Los retratos de los Reyes de España

Se ignora si antes del siglo XVIII se pintaron retratos en Buenos Aires; porque nada indica que se los hubiera hecho, ni obras ni documentación alguna han perdurado. De haber sido auténtico el retrato de Juan de Garay que perteneció a don Eduardo Lahitte, tampoco habría sido realizado en Buenos Aires, pues entre los argumentos esgrimidos entonces para probar su autenticidad, se afirmó que no procedía de esta ciudad, sino del convento de San Francisco de Santa Fe. Asimismo, no consta que se hubiera establecido pintor alguno en la nueva población fundada por Garay hasta la aparición de un flamenco, Rodrigo de Sas, quien estuvo aquí antes de 1601, ya que para esa fecha se encontraba en Córdoba, donde dio poder a un tal Baltasar Ferreyra. De allá pasó a Esteco, figurando entre los tres flamencos que el gobernador Alonso de Ribera denunciaba al Rey en carta del 12 de febrero de 1608: pintor vandante flamenco de nación, entró por el puerto de Buenos Aires, es soltero y hace su oficio y de él se sigue fruto a la provincia porque no hay otro pintor que pinte cosa de consideración y hace muchas imágenes para las iglesias y otras devociones.

Tampoco se avecindó definitivamente en Nuestra Señora de Talavera, como en realidad se llamaba Esteco, porque para 1612 estaba en Potosí, meta ideal de todos los extranjeros de la época; villa que le fue favorable, pues ejerció su arte con muy buen éxito, permitiéndose para 1623 tener algunos esclavos. Según el informe de Ribera, Rodrigo de Sas era un pintor de habilidad reconocida; y aunque es alabado en cuanto a su condición de imaginero argumento eficaz para detener su expulsión, no hubiera sido extraño que en alguna oportunidad ejecutara retratos, si se considera que ese género fue uno de los varios en que sobresalió la pintura de los Países Bajos, desde Juan van Eyck en adelante. Si alguna vez trasladó a la tabla o al lienzo la efigie de algún contemporáneo, lo debió de hacer en un estilo cercano al del gran Antonio Moro, pintor de Felipe II y de María Tudor, o al de Frans Pourbus, retratista de la corte de Mantua y luego de la de Francia, sin atisbar siquiera la renovación barroca de su coetáneo Pedro Pablo Rubens. Quizá Rodrigo de Sas conoció al nórdico Juan Bautista Daniel, pintor oriundo de Dania la actual Dinamarca, que entró por el puerto de Buenos Aires hacia 1606, y que, tras una corta permanencia en el rancherío establecido a orillas del río de la Plata, pasó a Córdoba, donde contrajo matrimonio con Isabel de la Cámara (1615). Por su matrimonio, o por su trabajo personal. Amasó una regular fortuna, de modo tal que fue propietario de varios inmuebles; entre ellos, una hacienda en Cavinda. Cuando testó (1653), declaró la existencia de 200 cuadros en su casa de la ciudad, fuera de varios que tenía en el campo. Después de su muerte, la viuda donó150 de ellos a los Franciscanos (1673).

No parece desacertado atribuir la realización de todas esas pinturas al artista Daniel, del cual han perdurado muy pocas; algunas en el Alto Perú, por lo cual los investigadores Mesa y Gisbert avanzan la hipótesis de una estadía del pintor en tierras alto peruanas. De él se conocen una Sagrada Familia (1610) y un Cristo Crucificado, ambos firmados, y se le atribuyen, con muy buen criterio, un Cristo atado a la columna, que formó parte de una obra de mayor dimensión, y un retablo portátil que está en el Museo Histórico Provincial “Marqués de Sobre Monte” de Córdoba. Comparando su factura con la de los trabajos autógrafos, Mesa y Gisbert concluyen que el Señor de la colección Pacheco, de La Paz, es de la mano de Daniel, criterio que sigue Schenone para la atribución del pequeño retablo cordobés. Este último investigador halló en Córdoba, en una colección privada, una pintura firmada por Daniel a principios del siglo XVII, y que representa a la Sagrada Familia en el interior de un confortable recinto.

Ahora bien; por el estilo de esas pinturas, de un manierismo tardío y con un fuerte apoyo realista, juzgo al pintor danés como a un probable autor de retratos, ya que la figura humana como modelo a reproducir en su identidad física y espiritual estaba dentro de las búsquedas estéticas que normalmente le interesaban. Si los hizo, no es extraño que hasta la fecha no haya podido localizarse ninguno, porque si apenas ha quedado uno que otro de los 200 cuadros declarados en el testamento, difícil sería que perdurara alguno de los contados retratos que pudo haber hecho.

Más incomprensible nos resulta que, después de la esporádica aparición de esta pareja de nórdicos en el puerto de Buenos Aires, transcurra un siglo y medio hasta que la crónica haga mención de otro pintor. Ningún indicio pintura o documento permite la menor conjetura, hasta que, a mediados del siglo XVIII, las actas del Cabildo porteño informan sobre unos retratos de los Reyes encargados a un pintor local. Para entonces, los reyes eran Fernando VI y María Bárbara de Braganza, de quienes hay alguna pintura de época atribuible a un anónimo pintor establecido en la ciudad. Que existieron retratos reales anteriores a éstos es desde todo punto de vista creíble; pero no sería acertado pretender sostener su realización en Buenos Aires. Se conserva el inventario de los ornamentos y adornos que José Martínez de Salazar entregó a una capilla de la catedral de Buenos Aires, donde se veneraba una talla costeada por el mismo gobernante, imagen titular de la Hermandad del Santo Cristo. En esta lista de donaciones aparecen “dos cuadros del Rey y la Reina”; y como esta entrega se hizo antes de 1672, año en que Martínez de Salazar se alejó del Río de la Plata, pienso que los retratados serían Felipe IV y Mariana de Austria, casados en 1649 y muertos en 1665 y 1696, respectivamente. Opino que no era de Carlos II, nacido en 1661 y que comenzó su reinado cuatro años más tarde, pues se me ocurre que las pinturas las trajo Martínez de Salazar, gobernador y capitán general del Río de la Plata, cuando vino nombrado en 1663.

Si uno de esos cuadros no correspondía al último de los Austrias, hubo otro en Buenos Aires que sí lo representaba. El 19 de octubre de 1890 ingresaron en el Museo Histórico Nacional, procedentes del Museo Público, “dos retratos al óleo, uno del rey Carlos II y otro de María Ana de Austria”’. Cómo eran y qué fue de ellos, lo ignoro. No están actualmente en el museo estatal. Si reproducían las efigies reales tales como las pintó Carreño de Miranda (1614-85) en los cuadros del Museo del Prado, de la Hispanic Society de Nueva York o de la colección del conde de Harrach, de Viena, nunca se conseguirá develar.