Aunque con frecuencia se ha censurado a los individuos por vestir con ropas poco acordes con su edad, la propia moda ha cometido a veces este mismo delito. En ciertos periodos de la historia toda una generación de corderos por no mencionar a algunos lobos se ha puesto ropa de borrego; en otras épocas los estilos imperantes en ropa de hombre y de mujer han marcado una madurez, dando a los jóvenes una imagen de persona de mediana edad. Estos vaivenes dela moda no son arbitrarios ni caprichosos, como han afirmado algunos de los que han escrito sobre el vestido, sino el signo externo y visible de profundas alteraciones sociales y culturales. Como dicen los sociólogos norteamericanos, «los cambios en las modas fundamentales del vestido indican cambios en los roles sociales y en los conceptos que los miembros de esa sociedad tienen de sí mismos”. ‘La adopción de estilos juveniles ha atraído más la atención de los historiadores del vestido, quizá porque se suele producir de manera más repentina. Tal cambio, sin embargo, de laca electa solo al vestido antes dormí rancio y represivo La invención, el experimento, la novedad, Son a imitar la ropa de niño. A veces los estilos que se copian son conmoción de adultos llevaba cuando ellos mismos eran pequeños. Al ponerse el puesto de sus padres o a parecerse a ellos en ningún sentido.

LA REVOLUCIÓN ROMÁNTICA EN LA MODA

A finales del siglo XVIII, la ropa era y llevaba mucho tiempo siendo lo extremadamente formal, rígida y sofisticada. Las personas adineradas de ambos sexos llevaban prendas pesadamente acolchadas y emballenadas, con encajes, dorados y bordados que les hacían parecer tartas de cumpleaños ambulantes. Los pies los llevaban estrujados en puntiagudos zapatos de tacón alto. Las cabezas de los hombres iban cargadas con pelucas empolvadas llenas de rizos; las de las mujeres, con complicadas estructuras de pelo auténtico y falso que podía llevar horas arreglar y que a veces alcanzaban alturas asombrosas: se pueden ver en retratos de María Antonieta y las damas de su corte. Algunos hombres elegantes llegaron casi igual de lejos: el estilo macaroni, instaurado en torno a 1770 por jóvenes dandis ingleses que habían estado en Italia, incluía un exagerado copete rematado con un extraño tocado. Cuando Yankee Doodle «le puso una pluma a su sombrero y lo llamó Macaronix estaba imitando a estos galanes; no se trataba, como yo creía, de que hubiese decorado su tricornio con pasta. Aunque en la época de las revoluciones norteamericana y francés se produjo un cambio hacia estilos más sencillos e infantiles, éste no fue consecuencia de tales agitaciones, sino una manifestación más de una transformación generalizada de carácter político, social y cultural mente evidente en Inglaterra, donde los volantes de encaje para los hombres desaparecen a principios de la década de 1770. Las modas norteamericanas siguieron a las inglesas, aunque a una cierta distancia, como es habitual en provincias. La revolución norteamericana hizo poco por revolucionar el vestido, y muchos de los a padres fundadores llevaban chaquetas con encaje de color oro y el pelo empolvado. En Francia lo extravagante y recargado siguió prevaleciendo hasta la víspera de la Revolución, cuando el pueblo llano abolió las distinciones de clase en el vestido y los aterrorizados aristócratas se quitaron los aros y las joyas. No obstante, en una crisis pocos tienen tiempo para comprar o diseñar trajes nuevos, y el ciudadano Robespierre, cuando enviaba a los nobles a la guillotina, iba vestido con prendas muy parecidas a las suyas, aunque sin tan rebuscados adornos. Una vez pasada la crisis, llegaron estilos más simples, primero imitando a los que ya predominaban en Inglaterra, y más tarde asumiéndolos totalmente.

Hacia 1800, las mujeres y los hombres de ambos lados del Canal de la Mancha llevaban el tipo de ropas que podrían haber llevado de niños: vestidos blancos de muselina muy escotados y de talle alto para las mujeres, y sencillas chaquetas sin adornos y pantalones blancos o de ante para los hombres. Las pelucas y los peinados complicados habían dejado paso a un cabello más corto y de aspecto más natural. Las faldas se habían levantado del suelo para dejar al descubierto los tobillos enfundados en unas infantiles medias blancas, y las personas de ambos sexos gustaban de llevar zapatillas planas. Al igual que los poemas de Blake y Wordsworth proclamaban la virtud natural y la nobleza de la infancia, estas prendas anunciaban la energía infantil, la espontaneidad y la sensibilidad romántica de quienes las llevaban.