PAÍSES DE MODA Y PASADOS DE MODA

La moda, al contrario que la ropa en general, tradicionalmente está salpicada de términos extranjeros, pareciéndose en esto a la conversación de ciertas personas distinguidas. No de cualquier término extranjero, claro, sino de aquellos procedentes de los países que en cada momento están de moda; y es que en cualquier época unos países están de actualidad y otros están desfasados. Lo que hace que un país esté de moda en la mayoría de los casos es la alianza o el poder económico y político (aunque ocasionalmente seguirá estando de moda durante algún tiempo después de que su poder comience a declinar, como en el caso de Francia). En su nivel más profundo, este fenómeno es la expresión del pensamiento mágico. Como el salvaje que se pone una piel de oso sobre los hombros, o que se prende plumas de águila en el pelo, el adolescente contemporáneo europeo, con sus Levis, está practicando la magia por contagio: subconscientemente cree que el poder y la estética de los Estados Unidos están contenidos en esos vaqueros y que, al ponérselos, accederá a esas supuestas «virtudes”. Sea el resultado de un pensamiento mágico o de la admiración por los atributos externos del éxito, el proceso de imitación de la moda se viene produciendo desde hace miles de años. En la Bretaña romana los indígenas prósperos llevaban togas; tras la invasión normanda lo elegante eran los estilos franceses. La alianza entre Francia y Rusia en las décadas de 1890 y 1900 puso de moda los abrigos de piel para mujer primero en París y después en Londres y Nueva York. Pero el préstamo de estilos de una nación dominante o en ascenso no es sólo resultado de la alianza: también afecta a países que políticamente son antagonistas o que incluso están en guerra. A finales del XVI, durante el Siglo de Oro español, las modas ibéricas se hicieron populares en toda Europa, y en Inglaterra los caballeros y las damas distinguidas adoptaron la ropa oscura, rígida y ceñida de la corte española. La derrota de la Armada Invencible y el declive de la hegemonía española tuvieron pronto reflejo en un suavizamiento de la línea y del color. 

Cuando no hay una sola nación poderosa, se pueden llevar los estilos de dos o más potencias extranjeras, aunque normalmente no se los ponen las mismas personas. A mediados del siglo XVII, como ha seña lado Geoffrey Squire, los realistas ingleses tomaron sus modas de la Francia católica. Hombres y mujeres llevaban el pelo largo y rizado, y su ropa era suelta, ancha, suave, rica en colorido e iba profusamente adornada con cintas, plumas y encajes a imitación de las modas de Versalles. Los puritanos, por contra, adoptaron sus modas de la Holanda protestante: los hombres llevaban el pelo muy corto (de ahí el nombre de res lo llevaban muy estirado hacia atrás y cubierto con una recatada toca. Las ropas puritanas, aunque podían estar hechas de raso o de brocado, tenían un corte conservador y eran de colores discretos, siendo el negro, el blanco y el gris los favoritos. (En la propia Holanda, como demuestran las pinturas de Rembrandt y Rubens, la ropa podía tener mucho más colorido y ser mucho más lujosa, pero no exhibía las extravagancias de ornamento que se podían apreciar en la corte francesa: los penachos hasta la cintura, las incrustaciones de encaje dorado y las cascadas de cintas y tiras.) Un país poderoso no necesita estar muy cerca para que sus modas se pongan de actualidad. Los cruzados que fueron a luchar a Tierra Santa entre los siglos XI y XIII tuvieron que soportar un arduo viaje de muchas semanas o meses. Sin embargo, a su vuelta consiguieron traerse a Europa una selección de estilos exóticos que hicieron furor entre la cristiandad aristocrática: el turbante sarraceno, los zapatos puntiagudos de los turcos y el tocado cónico judío. Los cruzados también introdujeron colores nuevos como el azur y el lila, cuyos nombres conservan su origen persa. A finales del siglo XIX, la emergencia de Japón como potencia internacional estuvo acompañada de una pasión por los grabados, los abanicos, la cerámica y especialmente entre los estetas las ropas japonesas que, aunque a nosotros nos parezcan victorianas, en aquella época se consideraban orientales. Las podemos ver en las pinturas de los primeros impresionistas y también en la obra de Whistler y Mary Cassatt. Un par de décadas después la entrada de Rusia en la primera guerra mundial, así como la visita de los ballets rusos a París, hizo que la imaginación pública considerara a este país como una gran potencia y provocó una epidemia de blusas, pieles y flecos rusos.

Cuando se ponen de moda los estilos de un país relativamente poco amenazante, a menudo se debe a que este país es escenario en ese momento de una campaña militar o económica popular o al menos de éxito temporal. La expansión del comercio con China a finales del siglo XVII y durante el XVIII trajo como resultado un gusto por las sedas orientales auténticas o de imitación estampadas o bordadas con motivos como el bambú, los crisantemos y los dragones, así como por los vestidos y batas amplias tipo quimono que vemos en las pinturas de a la moda con zapatillas chinas y a mujeres con sombreros de coolis a algunos de sus descendientes modernos a lucir las chaquetas acolchamos capricho fue más pasajero, sobre todo por los cambios en los méta traer un solo sombrero de coolí desde Oriente; hoy en día King’s Road o Madison Avenue pueden estar inundadas de chaquetas acolchadas en unas pocas semanas, y a un precio demasiado bajo como para que se las pueda considerar distinguidas. A veces las campañas militares o económicas se suceden con tanta rapidez que las reuniones sociales en los ambientes de moda empiezan a parecerse al Día de las Naciones Unidas en una escuela infantil. En 1804 la expedición napoleónica a Egipto creó una gran demanda de turbantes, camafeos y chales; la guerra de la independencia de 1808-1814 persuadió a las damas de Paris y Londres para que se pusiesen sombreros de copa plana y para que se cubriesen los hombros con lo que se llamó «chaquetas españolas». Por encima de todo, las aventuras militares de Napoleón se reflejaron en los estilos de adornos y complementos del vestuario más que en la forma básica de las prendas de vestir; era casi como si la propia diosa de la moda supiese que el imperio napoleónico había de tener una corta vida.