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	<title>1870 &#8211; thedecolife.com &#8211; Picky Cova</title>
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	<description>Noticias, tendencias y análisis deco internacional</description>
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		<title>Estilos característicos de 1870-1914</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ian Arlyn Kupchik]]></dc:creator>
		<pubdate>Tue, 09 Jun 2026 07:25:00 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Estilos y tendencias]]></category>
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<p>Durante este largo período de 45 años, tuvo lugar un profundo proceso de cambio: la demolición de los últimos vestigios de la &#8220;gran aldea&#8221; hacia una sociedad rioplatense de mayor complejidad, lo que fue empujado sin duda alguna por el fenómeno inmigratorio y sus consecuencias. En el comienzo de esta etapa, el censo realizado en 1869 contaba 1.836.590 habitantes; en 1914, el número había crecido a 7.885.237. A este considerable crecimiento de la población, es necesario sumarle un aumento de casi diez veces del intercambio comercial, lo que provocó, además, un efectivo incremento de la renta nacional. Además, el ingreso per cápita, que en 1870 era de $7,8, en 1910 era de $19,7 oro. Julián Martel lo deja entrever a través de uno de los personajes de <em>La</em> Bolsa: “El dinero abunda hoy que es un gusto, tanto que la gente no busca sino ocasión de gastarlo&#8221; Y la ocasión de gastarlo se encontraba en las excesivamente iluminadas vidrieras de las calles de Buenos Aires, iluminación pagada por el mismo comercio, que demostraba de esa manera su importancia; se destacaba en especial la espléndida iluminación de la calle Florida, inaugurada en 1888.</p>



<p>Sin embargo, esta etapa tan brillante y especial comenzó de manera muy diferente: la fiebre amarilla había asolado la ciudad. Deambulaban por las calles de Buenos Aires las figuras de numerosas mujeres vestidas de luto. Aunque en julio de 1871 la epidemia había cedido, la población de Buenos Aires se vio diezmada: de 200.000 habitantes quedaron alrededor de 60.000 sobrevivientes. El viajero Henry Armaignac relata al respecto: &#8220;como prueba palpable de la temible crisis, era curioso ver la enorme cantidad de personas que andaban vestidas de luto por la calle o en las reuniones&#8221;. El tiempo del uso obligatorio del luto era tan extenso que incluía necesariamente a los trajes de novia, de negro opaco y riguroso en caso de la muerte cercana de un familiar. A medida que la ceremonia de la casa miento se alejaba de la fecha, el luto en el traje de novia era atenuado con adornos de azahares, tanto en el vestido como en el tocado, al que se le agregaba un largo tul blanco. Esta moda se extendió hasta después de la Primera Guerra Mundial, aunque unos pocos años antes solo se llevaba en el traje del casamiento civil.</p>



<p>¿Qué modas se mostraban entonces? El estilo en general, después de hacer un gran cambio alrededor de 1870, se mantiene bastante estable durante todo el período hasta la Primera Guerra Mundial. Solo se presentan modificaciones que no alteran la línea básica, manteniéndose las formas anchas con una importante sobrecarga de adornos y una gran variedad de tejidos diferentes. Los importantes vestidos, apoyados sobre amplios miriñaques, que habían estado de moda en París hasta 1865 y que llevaban hasta 14 metros de género en su hechura, cambiaron por completo. Desaparecidos los miriñaques, el vuelo se lleva hacia atrás y, para darle más gracia al conjunto, se le coloca el &#8220;polisón”, un ahuecador confeccionado con ballenas, independiente del vestido, por lo general. También reaparece la &#8220;polonesa&#8221;, vestido de encima que “separa por delante la falda de abajo y forma hacia atrás una cola más o menos larga, orillada con volantes plisados, bandas de encaje plegados o pasamanería&#8221;. Este estilo tan cargado y poco práctico, al que se le llamaba &#8220;tapicero&#8221; por la acumulación de tejidos, desapareció en 1890, cuando empieza a perfilarse el nuevo tipo de vida, más ágil y dinámico. El inglés Redfems, atento a estos nuevos aires, introduce hacia 1887 el traje sastre. En la colección de fotos que el arquitecto José María Peña, director de estilo más usado en el Río de la Plata: es un vestido encintado en raso.</p>



