
Tres de los colores más comunes e importantes del vestido negro, blanco y gris, técnicamente no son colores, sino representaciones de la ausencia o presencia de luz. Todos ellos, especialmente los dos primeros, están muy cargados de significados convencionales, uno de los cuales, por desgracia, es de tipo racial. Que ahora tengamos que pensar y hablar de «blancos» y «negros» es un error histórico. El color real de la piel de la mayoría de los occidentales, como puede observar cual-quiera, es un marrón claro rosáceo que con la edad o la enfermedad tira a pardo, sonrojándose como consecuencia de una alta presión sanguínea o del alcoholismo, o temporalmente a resultas de un esfuerzo, de la cólera o la vergüenza. Es dudoso mérito de estas personas de color marrón claro rosáceo que se hayan denominado a sí mismos como la raza «blanca», y que hayan asignado el término «negro» a la persona cuya piel es de un cierto tono marrón o dorado. La consecuencia de este juego semántico ha sido asociar la piel de color marrón claro rosáceo con la virtud y la limpieza, y la piel de color marrón.
NEGRO: TRISTEZA, CULPA Y SOFISTICACIÓN
Durante miles de años ha simbolizado el dolor, el pecado y la muerte. Es, por supuesto, el color tradicional del luto, y en la mitología clásica la muerte misma aparece con una túnica negra. Otra de sus conexiones más antiguas es con el ascetismo religioso o secular, con la negación simbólica de la vida sensual: los monjes y los avaros, los sacerdotes y los sabios frecuentemente visten de negro. Al igual que el blanco, está asociado con lo sobrenatural, pero con los poderes de la oscuridad más que con los de la luz. Las Furias, las tres diosas vengado-ras de la tragedia griega, siempre visten de negro, y lo mismo las brujas, los hechiceros y otros practicantes de la magia negra. E igual que el blanco sugiere inocencia, el negro sugiere sofisticación, que, después de todo, a menudo consiste en el conocimiento o la experiencia del lado más oscuro de la vida: del mal, del infortunio y de la muerte.
Pese a lo siniestras que puedan ser algunas de estas asociaciones, la ropa negra ha estado de moda en muchas épocas y lugares desde el siglo XIV. Como señala esta autora, el uso de conjuntos negros por entero o casi por entero puede tener muchos significados. Cuando todo el mundo va vestido con colores vivos o claros, la entrada de un hombre o una mujer de negro puede tener un enorme impacto dramático. Dependiendo de la situación y del estilo de la indumentaria, el recién llegado puede parecer santo, malvado, peligroso, melancólico, apesadumbrado o cualquier combinación de todo esto. Cualquier nuevo estilo que dé un aspecto dramático a quien lo vista en la corte española para ambos sexos, aunque modificada con la adinera de etiqueta para hombres siempre fue acompañada de algún toque de blanco en el cuello y/o las muñecas, sugiriendo quizá que, aunque pudieran ser sombríos o incluso peligrosos, por debajo eran nobles y puros. Las mujeres conseguían el mismo efecto con cofias, velos y tocas blancos, aunque no llevasen un cuello o un pañuelo del mismo color. Como los estilos de las naciones política y económicamente dominantes tienden a universalizarse, no es de extrañar que el negro español pronto se pusiese de moda en Holanda e Italia, y también en Inglaterra, donde hacia finales de siglo lo llevaban los cortesanos de Isabel y con frecuencia la reina misma. Sin embargo, cuando todo el mundo adopta una moda enseguida deja de ser única y apasionante y se con-vierte primero en una moda convencional, para pasar después a ser simplemente respetable y finalmente monótona. Tal fue el destino del color negro español. Hacia mediados del siglo XVII estaba pasado de moda, y sugería vejez, sobrio profesionalismo y piedad religiosa: lo llevaban los clérigos puritanos y sus familias, y también los comerciantes prósperos y piadosos. Durante los cien años siguientes o incluso más allá, el negro con acentos blancos era más respetable que moderno o atrevido. No fue hasta la revolución romántica cuando recobró parte de su sobrecogedor efecto original.
Hollander, hubo dos tipos de ropa negra, el negro sobrio, convencidos empleados, abogados, médicos, clérigos y ancianos a uno de otro era la riqueza de los tejidos y la sofisticación del diseño, más, por supuesto, el aspecto físico y la clase del usuario. El negro emocional, podía ser de delicado terciopelo, lana fina o se dos gasas, de complicado corte y rebuscados adornos a veces brillantes. El negro neutro era económico y duradero, y disimulaba las manchas. En la vida real (como sugiere Hollander) y también en la ficción, estas categorías podrían quedar difuminadas. La muchacha pobre con su sencillo vestidito negro, como Lizzie Hallam en Nuestro común amigo de Dickens, podía ser presentada, o presentarse a sí misma, como una heroína dramática, mientras que ancianas respetables y taciturnas podían gastar grandes sumas en satenes y velos negro azabache.
