
Tras la segunda guerra mundial, el sombrero simbólico comenzó a desaparecer. Mujeres a las que unos pocos años antes no se les habría ocurrido salir de su casa sin sombrero, ni siquiera para ir a la tienda de la esquina, ahora se anudaban un pañuelo a la cabeza o iban con la cabeza descubierta. En los años cincuenta el sombrero simbólico de mujer sólo era obligatorio para las ocasiones formales: comidas en la ciudad, reuniones de negocios, ir a la iglesia; hacia 1960 era opcional en todas partes. Se seguían fabricando y vendiendo sombreros de mujer, pero sobre todo como complementos decorativos.
También desapareció el sombrero simbólico de hombre después de la segunda guerra mundial, aunque de forma más gradual. Hacia 1970, aunque el empresario británico tuviese un bombín, el abogado o el médico un sombrero de fieltro, el viajante de comercio un sombrero de copa baja y el obrero una gorra, lo más normal era que no se lo pusiesen. En los Estados Unidos ocurría lo mismo; al final, incluso en una gran ciudad, a un hombre que llevase un sombrero simbólico haciendo buen tiempo se le suponía 1) que era un petimetre o un excéntrico, 2) que se dirigía a una ceremonia de cualquier tipo o 3) que tenía más de sesenta años. Aún se usaban en determinadas ocasiones sombreros estrictamente utilitarios: gorros de lana de punto cuando hacía frío, suestes de plástico o impermeables para la lluvia, sombreros flexibles de paja y gorras de béisbol de algodón (algunas con viseras de celuloide de color verde) para el sol deslumbrante. El prestigio de todos estos sombreros era, sin embargo, muy bajo, y muchas personas preferían pasar frío, mojarse o no ver bien antes de ponérselos, especialmente en las ocasiones más formales. A veces, para protegerse contra los elementos, se ponían un sombrero simbólico viejo, pese a lo poco efectivo que esto resultaba. Al sombrero de fieltro tipo de hombre había que darle forma después de cada tormenta, y el fieltro flexible se convertía en un pastel mal cocido. Los sombreros simbólicos de mujer eran aún más vulnerables.
La rueda de carro del new look empezaba a volar en cuanto se levantaba la más ligera brisa, el elegante sombrero de paja de los años cincuenta se marchitaba y el sombrero sin ala estilo Jackie Kennedy, con su velo simbólico, no tenía la más mínima utilidad. La desaparición del sombrero simbólico durante los treinta años últimos es uno de los capítulos más extraños de toda la historia de la indumentaria. Después de que casi todo el mundo llevase la cabeza ceremonialmente cubierta durante siglos, de repente dejaron de hacerlo, y ello a pesar de los desesperados sollozos y las amenazas procedentes de la industria de la moda. Se montó una extraordinaria campaña publicitaria: se recordaba a los consumidores que nunca se había visto en público a una auténtica dama o a un caballero que no llevasen sombrero; se les advertía que el abandono del sombrero dejaría sin trabajo a miles de personas y serían millones los que se verían aquejados de enfriamientos y de neumonía. Todo fue en vano; cada año había más hombres y mujeres que iban con la cabeza descubierta.
Durante los años finales de los sesenta y los primeros de la década de los setenta el único entusiasmo real por los tocados se produjo entre los miembros de la contracultura, que adoptó variedades excéntricas de sombreros simbólicos con un ánimo lúdico o satírico. Durante un tiempo toda manifestación política o concierto al aire libre era una multitud hormigueante de gorros de piel de mapache, sombreros mexicanos, sombreros de percal para el sol, pañuelos de gitano, brillantes chisteras negras, antiguos cascos militares y con sombreros de paja adornados con una tira de cuero o una banda con lentejuelas, quizá para mantener agrupadas sus ideas un tanto dispersas. Es interesante señalar que la desaparición del sombrero convencía decía y de asiento. Se presentaba a los extraños dando sólo sus nombres de pila, a menudo sin tener en cuenta categoría, edad ni sexo; cajeros, camareras y auxiliares de vuelo se presentaban al público con un simple «Hola, me llamo Billie». En lugar de hablar sobre el tiempo o las noticias del día, personas que sólo hacía cinco minutos que se habían conocido comenzaban a describir su estado de ánimo y a revelar detalles íntimos de sus vidas; este proceso, conocido como letting it all bang out, a menudo tenía reflejo literal en la indumentaria. Lo que parecía estar teniendo lugar tanto en lo que se refiere al vestido como a las costumbres era el abandono del yo público formal simbolizado por el sombrero. Hombres o mujeres que en otro tiempo se habían sentido deseosos o incluso ansiosos por asumir en público un papel uniforme ahora querían actuar en todo momento como individuos espontáneos. Un «caballero» ya no se quitaba su sombrero simbólico ante una «dama» para mostrar el respeto convencional debido al sexo femenino: ya no tenía sombrero que quitarse.
