Al art déco le tocó ser contemporáneo de un movimiento que más radical barrería con todos los conceptos estéticos promulgados hasta entonces: el modernismo. Trasladado al diseño y la arquitectura. el modernismo promovió la depuración de las formas. En una de sus manifestaciones más extremas, el austríaco Adolf Los proclamó “El adorno es delito”, dándole un giro ético al asunto. Algo menos intransigente, también Le Corbusier fundamentó su visión de que el exceso de decorativismo era una característica propia de los pueblos primitivos.

“En la tendencia a la simplificación, en la concepción de las masas y de las formas puras (resumidas en la célebre cita de Le Corbusier la arquitectura es el juego magnífico de los volúmenes bajo la luz) el modernismo y el art déco, comulgaban. No en la ornamentación”, sintetiza Grementieri. De ahí que legiones de arquitectos (muchos de ellos, norteamericanos) formados en L’Ecole des Beaux Arts lo adoptaran con fanatismo. Con la velocidad de la pólvora encendida, entonces, las nuevas formas emigraron a los EEUU y su ciudad más pujante las adoptó sin miramientos. Así, el art déco pasó a revestir rascacielos que, como el Chrysler el monumento déco por antonomasia le dieron estatura mundial. “Y, a través de una fuerte oleada imperialista de construcción de edificios públicos en las colonias posterior a la guerra, este nuevo estilo llegó a ciudades tan distantes como capitales de Asia, África y por supuesto a toda América”. Así redondea nuestro informante el capítulo internacional de la cuestión.

EL ARQUITECTO ARGENTINO Y LA TRADICION

¿Qué contexto se encontraría el nuevo estilo al desembarcar en la austral Buenos Aires? Grementieri lo dibuja en pocos trazos: “Aquí el art nouveau había sido aluvional, de la mano de las colectividades y los inmigrantes. Pero, por otro lado, el clasicismo y el academicismo fueron muy fuertes. Cuando hacia el ’20 se plantea la renovación, pasa lo mismo que en Francia” (a saber: se hallan los argumentos necesarios para desechar las formas anteriores y se da una abierta acogida a lo nuevo). El primer hito de art déco porteño es el Salón Sert en el Palacio Errázuriz (actual Museo Nacional de Arte Decorativo). El arquitecto francés lo diseña en 1919; hacia 1921, el trabajo está concluido. No había terminado de asentarse en su lugar de origen, que Buenos Aires ya ostentaba un espléndido exponente del flamante arte decorativo. “Pero quien verdaderamente lo impone, es el arquitecto Alejandro Virasoro, que no sólo diseña, sino que tiene una empresa constructora con la que hace de todo: petits hotels, edificios de renta, algunos institucionales como fueron el Banco Hogar Argentino, la Casa del Teatro o la Fraternidad de los Ferroviarios… Él es responsable de la irrupción de edificios significativos, de diseño cuidadoso y refinado, que tienen como base una composición volumétrica académica pero utilizan muy bien todos los motivos del lenguaje del art déco: recuadros, zigzags en molduras y perfiles, herrería con dibujos geométricos”, revela FG. Como Virasoro, arquitectos y constructores de la ciudad y del interior (entre estos últimos, Grementieri destaca la obra del Ing. Salamone) se enfilaron tras las sobrias líneas del déco y las yuxtapusieron a variables arquitectónicas ya consolidadas entre nosotros. En sus proyectos, las casas chorizo y el revoque símil piedra ganaron paneles decorativos con flores fosilizadas, o triángulos superpuestos con arcos y otras formas geométricas. 

El art déco, devino popular. Ya a fines de la década del ’20, arquitectos como Sánchez Lagos de la Torre conjugan en sus edificios el gótico, el tudor y el art déco. Pero la obra cumbre de este Estudio llegaría en 1934: el edificio Kavanagh, “resultado de la fusión de academicismo, déco y modernismo”, como apunta FG. “Es que casi no hay ejemplos puros. Lo que Argentina siempre hizo muy bien es combinar las fuentes. En el art déco argentino, ése fue el sello de fábrica”. Y esto vale también para el diseño de mobiliario. Buenos Aires importó piezas de los diseñadores más renombrados del movimiento, pero también los generó. Una de las alianzas más significativas en este sentido fue la del diseñador francés Jean Michel Frank con la firma Comte (dupla que tuvo encargos tan importantes como el del arquitecto Alejandro Buistillo para el equipamiento del Hotel Llao LLao). Pero, una vez más, sus creaciones no podrían atribuirse a un art déco puro, sino a la creativa (y modernísima) reinterpretación de estilos clásicos e incipientes, combinada con la exploración de materiales tradicionales para exaltar su belleza natural. Tal como sucedió en el mundo, en que el nuevo estilo fue capaz de dar respuesta a una serie de fenómenos de la vida contemporánea que los movimientos tradicionales habían fracasado en expresar (piénsese en la imaginería de Hollywood, la industria automovilística o los aviones, cuya evocación todavía hoy permanece asociada a la geometría déco), en Buenos Aires fueron numerosos los “temas” que lo eligieron como su medio de propaganda masiva. No hay más que observar la cantidad de teatros y cines que se erigieron según sus parámetros y entre los cuales el Teatro Opera fue el máximo exponente. De la inglesa, con notable influencia de la arquitectura egipcia, puede citarse al edificio Shell. De la vertiente francesa, todo lo de Virasoro,” describe el experto. Y es que así son nuestros procesos culturales. Borges lo puso muy claro en “El escritor argentino y la tradición”(1932): “Creo que los argentinos, los sudamericanos en general, podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones… Nuestro patrimonio es el universo”. Un dulce privilegio de las culturas periféricas que en casi todos los ámbitos hemos sabido aprovechar con creces.