LENGUAS EXTRANJERAS Y ACENTOS EXTRANJEROS

El caso más obvio aquí es el del extranjero vestido con su traje típico nacional, el equivalente indumentario de una lengua extranjera. Cuando vemos a una mujer india con un sari, o a una japonesa con el tradicional quimono, las identificamos de la misma manera que podríamos identificar una lengua extranjera, sin que necesariamente comprendamos lo que se está diciendo. Sólo si nosotros mismos «hablamos» alguna indumentaria india o japonesa, esto es, sólo si conocemos el código indumentario de esas culturas nos podremos hacer una idea de los mensajes concretos que transmiten estas prendas. Dentro de las fronteras nacionales también se puede dar el equivalente, tanto indumentario como verbal, de una lengua extranjera; a menudo ambos aparecen juntos. En otros casos lo que vemos es el equivalente indumentario de un acento extranjero y no de una lengua extranjera: prendas fabricadas en países no occidentales que imitan el vestido occidental. Como ocurre con el habla, el acento puede ser fuerte o puede ser tan débil que sea difícil detectarlo o identificarlo. Quienes visitaban Europa occidental procedentes de los países del Este con frecuencia vestían trajes fabrica-dos en sus países que, aunque se parecían a los nuestros, tenían algunas diferencias en el corte que sólo un sastre podría describir correctamente. Aunque los demás no podríamos explicar por qué, reconocíamos esas ropas como extranjeras.

A veces el acento extranjero de una prenda de vestir es obvio y deliberado. La mujer vestida a la moda que se compra toda la ropa en el extranjero está declarando, a quienes son lo suficientemente sofistica-dos para identificar tal origen, que es rica y que viaja mucho, y también posiblemente que no le gusta la moda de su propio país. De ahí el agravio a la nación que se produce cuando la esposa de un presidente estadounidense se compra la ropa en París, como hizo una vez Jackie Kennedy Onassis; o la insistencia en que los miembros de la familia real británica vistan modelos de diseñadores nacionales. Aun cuando no estén implicadas la alta moda ni grandes cantidades de dinero, la insistencia en el uso de prendas de vestir hechas en el extranjero sugiere el rechazo del propio país en favor de otro. El cámara de la BBC que se compra sus prendas de vestir cuando viaja a los Estados Unidos, o la ejecutiva estadounidense que lleva ropa hecha en Italia, son en algún sentido ciudadanos imaginarios de Los Ángeles y de Roma, y cabe esperar que manifiesten algunos de los rasgos que en la mente popular se asocian con estas ciudades.

TRAJE ÉTNICO Y ORGULLO ETNICO

Hace veinte o treinta años la afirmación de que los grupos étnicos se pueden distinguir a veces por su vestido podría haber provocado incomodidad, cuando no una total hostilidad. El hecho de que la mayoría de las personas de las «naciones desarrolladas» tuviesen acceso a la ropa occidental económica fue motivo de auto congratulación, no sólo por parte de los fabricantes sino también de los defensores de un mundo unido. Se daba por sentado que la homogeneización de la civilización occidental era a la vez inevitable y básicamente buena, a pesar de la pérdida de tipismo y variedad cultural. Prácticamente lo primero que hacían muchos inmigrantes al llegar a los Estados Unidos era desechar la ropa que los identifica como greenborns, y la mayoría de los negros y los indios americanos con cultura evitaban deliberadamente cualquier prenda que recordase su traje típico. La primera generación que cruzó el océano o salió de los campos y las reservas seguía llevando pañuelos en la cabeza o cuero adornado con abalorios, pero para sus descendientes llevar ropas étnicas excepto en vacaciones o para diversión de los turistas era algo casi desconocido.

Hoy la expresión del origen nacional y la identidad étnica por medio del vestido es con frecuencia un asunto de orgullo personal, y a veces también una forma gráfica de afirmación política. El escocés criado en Londres y vestido con la indumentaria típica de las Highlands, o el negro americano vestido con un dasbiki, están decididos a que nadie olvide quiénes son ni por un momento. Tales vestimentas no son sólo un recordatorio o un desafío para el intruso; pueden ser también un reproche a los miembros de otros grupos minoritarios que aún se pasean por la ciudad vestidos como la mayoría. Cuanto más completa sea la indumentaria étnica, más en serio se supone que se toma. El escocés cuya única seña de su linaje es una corbata con los cuadros de su clan, o la mujer o el hombre negros que lleva un recatado peinado afro con su traje de calle, no amenazan a los demás, sólo nos están informando amable, aunque firmemente sobre sus simpatías. Cuando las personas de origen o linaje extranjero adoptan deliberadamente la indumentaria nativa, tienden a ponerse modelos algo anticuados, los que llevaban ellos o sus antepasados cuando salieron de su tierra natal. El traje ceremonial de los estadounidenses de origen japonés, por ejemplo, es más conservador que el de la mayoría de los japoneses contemporáneos. Asimismo, los colonos británicos que permanecen en las antiguas colonias con frecuencia conservan las modas -y las actitudes políticas vigentes en Gran Bretaña hace treinta años o más.