A quienes no comparten una lengua o un dialecto les resulta difícil comunicar cualquier idea a menos que ésta sea muy simple. Por el contrario, cuando se reúnen personas que tienen en común no sólo una lengua sino un acento y un vocabulario la conversación enseguida se torna fluida y compleja. Asimismo, quienes comparten un lenguaje de la moda saben leer la indumentaria del otro buscando en ella información sobre cuestiones más personales y complejas que la edad, el origen nacional o regional y la posición social. Por medio de signos que podrían pasar inadvertidos para un extraño, ellos pueden identificarse ante los demás como radicales, liberales, conservadores o reaccionarios, y a menudo conseguirán adivinar incluso la profesión y los gustos culturales. Aunque podría ser conveniente, ya no resulta tan fácil distinguir a los afectos a un partido político de los de otro como lo fue durante un tiempo en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando los wbigs llevaban lunares postizos sólo en la mejilla derecha y los tories* en la izquierda. No obstante, aún hoy las opiniones políticas y sociales a menudo se fijado y pequeño sea el grupo, más sutil y expresivo será, lógicamente varios, indumentariamente homogénea para un extraño al grupo se clasifica fácilmente en jocks (jerseys de punto grueso, camisetas y chaque. bolígrafos y lápices prendidos de la ropa, gafas pasadas de moda), art síes (pelo más largo de lo normal, vaqueros demasiado grandes o gasta dos, mantones indios, etc.) y los desgarbados e ingenuos(ropa poco favorecedora y que les viene grande o pequeña, evidentemente comprada por sus madres).

MODAS CONSERVADORAS

Incluso en reuniones que no son homogéneas en cuanto a edad y profesión operan ciertas reglas generales. Los miembros más conservadores del grupo tenderán a usar ropa que según los criterios del grupo es «conservadora», hecha con tejidos más pesados, de colores relativamente apagados y de corte recatado; en comparación con los demás, estas personas vestirán de forma más parecida a los adultos. Esto es así con independencia de la inclinación política general del grupo, y se aplica por igual a un congreso de las Hijas de la Revolución Americana** que a un puñado de adolescentes en paro reunidos en una esquina. Cuando el grupo exhibe como media cuarenta o más años, sus miembros más conservadores, por regla general, evitarán las últimas novedades. A menudo su ropa irá unos años por detrás de la moda del momento, manifestación simbólica de su apego al pasado. Esto es particularmente común en ambientes educativos, y a juzgar por las referencias literarias en tal sentido siempre lo ha sido. Por ejemplo, en la novela Dombey e hijo, de Charles Dickens, la anticuada pedantería del maestro de escuela, el doctor Blimber, queda indicada por su anticuado traje negro «con los pantalones acordonados a las rodillas y medias debajo»; es decir, en una época en la que casi todos los hombres habían adoptado ya los pantalones largos que se impusieron tras la Revolución las reuniones académicas. Hoy, los profesores más pedantes y conserva piezas, camisas de tela de color blanco o azul pálido y corbatas oscuras estrechas. Las pocas profesoras que han sobrevivido de esta época patriarcal sin hacerse radicales o feministas visten de una forma igual de antigua. Cuando la moda misma se vuelve de repente juvenil, la resistencia de las personas de mayor edad a abandonar estos estilos anticuados es más generalizada. Esto ocurrió después de la primera guerra mundial, y como resultado las fotografías familiares de principios de los años veinte muestran a menudo una extraña mezcolanza de indumentarias. 

Algunos de los sujetos de mayor edad visten en gran medida como habrían vestido diez o quince años antes, y a menudo conservan sus corpulentas figuras eduardianas. Otros protagonistas de la misma fotografía son mucho más delgados y llevan las cortas e infantiles modas de la Jazz Age. Idéntico fenómeno puede apreciarse en fotografías de finales de los sesenta, donde quienes no comparten la cultura de la juventud llevan elegantes ropas formales de adulto que forman un extraño contraste con el pelo largo y las pintorescas indumentarias de sus familiares. En algunas fotos de esta época, miembros de diferentes generaciones ni siquiera parece que pertenezcan al mismo país, y no digamos ya a la misma familia. Cuando la moda pasa de tener un aspecto juvenil a mostrar un aspecto de madurez, como ocurrió durante los años setenta, la transición es más suave. Como los nuevos estilos favorecen a quienes ya han cumplido los treinta años, las personas maduras enseguida los adoptan, mientras que los jóvenes atentos a la moda pueden ir madurando con ella. Algunos adolescentes pueden seguir vistiendo de forma infantil e informal, pero cuando salen del colegio y empiezan a buscar trabajo, que por lo general es escaso en estas épocas, sucumben a la moda imperan de veinte años parecen pertenecer a la misma cultura, un signo claro de que ha remitido el conflicto generacional.