OCIO OSTENTOSO: INCOMODIDAD E INUTILIDAD

Hace mucho, mucho tiempo, el ocio era mucho más ostentoso de lo que suele ser hoy. La historia del traje europeo es rica en estilos con los que era literalmente imposible realizar cualquier actividad productiva: mangas que arrastraban por el suelo; pelucas rizadas y empolvada. La ropa de hombre se volvió, y lo ha seguido siendo desde entonces, moderadamente cómoda. La moda de mujer, por su parte, después de diez años escasos de comodidad y sencillez, rápidamente se volvió pesada una vez más y así siguió durante los cien años siguientes. Hoy en día, la ropa de la clase media urbana, aunque no suele causar dolor, entorpece cualquier tipo de actividad excepto las que menos esfuerzo demandan. Es difícil correr o trepar con un traje de calle y unos zapatos de suela fina; y la camisa blanca o en colores pálidos, tan fácil de ensuciar que significa que se debe liberar de tener que realizar trabajo manual, corre el constante peligro de poner en evidencia quien la lleva con unos puños llenos de mugre o con el cuello sucio. El traje de la mujer de ciudad es igual de incómodo. Habría que señalar, sin embargo, que la incomodidad puede ser una ventaja en algunas situaciones. Una amiga que realiza a menudo investigaciones históricas en bibliotecas me dice que siempre se pone de punta en blanco para ello. Si los bibliotecarios ven que sus altos tacones, su elegante traje claro y la blusa de encaje le impiden buscar en las estanterías los pesados volúmenes de documentos y de periódicos viejos que necesita, serán ellos quienes lo hagan y se los llevarán hasta su mesa quitándoles el polvo por el camino. Si lleva un jersey, pantalones informales y zapatos probablemente también funcionaria con un hombre de mediana edad o un anciano.

AUGE Y CAIDA DEL TRAJE SACO

Ya han pasado casi doscientos años desde las manifestaciones más extremas del Ocio Ostentoso en la ropa de hombre, pero este principio, de forma modificada, sigue separando a los hombres de cuello blanco de los de cuello azul.* Aunque la camisa pueda ser ahora de color azul claro, beige o a rayas, el status «de cuello blanco» aún viene señalado por el traje de saco, que se generalizó a mediados del siglo XIX, cuando la clase media se había vuelto en gran medida urbana y sus ocupaciones mayoritariamente sedentarias. Como ya apuntamos, el traje de saco es una especie de indumentaria de camuflaje: imita los colores y las formas del paisaje urbano. Cuando están bien hechos, la chaqueta amplia de corte recto y los pantalones de tubo tienen también una función de camuflaje personal: ocultar la suave barriga y las piernas flacas características de las personas inactivas que ya han dejado de ser jóvenes. El traje de saco, como ha señalado recientemente John Berger, no sólo favorece al inactivo, también deforma al trabajador. Se diseñó para hombres que hacían poco o ningún trabajo físico y que por tanto eran altos en relación con su anchura; acomodaba y realzaba los gestos propios de actividades como caminar, sentarse, hablar y escribir, pero no los de correr, levantar o arrastrar pesos y excavar. Además, como se arrugaba y se manchaba con facilidad, exigía que se usase en lugares cerrados o por las calles de la ciudad. Cuando hombres físicamente activos de hombros y pecho anchos y músculos bien desarrollados se ponían versiones baratas del traje de saco parecían malformados, deformes incluso: como dice Berger, parecían «descoordinados, patizambos, piernicortos, celibatos… bastos, torpes, brutotes». Hoy el trabajo físico agotador y la constitución corporal asociada con él son menos frecuentes, pero el mismo efecto animalizados se produce siempre que un futbolista profesional o un luchador se pone un traje de confección.

El triunfo del traje de saco hizo que el hombre «de cuello azul, vestido con su mejor ropa estuviese en absoluta desventaja en cualquier confrontación formal con sus «superiores». Esta inferioridad estratégica aún se puede apreciar en las negociaciones entre sindicatos y empresarios, en las oficinas bancarias y casas de préstamos y siempre que un obrero visita un centro oficial. También, puesto que el traje deforma al atleta y disfraza a la persona sin carácter, puede dar a este último una ventaja inmerecida en la competición sexual. Sin embargo, no todas las situaciones sociales admiten el traje de saco: imaginemos, por ejemplo, a un burócrata saliendo de su sótano inundado en un estado de goma y resistente e impecable ropa de faena sin el indicio de deterioro. Últimamente el traje de saco parece estar perdiendo terreno, esperanza, el periodismo y la arquitectura. Quizá este cambio tenga que pos enérgicos como correr y jugar al tenis que deportes ambulantes como el golf y la caza. Han aparecido nuevos estilos para adaptarse al hombre que poco a poco ha ido desarrollando su musculatura y ya no necesita esconder la tripa. El oficinista poco atlético que luzca estos modelos corre, no obstante, un riesgo: de pronto se puede encontrar, débil y regordete, con sus ceñidos pantalones de diseño y su camisa de sport, esperando (él y, si además tiene mala suerte, también su novia) a que algún mecánico apuesto y atractivo diagnostique lo que le pasa a su coche.