
Como ocurre con la lengua oral, la comunicación a través de la vialidad: cuando llevamos una prenda únicamente para estar calientes, asisia una ceremonia de cualquier tipo, proclamar nuestras opiniones políticas, tener un aspecto seductor o protegernos de la mala suerte. Por desgracia, como ocurre con el habla, nuestros motivos para hacer cualquiera declaración pueden ser dobles o múltiples. El hombre que va comprar un abrigo de invierno puede desear a un mismo tiempo que lo resguarde del mal tiempo, que parezca caro y actual, que proclame que es una persona sofisticada y fuerte, que atraiga a un cierto tipo de compañero sexual y que por arte de magia le contagie las cualidades de Robert Redford.
Aunque no entren en contradicción unas con otras, es posible que la prenda ideal de nuestra fantasía no esté a la venta en ninguna de las tiendas a las que podamos acudir, y si lo está quizá no nos podamos permitir comprarla. Por tanto, igual que con el habla, ocurre a menudo que no podemos decir lo que realmente queremos porque no disponemos de las «palabras» correctas. La mujer que se queja rutinariamente de que no tiene nada que ponerse se encuentra precisamente en esta situación. Cuando esté de viaje por el extranjero, seguramente se desenvolverá muy bien en tiendas y trenes, pero no podrá salir a cenar, pues su vocabulario es tan limitado que proyectaría una mala imagen y quizá haría el ridículo Actualmente todas estas dificultades se ven agravadas por mensajes contradictorios sobre el valor de la ropa en general. Las éticas protestan te hacía hincapié en el recato y la sencillez en eI vestir. La limpieza esbelta y el hombre y la mujer serios no tenían tiempo para tamaños a lo que nos ponemos es proclamar nuestra virtud y normalmente tiempo los anunciantes y los expertos en moda nos dicen que debemos vestir bien y usar cosméticos para, según dicen ellos, liberar la belleza natural que llevamos dentro. Si no «nos preocupamos de nuestro aspecto», ni «sacamos lo mejor de nosotros mismos, nuestros parientes nos regañan y a los amigos les damos lástima. Hacer malabarismos intentando conjugar estas demandas contradictorias es difícil y con frecuencia agotador. Cuando dos o más deseos o exigencias entran en conflicto, una consecuencia psicológica frecuente es manifestar algún trastorno de la ex-presión. En este sentido, uno de los primeros teóricos del vestido, el psicólogo J. C. Flügel, veía toda la ropa humana como un síntoma neurótico.
Nuestra actitud hacia la ropa es ab initio «ambivalenter, por usar el inestimable término que los psicoanalistas han introducido en la psicología; estamos intentando satisfacer dos tendencias contradictorias…A este respecto el descubrimiento, o en todo caso el uso, de las ropas parece recordar, en sus aspectos psicológicos, el proceso de desarrollo de un síntoma neurótico.
Flügel no está considerando más que una oposición; no contempla siquiera la confusión neurótica que se puede producir cuando entran en conflicto tres o más motivos, como a menudo ocurre. Dado este estado de cosas, no sería de extrañar que encontrásemos en el lenguaje de la indumentaria el equivalente de los trastornos psicológicos del habla. Oiremos, o más bien veremos, el tartamudeo repetitivo del hombre que siempre lleva la misma chaqueta o los mismos zapatos, independientemente del tiempo que haga o de la situación en que se encuentre; el balbuceo infantil de la mujer que se aferra a los volantes y a los lazos de su primera juventud; y esos embarazosos lapsus de la lengua o mejor de la ropa cuyos ejemplos más clásicos son una bragueta abierta o una combinación que asoma por debajo del vestido, como signos, ambos, de un error social. También apreciaremos los signos de una angustia interior más pasajera: la «voz» demasiado chillona o áspera que nos deja más exhaustos los ojos que los oídos con los colores deslumbrantes y los diseños estridentes, y la gris monotonía equivalente a la incapacidad de elevar la voz.
·No es casualidad que muchos de nuestros sueños giren en torno a elegantes vestimentas; tampoco lo es que una de las más comunes y perturbadoras pesadillas humanas sea la de vernos a nosotros mismos en público inapropiada y/o incompletamente vestidos. Para algunas personas, la tarea diaria de elegir la ropa que se van a poner es tediosa, opresiva o incluso espantosa. A veces estas personas nos dicen que la moda es innecesaria; que en el mundo ideal del futuro todos vestiremos una especie de mono idéntico: lavable, impermeable, flexible, de temperatura regulable; atemporal, sin edad, asexuado. «; ¡Qué comodidad, qué descanso!», dirán, «¡No tener que preocuparnos más de lo que nos vamos a poner para una entrevista de trabajo, una cita amorosa o un funeral! 》
Cómodo, quizá, pero no exactamente un descanso. Tal utopía nos provocaría a la mayoría el mismo tipo de escalofrío que nos producía ver en televisión un estadio lleno de atletas del bloque comunista con idénticos atuendos deportivos voceando consignas al unísono. No hace mucho, en Belfast, cuatrocientos presos republicanos irlandeses «se negaron a llevar cualquier tipo de ropa, pasándose día y noche cubiertos con sábanas», en lugar de ponerse sus uniformes de presos. Ni siquiera les satisfizo la oferta que habían traído o no se ponían nada. La indumentaria es libertad de expresión y uno de los privilegios, si no siempre uno de los placeres, de un mundo libre.
