Felipe V y María Gabriela de Saboya

Tampoco se conoce cómo fueron “dos retratos al óleo de Felipe V y el otro de Gabriela de Saboya”, que entraron en el Museo Histórico Nacional en la misma fecha, y desaparecieron de allí en época no precisada. Si el último de los Habsburgo, a quien Sánchez Cantón llama “la sombra de un rey”, estuvo muy bien retratado no tanto como su padre, Felipe IV, “el rey mejor retratado”, pues lo fue por Pantoja, Bartolomé González, Rubens, Tacca, Bernini, Montañés, Maino, Mazo y Velázquez, el primero de los Borbones tuvo en suerte serlo por Mignard, Rigaud y Ranc. Pedro Mignard (1612-93) lo hizo cuando Felipe era un niño. Entonces tenía alrededor de tres años, y lo representó sentado en un almohadón y jugando con un perrillo negro.

Cuando el duque de Anjou subió al trono de Espana, Jacinto Rigaud (1659-1743) lo pintó vistiendo traje a la española y luciendo el Toisón, banda y placa del Saint Sprit. Fue cuadro muy difundido, del cual se hicieron numerosas réplicas y copias. De su primera mujer, María Gabriela de Saboya, quedan varios de medio cuerpo repetidos en diversas colecciones. Son obra del asturiano Miguel Jacinto Meléndez (¿1679-1731?), y uno de Juan García Miranda (1677-1749), de figura entera, en traje de fiesta, con fondo de cortinado y sobre pavimento embaldosado. Muerta la Saboyana en 1714, el rey Felipe casó con Isabel Farnesio, y de ellos hay pinturas hechas por el francés Juan Ranc (1674-1735), que llegó a la Corte en 1724. Una, en el Museo del Prado, muestra al Rey con media armadura, bastón de mando, gran peluca y casco volcado en el primer plano; y otra presenta a la Reina, vistiendo traje enjoyado y envuelta en amplia capa forrada con pieles. Más pretensioso es el retrato ecuestre del Rey, a imitación de los que hicieron Rubens y Velázquez, con un paje portando el casco, y una Victoria alada en el ángulo superior derecho. Dos años después de la muerte de Ranc, llegó a Madrid el francés Luis Miguel van Loo (1707-71), designado para ocupar la vacante dejada por aquél; pero no alcanzó el grado de primer pintor hasta 1744. A poco de arribar, firmó los retratos de los Reyes, en La Granja; y de 1740 c. sería el de Felipe, de más de media figura y con todas las notas características del cuadro de aparato.

EL RETRATO EN BUENOS AIRES

Difícil es conjeturar acerca del prototipo que sirvió de modelo para las pinturas que estuvieron en nuestro Museo Histórico, aunque es probable que, si fueron pareja los de Felipe V y de María Gabriela de Saboya, las telas de Miguel Jacinto Meléndez pudieran haberlo sido. Tampoco se sabe cómo era “la imagen del Rey difunto” que se puso en el túmulo levantado en la iglesia catedral, cuando las exequias del 5 de mayo de 1747. Aunque la arquitectura efímera construida para la ocasión no alcanzó la magnitud de otras veces, porque una Real orden del 31 de julio de 1746 mandaba moderar los gastos en ese aspecto; tuvo, sin embargo, una realización decorosa, lo que permitió al Cabildo calificarla de “magnífico mausoleo”.

Fernando VI y María Bárbara de Braganza

En cuanto a Fernando VI y a María Bárbara de Braganza, monarcas que sucedieron en el trono a los anteriores, diré que el Cabildo encomendó las pinturas a un artista local, y que el 5 de noviembre de 1755 los ediles diputaron a don Alonso García “para que mandase hacer los retratos de Su Majestad y que sean a similitud de los que tiene el señor marqués de Valdelirios, por decir están perfectos. Estos óleos fueron entregados antes del 24 de diciembre inmediato, según consta en acta de esa fecha. Por otra parte, existen constancias de los pagos: al pintor Miguel Aucell se le entregaron 95 pesos por los dos lienzos; al carpintero se le dieron 11 pesos y 4 reales por los bastidores y los marcos, y el dorador cobró 16 pesos por el trabajo de las molduras 1°.

Imposible es saber cómo eran las pinturas que tenía el marqués de Valdelirios, si eran telas originales o réplicas de modelos oficiales. Tampoco sabremos de qué modo estaban representados los Reyes en las pinturas que se colocaron cuando la jura de Fernando VI, en las fiestas que organizó la ciudad en noviembre de 1747. Las actas capitulares hacen una descripción bastante detallada de los festejos; pero, en cuanto a los retratos, se limitan a señalar su colocación: Caminó el numeroso acompañamiento a asistir en la iglesia catedral a las vísperas de San Martín, patrón de la ciudad, donde se cantó el himno Te Dcum Laudamus, con muy acorde, dulce y agradable música, retirándose (después de fenecidos los divinos oficios) a su casa el Alférez Real con el mismo honroso acompañamiento, en la cual tenía dispuesta una sala muy bien adornada para el Real Estandarte que se puso bajo de su dosel que competía con justa razón al que no fuese supremo solio de la majestad, y en él estaban colocados dos retratos de nuestros Reyes y señores. Entre los actos preparados figuraron representaciones teatrales, que se dieron algunos días más tarde. Las obras puestas en escena fueron Primero es la honra y La vida es sueño, que tuvieron como marco una escenografía curiosa, dispuesta en dos cuerpos.