de uno o dos abrigos, impermeables o albornoces al mismo tiempo; los que tienen se los han de poner coincidan o no con la moda del momento. Un abrigo de invierno de color amarillo chillón, comprado en un arrebato de euforia en octubre, puede tener que abrigar la más negra depresión de febrero: todo lo que revela es que en algún momento su usuario fue feliz o al menos tuvo esperanza. También hay que recordar que el estado de ánimo, al contrario que curso de un día.