La imagen de los virreyes

Solo se conservan en Buenos Aires tres pinturas que perpetúan las personas de Nicolás del Campo, Pedro Melo de Portugal y Villena, y Antonio Olaguer Feliú. Según Lastarria, el Marqués de Avilés organizó una galería de los retratos de los Virreyes para ser puestos en la sala principal del Fuerte, haciendo pintar los de los magistrados que lo antecedieron en el cargo y el suyo propio. Si fueran de este momento los tres óleos citados, no son trabajos de un mismo artista: todos ellos presentan factura distinta, siendo el del Marqués de Loreto el de pincelada más fluida y más elaborada realización. Nicolás del Campo, marqués de Loreto, fue nombrado para la función virreinal el 13 de agosto de 1783, tomó posesión el 7 de marzo del año siguiente, y gobernó hasta el 4 de diciembre de 1789, cuando entregó el mando a Nicolás de Arredondo. El retrato que se exhibe en el Museo Histórico Nacional fue propiedad de Ángel J. Carranza, y es una pintura al óleo sobre tela, de forma rectangular (55×65 cm.). No he podido examinarla fuera del marco, por lo cual no estoy seguro de que la forma actual sea la original, pues puede habérsela recortado, para colocarla en un bastidor de tamaño menor. Me induce a pensar así el hecho de que el antebrazo izquierdo está cortado a la altura de la bocamanga, solución no ortodoxa para ningún pintor, por malo que fuera.

Aunque el ocultamiento de la mano derecha dentro del chaleco es un recurso para eludir su dibujo y prueba de la falta de habilidad de oficio, ningún pintor hubiera cortado el otro brazo en la forma en que hoy se lo ve. No obstante, estos reparos, la tela es de las mejores que conozco y la atribuyo a un artista local. La paleta clara y la trasparencia del color confieren al retrato un atractivo del cual carecen los otros, cuyas tonalidades pardo rojizas reflejan una técnica pictórica anterior. Pedro Melo de Portugal y Villena fue el quinto de los virreyes de Buenos Aires, y asumió el mando el 16 de marzo de 1795, interrumpiéndolo su muerte, acaecida el 15 de abril de 1797. Su cuerpo, después de las exequias en la Catedral, fue sepultado, según su voluntad, en la iglesia de San Juan, junto al convento de las Monjas Capuchinas. “La dulzura de trato dice Pedro de Angelis, su magnanimidad y piadoso corazón en remediar las necesidades públicas y secretas, y acudir a las urgencias de los monasterios, pobres y hospitales, hicieron sensible su muerte en la gratitud de estos habitantes”. Hay un gran retrato de este Virrey en el Museo Histórico, donde se le dio entrada el 19 de octubre de 1890, procedente del Museo Público, que a su vez lo recibió en donación del señor José Juan de Larramendi, según dice el periódico El Nacional del 6 de abril de 1857. El cuadro está pintado al óleo, y por sus dimensiones (173×95 cm.) es el de mayor tamaño entre los retratos coloniales, si exceptuamos el de algún obispo.

El personaje está de pie; viste calzón corto, chaleco y casaca, y con la mano derecha sostiene el sombrero y un bastón en el cual se apoya. Se destaca la figura sobre un fondo oscuro, señalando el pintor los planos vertical y horizontal; éste se caracteriza por un embaldosado puesto en perspectiva, la que se aumenta por las sombras proyectadas. Completan la composición el blasón puesto a la derecha, y la leyenda que ocupa la parte inferior en su totalidad. Una apreciación sobre las condiciones plásticas de la pintura es imposible de formular, pues la mala restauración hecha hace algunos años, a la que deben de haber precedido otras, ha desvirtuado totalmente el trabajo primitivo. Una anotación en el fichero del Museo Histórico, y que consta en el Catálogo del año 1951, lo da como obra de M. Salas, sin que yo sepa cuál fue la razón para adjudicarle esa paternidad. Ignoro la existencia de documentación alguna que lo atestigüe, y tampoco la conoce el personal técnico del Museo: pienso que no debe de existir. Queda una posibilidad, y es que el retrato llevara firma, y que la posterior restauración, mejor dicho, repinta hubiera ocultado.

Un atento examen visual no ha revelado la posible firma; pero un estudio radiográfico de la tela o una limpieza a fondo de ella pueden deparar algunas sorpresas. De cualquier modo, si fue atribuida a M. Salas, entiendo que más bien debe de tratarse de José de Salas, artista ya nombrado y que vivía en Buenos Aires. El cuadro fue pintado después de la muerte del Virrey vale decir, después de 1797, y el retrato de sor María Antonia de la Paz y Figueroa, que José de Salas “colocó graciosamente… para perpetuar su memoria”, se vio cuando se tuvieron los funerales, el 12 de julio de 1799. Pero no estoy convencido de que la tela sea de manos del artista madrileño, pues éste había hecho estudios en la Academia de San Fernando, y, por malo que fuera, nunca habría realizado la figura del extinto magistrado tal como se la ve en el óleo del Museo. Ni el canon de los manieristas creo habría alargado la figura de ese modo, y entiéndase que Salas fue formado en la estética neoclásica, de rigor en la Real de San Fernando. Tampoco la estilización puede atribuirse al pincel de un mal restaurador, porque éste trabaja siempre siguiendo los contornos de las figuras y objetos del cuadro. Reservo el juicio para cuando se disponga de una mejor documentación.