
Otra forma primitiva y simple de exhibir la riqueza es vistiendo dinero auténtico. Antiguamente, los dientes de tiburón, las cuentas de concha y las monedas, así como otras muchas formas de instrumento de pago de curso legal, se utilizaban para hacer joyas o para adornar las prendas de vestir. En la actualidad, incluso en partes del mundo donde no se pueden usar ni para comprar el almuerzo, estas piezas mantienen parte de su prestigio original y a menudo se usan como accesorios de vestidos de alta costura, a los que se cree que dan un encanto bárbaro. La moneda en circulación, que no tiene valor intrínseco, raramente o nunca se usa en joyería, aunque los diez centavos y los seis peniques se cuelgan de pulseras y collares. Mis habitual es que hoy, como antiguamente, las personas se adornen con trozos de roca y metal de alto valor. EI reciente aumento del precio del oro ha hecho que la joyería se lleve más que antes tales sustancias I que los diamantes, aunque su aumento no haya sido tanto el precio de mercado se conoce menos o que son más fáciles instantáneamente: el platino, aunque más caro que el oro o el aluminio.
SIGNOS GRUPALES
La corpulencia y llevar prendas y adornos en gran cantidad o evidentemente caros son signos de status que casi todo el mundo puede leer. Las modalidades más sutiles de Consumo Ostentoso van más dirigidas hacia los sujetos del propio grupo que hacia el mundo en general; tienen como función no impresionar a la multitud sino identificarse como miembro de algún grupo in. La indumentaria del varón británico de clase alta, por ejemplo, es un cúmulo de indicadores semióticos. Según mis informantes, este hombre acostumbra a llevar camisas de rayas, a veces con cuellos blancos, dejando que los puños asomen bastante y siempre abrochadas en la muñeca con gemelos. Los cuellos de camisa no han de ser ni demasiado largos y puntiagudos ni demasiado redondeados, y nunca con botones. “De hecho, la obsesión del caballero es evitar todos los extremos en todo momento.» Sus trajes, hecho por un «buen» esto es, magnífico sastre de Savile Row, se embellecen con una serie de pequeños detalles que las personas observadoras notarán: por ejemplo, pueden llevar botones adicionales en el puño de la chaqueta que se pueden abrochar de verdad, y un bolsillo billetero.
Los pantalones serán de talle bastante alto y por lo general llevarán botones para abrochar los tirantes: nunca se usa cinturón excepto en los trajes de campo, que a veces en la City se llaman “trajes de viernes”, pues en ocasiones se usan para salir el fin de semana. Los hombres de más edad que de jóvenes fueron alumnos de escuelas privadas prefieren ponerse una cinta alrededor de la cintura en lugar de un cinturón. Como también ellos han comprado en el extranjero, reconocerán además la ropa cara de importación, como reconocerían las palabras extranjeras que se dejasen caer en la conversación. Para que sea aceptable, esta ropa ha de ser del tipo correcto, y de un país que esté de moda en ese momento. Lo ideal sería que no se pudiesen comprar en el propio país: las modas extranjeras, como las palabras extranjeras, son más prestigiosas cuando no resultan demasiado familiares. Una vez que se han aclimatado ya no son tan clic, como la misma palabra chic. Las camisetas francesas y las sandalias italianas, en otro tiempo el summum de la moda, ahora no causan más sensación que las palabras boutique y espresso. Una ley similar de disminución del rendimiento afecta a los tipos de ropa extranjeros. El pañuelo triangular de cabeza atado bajo la barbilla, que originariamente apareció en Vogue como un complemento exótico, era tan útil y pronto se hizo tan familiar que era un indicador negativo de status. El quimono oriental, una atractiva importación de finales de siglo, se asociaba hacia la década de los treinta con desaseadas. Paik que estos dichos puedan conservar algo de su prestigie inicial de ser de lana tejida a mano y le tienen que brotar rosas piña dorados.
Como ocurre con el asesoramiento financiero, cuando por fin todo el mundo consigue ponerse de acuerdo sobre dónde hay que invertir, ya hay que buscar los intereses en otro sitio”. Vestirse para que los demás se enteren de tu status profesional presenta otros problemas. En primer lugar, evidentemente, es muy caro. El joven ejecutivo que se compra un traje muy caro en lugar de un equipo estereofónico o una semana de vacaciones en Portugal o en el Caribe está renunciando a un determinado placer presente por un posible éxito futuro en una sociedad en la que la realización personal hedonista es un derecho. En segundo lugar, hay que pensar en los colegas. Para muchas personas, unas condiciones de trabajo agradables y unos cuantos pájaros en mano valen más que un posible ascenso volando. Al oficinista que viste como su jefe los demás oficinistas pueden llegar a verlo como una persona fría, reservada y sin sentimientos o como una pelota; a la secretaria vestida con traje chaqueta se la considera presumida y pretenciosa: quién se habrá creído ésta que es para vestirse así? Por otra parte, es muy poco probable que alguien de quien sus iguales desconfían y por eI que sienten antipatía se convierta en su superior. También es raro el jefe o la jefa que quieran tener empleados que vistan exactamente como ellos, sobre todo porque por lo general aquéllos son más quienes y puede que ya les saquen ventaja en el aspecto fisión. Por ser da un estatus alto Actualmente, palabras como es sencillo, oficial de cura d derroche y la incomodidad en la moda siguen estando presentes con formas nuevas.
