
Llevamos ropa por algunas de las mismas razones por las que hablamos: para que vivir y trabajar nos resulte más fácil y cómodo, para proclamar (o disfrazar) nuestras identidades y para atraer la atención erótica. James Laver ha denominado a estos motivos el principio de utilidad, el principio jerárquico y el principio de seducción. Cualquiera que haya asistido recientemente a una gran fiesta o a un congreso profesional recordará que la mayoría de las conversaciones que no tenían una finalidad práctica («: Dónde están las bebidas?», «Éste es el programa para esta tarde») estaban motivadas principalmente por el principio jerárquico o el de seducción. De igual forma, las ropas que se llevaban en esa ocasión, además de ocultar más o menos la desnudez de los presentes, se habían elegido para indicar el lugar que ocupaban en el mundo quienes las vestían y/o para hacerles parecer más atractivos.
Enfrentados a climas extremos -inviernos gélidos, torrenciales aguaceros o tórridos calores, hombres y mujeres se colgaban o se amarraban al cuerpo pieles de animales; se ataban a la cabeza hojas anchas a modo de elementales sombreros para protegerse de la lluvia y se hacían rudimentarias sandalias con tiras de cuero o corteza, como hacen hoy las tribus primitivas. Esta ropa protectora tiene una larga historia, pero nunca ha alcanzado gran prestigio. La prenda que tiene una función puramente práctica es el equivalente exento de atractivo de la oración puramente enunciativa: «Está lloviendo», «Estoy trabajando en el jardín». Pero es difícil, en el vestido como en el discurso, hacer una afirmación auténticamente simple. El par de sencillos chanclos negros que ponen de manifiesto que está lloviendo también pueden querer decir «las calles están mojadas y no me puedo permitir estropear los zapa-tos». Si las calles no están demasiado mojadas, los chanclos también pueden declarar calladamente: «Esta persona es sosa, tímida y remilgada».
A veces, con independencia del clima, la utilidad es en sí misma una cualidad negativa. Por lo general, cuanto más aísla del agua un impermeable, más aísla de la admiración, a menos que además sea de un color de moda o su corte sea actual o que, por cualquier otra razón, se deduzca que es caro. Las botas ceñidas de piel sintética que mantienen los pies calientes y secos se consideran menos estéticas que las botas de piel decoradas que enseguida dejan entrar el agua y que por tanto implican que tenemos coche o que estamos familiarizados con los taxis.
La ropa práctica, por lo general, parece más atractiva cuando la llegaran. El inmaculado delantal almidonado que lleva el niño encimadas y los agricultores a los que en un principio iban destinados. Esta transformación de la ropa protectora en atuendo de moda tiene una larga historia. Como señala Rachel Kemper, el tipo de prendas de vestir que se ponen de moda con mayor rapidez y de forma mis generalizada son aquellas que originariamente fueron diseñadas para la guerra, los trabajos peligrosos o los deportes fatigosos:
Las prendas creadas para desviar la punta de una lanza, las flechas o los rayos del sol poseen un extraño tipo de distinción inmediata y están predestinadas a convertirse en moda para hombres y mujeres. Son abundantes los ejemplos contemporáneos: ¿las omnipresentes gafas de aviador que pueblan las barras de los bares de moda para solteros, los guantes de carreras con agujeros que aprietan los volantes de sosegados coches familiares, relojes de buzo de impresionante complejidad que ja-más llegarán a sumergirse en ninguna masa de agua más peligrosa que la piscina de un club de campo…?
MODA Y VEJEZEl paso de la madurez a lo que se ha dado en llamar los años dora-dos ha estado marcado a menudo por un cambio en la forma de vestir. En ocasiones el cambio es deliberado y brusco. Así, en la obra de Colette La Finde Chéri, Léa pasa de ser una bella y voluptuosa cortesana a «una anciana sana… con pesadas mejillas y papada», cuyo sencillo traje-chaqueta «proclamaba la abdicación, la retractación de la feminidad y una especie de dignidad asexuada». A menudo el cambio de aspecto es más gradual y más inconsciente. A lo largo de un periodo de varios años, no inducidos por ninguna fuerza exterior sino más bien como si estuvieran bajo una suerte de pausado sortilegio, los jubilados se ponen aquellas ropas que en su sociedad son los signos acostumbrados de la edad. Varios factores parecen determinar estos signos. Unos son prácticos: por ejemplo, las personas de mayor edad suelen tener problemas de circulación, y las prendas que visten para protegerse del frío se convierten a menudo en significantes de la vejez. En la Roma clásica, donde aún no se conocían las medias, a veces se liaban las piernas con largas tiras de tela llamadas fascia para calentarlas. No obstante, sólo se consideraban apropiadas para personas ancianas; en los demás eran un signe los gorros y los pedidos han tenido un significado similar. Llevar planificar asimismo enfermedad o excentricidad. En otros casos, una determinada prenda que no es en sí misma mis caliente que otras prendas similares se ha quedado como indicador de vejez. El chal gris de ganchillo que ahora se asocia al concepto de abuela, no es mejor para protegerse de las corrientes que un chal rojo o verde del mismo tipo de labor; la chaqueta de punto marrón o gris de hombre asociada con la jubilación y a menudo también con los achaques da menos protección que un jersey del mismo peso. Por qué se asocian estos modelos con el paso de los años es difícil de explicar. Por supuesto, llevan mucho tiempo en circulación y puede haber una tendencia, como ocurre con otras cosas, a que las ropas que llevaban nuestros abuelos cuando nosotros éramos jóvenes se nos queden fijadas en la mente como el vestido característico de la vejez. Este proceso, sin embargo, no es invariable: cualquiera que fuese niño en la década de los 60, en Inglaterra, por ejemplo, probablemente vio a su abuela con minifalda.
