
Entre los adelantos que estimularon esta carrera, la máquina de hilar que Hargreaves inventó en 1764 lograba que una sola hilandera pudiera hilar 80 hilos a la vez. También hizo su aparición u telar mecánico movido por la fuerza del vapor e inventado por Edmun Cartwright. Estos avances se sumaban a la lanzadora volante inventada por Key en 1733, que realizaba el trabajo de 200 obreros. En 1770, R. Arkwright inventó el telar hidráulico, y en 1790 hicieron su aparición las primeras máquinas de coser inventadas por el inglés Saint, perfeccionadas luego por el francés Barthélemy Thimonnier en 1830 y por Elías Howe en 1846, para ser finalmente patentadas por Elías Singer en 1851. No sorprende, entonces, que estas máquinas provocaran enormes resistencias entre los trabajadores, quienes se veían suplantados en una época en que la superpoblación en las ciudades desataba una feroz competencia por los puestos de trabajo, incluso entre mujeres y niños. La falta de leyes que los protegieran, los bajos salarios y la extrema miseria fueron las causas de grandes agitaciones y el comienzo de una historia de reivindicaciones sociales. La creciente automatización en la confección de los tejidos requirió para su desarrollo la existencia de grandes mercados, de allí la expansión colonial y el tráfico de esclavos. Para impulsar la Revolución Industrial, Inglaterra contaba con un gran imperio colonial en la India y en América, en constante expansión. Dado que habían perdido sus colonias en Norteamérica en 1776, los británicos buscaban nuevas (en esa dirección deben entenderse las invasiones de 1806 y 1807 al Río de la Plata). Contaba también Gran Bretaña con una tradición mercantilista, incluso entre su aristocracia terrateniente, que no despreciaba las actividades comerciales.
Si el grupo social dominante de cada época es el encargado de diseñar las formas de vestir de acuerdo con sus valores, resulta entonces evidente que el creciente poder de la burguesía industrial impulsó, hacia 1860, la democratización del vestido y la necesidad de organizar un sistema de la moda con sus propias leyes. Por lo tanto, para consolidar su expansión, la moda que hasta ese momento había sido un juego exclusivo de la nobleza amplía su radio de acción para incluir a todas las clases sociales. Como natural consecuencia, la moda acompaña y alimenta los ritmos industriales, se crean las colecciones por temporada, las revistas de moda y los desfiles para mostrar las colecciones. Hasta ese entonces los vestidos se confeccionaban con las mismas telas para todas las épocas del año; era costumbre de las clases altas llevar, aun en invierno, delgados vestidos de algodón, finas muselinas, batista, linón, tul o gasas. Ahora, como consecuencia del desarrollo industrial textil, aparecieron en Inglaterra nuevos tejidos de lana y algodón, como el jacquard en 1801, y los tejidos de lana para vestidos, en 1828, que convirtieron a Londres en el centro de la moda masculina.
A partir de la Revolución Industrial textil se organiza el sistema de la moda con alta costura y confección seriada, para que una buena cantidad de personas pudieran vestirse sin atender demasiado a las diferencias de clase, que solían definir la moda cuando esta era privativa de la nobleza. Apoyados por dicha revolución y por un acentuado amor a la vida campestre, los ingleses comenzaron a dejar de lado los formalismos y a ejercer una marcada influencia en la moda masculina. En la femenina, esta influencia era parisina, y esto es así a tal punto que la historia del traje en Europa se superpone con la historia del traje en Francia. Ahora bien, para entender la lógica de las modas, es necesario destacar la importancia de la Revolución Francesa, iniciada y dirigida por la burguesía y apoyada por los artesanos, los asalariados y los campesinos que estaban arruinados por la grave situación financiera de Francia. Aunque con lentitud, ya en los años anteriores a 1789 la moda había comenzado a cambiar, tal vez influida por la declinación de la nobleza y por el poder cada vez más grande de la burguesía. Comenzó entonces a manifestarse la necesidad de ostentar menos y de nivelar las diferencias sociales y de clase. Sin embargo, fue necesario esperar hasta el 14 de julio de 1789 para que todos los artificios del estilo rococó miriñaques, polvos en los peinados, lunares postizos, flores y frutas artificiales desaparecieran, junto con la intensa vida social de la corte de Luis XVL.
En este contexto, la Asamblea Nacional abolió las distinciones sociales en el vestir, reglamentadas por las “leyes suntuarias” que indicaban las vestimentas y accesorios correspondientes a cada persona o grupo social. Durante el reinado de Luis xiv, la favorita Francoise d’ Aubigné, marquesa de Maintenon, fue la responsable de tal austeridad en la vestimenta, que llevó a no innovar durante cuarenta años la moda. Por ejemplo, los vestidos se prolongaban en una extensa cola, cuyo largo correspondía a claras disposiciones de acuerdo con el rango social: solo la reina podía usar una cola de 13 metros, las princesas de 5 a 9, y así se acortaba a medida que disminuía la posición social. Estas disposiciones, basadas en las leyes suntuarias, resultaban arbitrarias, aunque no hipócritas, ya que explicitaban la posición social a través del vestido. A tal punto esto era costumbre que, al desaparecer las leyes que enfatizaban las desigualdades sociales, estas se prolongaron en la creación de la alta costura, mecanismo sutil y eficaz para marcar la diferencia.
