A partir de la Segunda Guerra Mundial, los arquitectos han sido muy criticados, a menudo injustamente. Muchos edificios modernos son malos, en particular los polígonos de viviendas de promoción pública y las construcciones oficiales de los municipios. En la mayor parte de Europa se asistió a un descenso progresivo de la calidad, ya que los promotores inmobiliarios y las autoridades que encargaban las obras no se preocupaban del buen diseño ni de la calidad a largo plazo. Con frecuencia, lo único que les interesaba era obtener el máximo de beneficios en el menor tiempo posible. Esos edificios se construyeron con materiales malos, con elementos decorativos deleznables y con una total falta de generosidad en las proporciones y el espacio. Por el contrario, Estados Unidos cuenta con algunos de los ejemplos más hermosos de la arquitectura moderna, aunque no se libran, por supuesto, de la inevitable cuota de edificios malos. Las grandes compañías encargaron algunos de los mejores edificios de este tipo para los centros de las ciudades. Se quería ante todo levantar hermosos edificios, y al proyectarlos los arquitectos se inspiraron mutuamente, alcanzando un alto nivel.
Por desgracia, poca gente tiene oportunidad de experimentar de manera completa lo mejor de la arquitectura y del interiorismo moderno. En los restaurantes es quizá donde la mayoría de la gente tiene ocasión de entrar en contacto con un espacio creado por un diseñador de interiores. Los restaurantes que nos gustan no han surgido por azar; son el resultado del trabajo de unos profesionales. Los restaurantes contribuyen a formar el gusto del público, y no sólo en la gastronomía. Tienen que ser agradables a la vista y funcionar bien. Los aspectos funcionales son complejos: el personal ha de poder moverse con facilidad y los clientes tienen que poder llegar a su mesa sin obstáculos, han de estar sentados cómodamente y tienen que disfrutar de la comida sin distracciones, pero recibiendo estímulos visuales. La planificación cuidadosa, la flexibilidad, la iluminación y la atmósfera son factores de gran importancia. En mi opinión, algunos de los mejores ejemplos de interiorismo se pueden encontrar en los cafés y restaurantes. Se puede aprender mucho de ellos. El Grand Véfour de París es uno de los locales más hermosos que conozco, y se ha mantenido sin cambios desde comienzos del siglo xix.
Ciertos tipos de comida se combinan mejor con determinados tipos de interiores. Por ejemplo, si va al restaurante esta noche, qué prefiere: ¿la cocina rural tradicional, un plato griego o una comida rápida tecnificada? Un suelo de ladrillo, unas paredes encaladas y unas sillas estilo Chiavari sugieren inevitablemente bullabesa y cocina italiana. De manera similar, la nouvelle cuisine no encaja en absoluto con un restaurante decorado fastuosamente: si desea comer al estilo rococó, tiene que acudir a un restaurante rococó. Pensando sobre todo eso se puede llegar a apreciar la diferencia entre diseño y estilo. El primero es la estructura esquelética de una habitación. ¿Cómo se entra y cómo se sale? ¿Cómo está iluminado? ¿Cómo encajan las distintas partes? Si no se tiene todo esto en cuenta, el resultado final no será bueno, independientemente del estilo que se emplee. El estilo es, por decirlo así, como el condimento de la comida; es la especia de la vida, mientras que el diseño es la calidad de los ingredientes empleados.
La cocina y la decoración tienen mucho en común. Imaginemos que vamos a una cocina y encontramos todos los ingredientes colocados sobre una mesa, a punto de ser combinados para preparar una comida bien equilibrada. El problema es exactamente el mismo si se dispone usted a diseñar un interno. En un buen menú se puede disfrutar de un plato suntuosamente sustancioso, siempre que vaya seguido de algo ligero. que limpie el paladar. Este contraste es tan fundamental en el diseño como en la cocina. El objetivo deberá ser siempre alcanzar un equilibrio y conservarlo. Hay que lograr una base de simplicidad, con la que contrasten los sabores intensos.

El diseño es realmente importante, puesto que las personas que están satisfechas de su vida doméstica se sienten cómodas y tranquilas. Si sus amigos van a visitarlas y exclaman admirados: pero ¡qué bien lo habéis hecho, ¡qué listos!, ello contribuye a hacerles más agradable la vida. Creo que pocas cosas son más fáciles que el diseño, cuando se trata de mejorar la calidad de vida. Pero, por desgracia, mucha gente cree que es cursi y anti intelectual preocuparse por el entorno en que se vive. Para mí esto no es sino un auténtico esnobismo. Creo que las personas que desdeñan los libros de pacotilla o la música ligera y en cambio no dan importancia al modo de vestirse y al entorno, ni siquiera a la comida (aunque no tan a menudo al vino…) es decir, las personas que no creen que los ojos y el paladar son tan importantes al menos como la mente tienen una concepción muy estrecha de la cultura. El contenido de la mente puede expresarse a través de todos los sentidos; a un alto nivel de calidad, una casa puede llegar a ser mucho más que sólo un hogar. Cuando llega el momento de diseñar el interior de una casa, creo que da buenos resultados tener en cuenta aquellos objetos que le gustan a uno y aquellos que no, averiguar por qué. Admiro las tradicionales sillas de estilo Windsor, hechas con amplitud de proporciones; son una cosa hecha a conciencia. Si se las compara con sus equivalentes actuales, se ve que los factores económicos han eliminado de ellas todas estas características, elementales pero importantes. La energía original se ha desvanecido y el resultado es algo mutilado y soso. Sin embargo, no se podía esperar otra cosa, habida cuenta de que la mayoría de los muebles modernos han sido proyectados por personas sin excesivo juicio estético, gente que no ha aprendido a «hacer las cosas sencillas». Hay una prueba que no falla para saber la calidad de un mueble. Pregúntese a sí mismo: «Es el mejor de su clase; ¿puedo detectar algún signo de contemporización? Con excesiva frecuencia los muebles modernos no se definen. A mí me gustan los interiores que reflejan una convicción, no los que son el resultado de un compromiso.
El mejor consejo sobre cocina que me han dado jamás es el de Elizabeth David: faites simple. En cocina y en interiorismo desconfiamos demasiado de la simplicidad, y el sentido común parece abandonar a las personas, cuando se ponen a diseñar su casa. La simplicidad no significa un entorno inhóspito e inhumano. Al contrario; si se han elegido las estructuras y las formas básicas de una habitación con un criterio de simplicidad, cualquier objeto complicado y decorativo que se le incorpore luego funcionará mejor en relación con ellas. Tomemos el caso, por ejemplo, de una escultura. Resulta magnífica sobre un plinto liso, en una habitación vacía inundada de luz. Si el plinto es sencillo y hay espacio suficiente a su alrededor, cualquier objeto que se coloque encima de él resultará agradable de contemplar. En cambio, si se coloca un Brancusi sobre una columna corintia, la contradicción dará lugar a la confusión.
El segundo consejo práctico es ser sincero con uno mismo. No intente conseguir un efecto ni siquiera un efecto de simplicidad sólo porque crea que lo tiene que hacer. No haga nada por temor a que su suegra, sus vecinos o su jefe critiquen su casa. El factor básico de todo diseño es pensar. piense en quién es usted y cómo desea expresar su personalidad en su entorno doméstico.
