
Las túnicas de la primera y la tercera figuras son muy semejantes, y ambas muy ajustadas al cuerpo fuera de algunos pliegues muy planos y estirados. En las tres estatuas, esta túnica llega hasta debajo del pecho, y hasta allí va levantada y sujeta por manto. Este manto se sostiene sobre los hombros por dos cabos, y éstos sirven para sostener la túnica debajo de los senos. Lo que sobra de estas puntas pende de los nudos hechos bajo el pecho, de la misma manera que la túnica está unida a las puntas del manto en la hermosa Isis de tamaño natural del Campidoglio y en otra mayor del Palacio Barberini, ambas de mármol y griegas. De ese modo, la túnica queda levantada y los delicados pliegues formados sobre los muslos quedan también en dirección ascendente, y desde el pecho pende, entre las piernas y hasta los pies, un único pliegue recto. En la tercera estatua de la Villa Albani hay una pequeña diferencia: sólo uno de los cabos del manto pasa por encima del hombro, apareciendo el otro por debajo del pecho izquierdo y estando ambos cabos anudados a la túnica entre los senos. No se ven otros detalles del manto y, dado que debería colgar por detrás, queda cubierto por la columna que sirve de apoyo a las estatuas primera y tercera. La segunda tiene la espalda libre, sin columna, y lleva el manto alrededor de la parte inferior del cuerpo.
El tercer apartado de esta sección trata de aquellas figuras que, más parecidas que las antes consideradas a las figuras egipcias antiguas, no fueron creadas en Egipto ni por artistas de este país, sino que son imitaciones de obras egipcias realizadas por orden del emperador Adriano y que, hasta donde yo sé, fueron halladas todas ellas en su villa de Tívoli. Algunas imitan exactamente las figuras egipcias más antiguas, mientras que en otras se unió el arte egipcio con el griego.
En ambos tipos se encuentran algunas que, por su postura y orientación, son enteramente iguales a las figuras egipcias más antiguas, o sea, que aparecen completamente rectas y no muestran acción alguna con sus brazos verticales y adheridos a los costados y las caderas. Sus pies están paralelos y se apoyan, como las egipcias, en una columna rectangular. Otras muestran la misma postura, pero sus brazos no están inmóviles, sino en actitud de portar o indicar algo. No todas estas figuras conservan sus antiguas cabezas; también la Isis citada en el capítulo anterior tiene cabeza nueva. Esto debe tenerse bien en cuenta, pues no todos los que han escrito sobre estas estatuas tienen conocimiento de ello, y Bottari se detiene mucho en la cabeza de dicha Isis. Las trenzas que descansan sobre el hombro se habían conservado y, guiándose por las mismas, fueron realizados los rizos de la nueva cabeza. Tras la restauración de la estatua, apareció la vieja cabeza auténtica, que adquirió el cardenal Polignac, cuyo museo fue comprado por el rey de Prusia. Quiero señalar en este apartado las diferentes clases que de las obras de este tipo existen, y entre ellas las piezas más importantes, así como considerar su dibujo y forma, y a continuación su vestimenta. De las estatuas merecen mención especial dos de granito rojizo, que se hallan junto a la residencia del obispo de Tívoli, y el ya citado Antinoo egipcio de mármol del Campidoglio. Las primeras son de un tamaño que casi dobla el natural, y la última es también de tamaño superior al natural. Aquéllas tienen la postura de las figuras egipcias más antiguas y, como ellas, se apoyan en una columna rectangular, pero sin jeroglíficos. Las caderas y el abdomen están cubiertos por un calzón, y la cabeza, por una toca con dos tiras colgantes. Este parecido es la causa de que se las cuente entre las obras más antiguas de los egipcios. Sobre sus cabezas llevan un cesto a la manera de las cariátides, formando una sola pieza con la figura. El conjunto tiene forma egipcia, pero no así sus partes. El pecho, que en las figuras masculinas más antiguas es plano, es aquí poderoso y heroico. Las costillas bajo el pecho, que en aquéllas no son visibles, aparecen aquí muy marcadas, y el cuerpo por encima de las caderas, que en aquéllas es muy estrecho, tiene aquí toda su anchura. Los miembros y los cartílagos de las rodillas son aquí más apreciables y los músculos de los brazos y de otras partes están plenamente definidos. Los omoplatos, que en las figuras más antiguas casi no se notan, se destacan aquí en pronunciada curva, y los pies se aproximan a la forma griega. Pero la mayor diferencia se encuentra en el rostro, que no ha sido trabajado al modo egipcio ni se parece a sus cabezas. Los ojos no se hallan como los naturales ni como en las cabezas egipcias más antiguas, casi en el mismo plano que los huesos de los ojos, sino que aparecen hundidos, conforme al sistema del arte griego, que eleva los huesos de los ojos para crear luz y sombra. La forma del rostro es más bien griega y es muy semejante al del Antinoo egipcio. Ello me hace suponer que también estas estatuas tratan de representar a éste a la manera egipcia. Pero en el Antinoo egipcio de mármol, el estilo griego es aún más claro, y además está exento, sin apoyo en ninguna columna. A las estatuas podemos añadir las esfinges, de las que hay cuatro de granito negruzco en la Villa AIbani, cuyas cabezas tienen una forma que, presumimos, no pudo diseñarse ni realizarse en Egipto. Las estatuas en mármol de Isis no cuentan aquí, pues pertenecen a la época imperial. En tiempos de Cicerón aún no se había adoptado en Roma el culto a Isis.
