
Además de contener «palabras» que son tabú, el lenguaje de la indumentaria, como el habla, también incluye palabras modernas y antiguas, palabras de origen autóctono y barbarismos, palabras dialectales, coloquialismos, palabras de argot y vulgarismos. Las prendas antiguas auténticas (o las buenas imitaciones) se utilizan de la misma forma que un escritor o un hablante pueden usar los arcaísmos: para hacer alarde de cultura, erudición o ingenio. Como ocurre con el habla culta, este tipo de «palabras» se suele emplear muy parcamente, normalmente de una en una: un solo camafeo victoriano, unos zapatos de plataforma de los años cuarenta (la llamada «moda topolino») o un chaleco eduardiano* de terciopelo, nunca un atuendo completo. Un conjunto completo compuesto por prendas arcaicas procedentes de un único periodo, lejos de proyectar una imagen de elegancia y sofisticación, dará a entender que vamos a un baile de máscaras, que estamos haciendo una obra de teatro o una película, o que nos estamos exhibiendo con fines publicitarios. Por otra parte, la mezcla de prendas de varias épocas distintas sugiere una personalidad teatral confusa pero misteriosa y «original». Ver hoy un impermeable corto de plástico blanco de Courrèges con unas botas (en 1963 el summum de la moda) en la inauguración de una exposición o en un teatro produciría la misma sensación de ridículo y repulsión que el uso de ciertas palabras muy en boga en otra época, pero ya desfasadas.
En Taste and Fashion, uno de los mejores libros sobre la ropa jamás escritos, el ya fallecido James Laver proponía una cronología para explicar tales reacciones; esto se conoce ya como la Ley de Laver. Según él, la misma indumentaria será
Indecente 10 años antes de su tiempo
Desvergonzada 5 años antes de su tiempo
Atrevida 1 año antes de su tiempo
Actual
Pasada 1 año después de su tiempo
Horrorosa 10 años después de su tiempo
Ridícula 20 años después de su tiempo
Graciosa 30 años después de su tiempo
Pintoresca 50 años después de su tiempo
Encantadora 70 años después de su tiempo
Romántica 100 años después de su tiempo
Preciosa 150 años después de su tiempo
Laver posiblemente exagera la capacidad traumática de la moda venidera, que hoy en día quizá no se considere más que extraña o fea. Y por supuesto habla del conjunto completo u «oración». La velocidad con que una «palabra» se pone de moda y deja de estarlo puede variar, como ocurre en las lenguas habladas y escritas.
PALABRAS EXTRANJERAS
La aparición de prendas extranjeras en un vestuario por lo demás indígena tiene una función similar al uso de palabras o frases extranjeras en el habla normal. Este fenómeno, que es común en ciertos círculos, puede tener varios significados distintos. En primer lugar, por supuesto, puede ser un signo deliberado de origen nacional en alguien que, en general, tanto en lo lingüístico como en lo que se refiere a su indumentaria, no tiene acento. Con frecuencia este mensaje se expresa a través del tocado. La mujer norteamericano-japonesa con un vestido occidental, pero con un complicado peinado oriental, o el árabe formado en Oxford que remata su traje Savile Row con un turbante, nos dicen gráficamente que no han sido asimilados psicológicamente; que sus ideas y opiniones siguen siendo las propias de un asiático. En consecuencia, al no europeo que viste con ropa occidental pero que lleva un tocado o un peinado nativo tendemos a verlo dignificado, impresionante incluso; por contra la indumentaria inversa la mujer oriental con kimono y una gorra de plástico para la lluvia o el jeque con su túnica nativa. Estas vestimentas parecen anunciar que quienes las llevan, aunque llena de ideas occidentales a medio cocer.
ARGOT Y PALABRAS VULGARES
Las «palabras vulgares» en el vestir, por su parte, aportan énfasis y llaman inmediatamente la atención casi en cualquier circunstancia, como ocurre en el habla. Una camisa rasgada y sin botones o el pelo enmarañado pueden significar fuertes emociones: pasión, dolor, rabia, desesperación. Son más efectivas si la gente sabe que normalmente eres aseado en el vestir, igual que las palabrotas de una persona bienhablada tienen más fuerza que las de quienes son comúnmente deslenguados. Las prendas que son los equivalentes en el vestir de los «tacos» tiedad. La mujer eduardiana, al levantarse la pesada falda que le llegaba hasta el suelo para poder subir al tranvía, parecía no darse cuenta d al apoyarse sobre su mesa en una reunión, puede fingir no darse cuerda no lo sepa conscientemente nos encontramos aquí en la ambigua región de la intención frente a la interpretación que tantos problemas ha causado a los lingüistas. En el habla, los términos de argot y los vulgarismos pueden acabar en el diccionario como palabras absolutamente respetables; lo mismo ocurre con las modas coloquiales y vulgares. Las prendas o los estilos que entran en el vocabulario de la moda procedentes de una fuente coloquial normalmente tienen una vida mayor que las que empiezan como vulgarismos. Las botas de charol hasta el muslo, que empezaron a usar las más atrevidas de las llamadas «mujeres de alquiler» como señal de que estaban dispuestas a ayudar a hacer realidad ciertas fantasías masculinas, entraron y salieron con relativa rapidez de la alta moda, mientras que los pantalones vaqueros fueron ganando terreno de forma más gradual, pasando de sus orígenes como ropa de trabajo al vestuario informal, luego al de negocios y finalmente a la ropa de etiqueta, y están todavía inmersos en una lenta evolución.