<p>La bata, sumamente entallada, se abotona por delante, y presenta una pechera en forma de peto redondeado ribeteado en raso, terminada en dos picos que se apoyan sobre la sobrefalda. Esta recoge el vuelo hacia atrás, quedando como un delantal que termina en pequeño festón. La falda termina a 40 cm del suelo, en un <em>ruche</em> de raso, desde donde parten hacia el ruedo profundas tablas de 30 cm de alto, que esconden completamente el pie. Las mangas muy angostas se abren en los puños en forma de pétalos forrados en blanco. El vestido se lleva sobre una blusa que cierra el cuello con un moño. El peinado recogido como se usaba en esa época (el álbum de fotos abarca la década 18701880), forma pequeños rulos en la frente. El conjunto se completa con una larga cadena con reloj de oro que se engancha en la cintura y aros pendientes muy largos. Esta moda de pendientes muy largos ya se había usado durante toda la década de 1860, de modo tal que en una crónica aparecida en el<em> </em>Correo <em>del Domingo</em> del 8 de enero de 1865 dice: “La elegancia consiste ahora en imitar a las hijas del desierto, que a fe que no se ciñen a los figurines de París, ellas (las indias pampas) siempre llevan pendientes grandes&#8221;.</p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Estilos característicos de 1830-1870</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ian Arlyn Kupchik]]></dc:creator>
		<pubdate>Mon, 08 Jun 2026 07:30:00 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Diseño]]></category>
		<category><![CDATA[1870]]></category>
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<p>En esta convulsionada época se suceden en Europa movimientos revolucionarios encabezados por sectores nacionalistas y liberales, enfrentados abiertamente a las monarquías vigentes. En Francia, estallaron agitaciones sociales en 1830 y 1848, que la transformaron en uno de los centros principales del movimiento que tiene su expresión cultural en el romanticismo. Esta marca toda la época y, más que una tendencia cultural, es un estilo de vida que busca la expresión libre y la afirmación de la personalidad del individualismo. Este individualismo y ciertas características propias del romanticismo entre ellas el desprecio del formalismo, la búsqueda del color local, la reacción contra las costumbres habituales se manifestaba en actitudes extravagantes para la época. Desde luego, una vez más, la moda muestra, al responder con exótica originalidad, hasta qué punto está relacionada con los cambios sociales, ya que los románticos buscaban hacerse notar a través de su vestimenta y de su aspecto físico, todo sazonado con una gran exaltación de los sentimientos y actitudes de angustia frente a la muerte.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El rosismo y la moda</h2>



<p>Mientras en Europa las modas y costumbres eran alteradas por el romanticismo, en Buenos Aires, que no era ajena a sus desbordes, comenzaba un período singular de la historia local. Durante ese tiempo, una creciente ruralización de la capital porteña demuestra que los estancieros y paisanos armados, liderados por Juan Manuel de Rosas, comenzaban a tener importancia en el manejo público. Buenos Aires, que había sufrido un proceso de alejamiento de las antiguas costumbres coloniales, vuelve a girar retomando nuevamente las tradiciones hispano criollas. Respecto de la moda, hicieron aparición costumbres extravagantes y curiosas. Solo si se tienen en cuenta las exageraciones de la moda romántica y la necesidad de subrayar nuevamente lo hispánico, es posible entender la moda de los descomunales peinetones, que dominan el panorama de esos años. Paralelamente, desde 1831 se usaba en Buenos Aires el color punzó, asociado al rosismo y generalizado el 20 de octubre de 1838, origen del uso de la famosa divisa federal. Ese día, reunidos para el entierro de Encarnación Ezcurra de Rosas, a los federales auténticos y entre ellos al coronel don Vicente González se les ocurrió llevar un distintivo que los señalara. Se compraron entonces en las tiendas cintas color punzó, colocadas en el sombrero en señal de duelo; rápidamente fueron imitados. A partir de entonces, no solo se difundió la imposición de llevar el cintillo colorado en el ojal de la chaqueta; también hicieron su aparición los chalecos colorados rameados en negro para los hombres, algunos de los cuales, bien conservados, se encuentran en el Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. Tal vez el moño federal pueda ser considerado como una de las primeras manifestaciones auténticamente argentinas de la moda. De hecho, la imposición del color punzó llegaba hasta el uniforme de los alumnos (aunque no se recuerdan ni camisas ni medias de ese color), la librea de los sirvientes y las testeras de plumas de los caballos, llegando el frenesí hasta los carros fúnebres. Este color invadía puertas, ventanas, zócalos de las casas y hasta los postes de las veredas.</p>



<p>Aquellos chalecos colorados rameados en negro y la obligación del uso del bigote que mostraban los federales contrastaban con la oscura levita y la sotabarba en forma de U (como la de Esteban Echeverría) de los unitarios. El contraste se diluyó en las tertulias, porque debido al clima político existente, la deserción de los unitarios que habían tomado el camino del exilio (entre ellos Juan B. Alberdi, escritor, político, músico y editor del periódico <em>La</em> <em>Moda) </em>era notoria. En general, estos detalles y la diferencia en el pantalón, eran los únicos cambios visibles en la vestimenta masculina, que no se había modificado demasiado desde la época anterior. Resulta interesante leer el diario del fundador del Museo Histórico Nacional, el doctor Adolfo P. Carranza, que integraba junto a Barilari, Cantilo y Zapiola la comisión de monumentos que se levantan para engalanar Buenos Aires en ocasión del Centenario (1910). El 29 de noviembre de 1909, refiriéndose a una nota que había recibido del escultor Eberlein para que fuese a ver el boceto del monumento a Castelli, escribe: &#8220;No le he observado más que la esclavina que es de mucho vuelo y la levita demasiado larga y algo pesada&#8221;. Al día siguiente anota: &#8220;Propuse que se le suprimieran las botas poniéndosele el pantalón moderno. Eberlein lo aceptó&#8221;. Tal vez el doctor Carranza y Eberlein hayan pensado que la necesidad de elegancia y de armonía en las vestimentas de bronce permitían la licencia de no respetar la moda de la época, ya que, desde la muerte de Juan J. Castelli, en 1812, el pantalón había evolucionado, transformándose completamente en 1830. Si seguimos los testimonios iconográficos como por ejemplo las pinturas de Carlos E. Pellegrini, H. Bacle, Carlos Morel y Prilidiano Pueyrredón, quienes documentaron fielmente las modas y costumbres de esos años, vemos que, en una gran mayoría, predominan los vestidos rosados, colorados, marrones, amarillos pálidos y algunos blancos.&nbsp;</p>]]></content:encoded>
					
		
		
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